Hay libros que son imperecederos. Pasan los años y siguen teniendo la misma vigencia e interés que en el momento de publicarse, por lo que bien pueden clasificarse como clásicos. El público, a pesar de la actual reticencia a la lectura, sabe reconocer esos textos, cuyas ediciones se suceden, lenta pero inexorablemente. Una de esas obras es, sin duda, Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig (ya va por su vigésima segunda edición). Muchos conocerán al autor y, de entre ellos, algunos la habrán leído o sabrán a cuál nos referimos. Si usted no se encuentra en ninguna de estas categorías, vuele a una librería y hágase con un ejemplar: pocas inversiones le serán más rentables. No se han escrito libros de historia más amenos, divulgativos y rigurosos que este del genio austriaco, en el que se combinan una prosa exquisita y un conocimiento profundo de nuestro pasado.

 

Zweig se propone recuperar catorce “momentos” que marcaron la historia de la humanidad. Fueron otros tantos sucesos extraordinarios, que condicionaron el devenir del hombre y cuya repercusión ha modelado nuestra civilización. No todos hacen referencias a episodios relacionados con el arte y la literatura: en las páginas del libro podemos encontrar hechos tan conocidos como la caída de Constantinopla a manos de los turcos en 1453; el descubrimiento del océano Pacífico en 1513; la derrota de Napoleón en 1815; o el viaje de Lenin hacia Rusia en 1917. A su lado,figuran otros acontecimientos quizás menos “populares” como la producción de El Mesías de Händel en 1741; el indulto de Dostoievski momentos antes de su ejecución en 1849; el nacimiento de la Marsellesa en 1792 o la conquista de la Antártida en 1912.

 

Con estas palabras expresa el autor el propósito de su obra: “Tales momentos dramáticamente concentrados, tales momentos preñados de fatalidad, en los que una decisión destinada a persistir a lo largo de los tiempos se comprime en una única fecha, en una única hora y a menudo en un solo minuto, son raros tanto en la vida del individuo como en el curso de la Historia. Aquí he tratado de evocar, a partir de las más variadas épocas y regiones, algunos momentos estelares […]. En ningún caso se ha procurado decolorar o intensificar la verdad de los acontecimientos externos o internos recurriendo a la propia invención, pues en esos instantes sublimes que la Historia configura a la perfección, no es necesario que ninguna mano acuda en su ayuda. Allí donde ella impera como poetisa, como dramaturga, ningún escritor tiene derecho a intentar superarla”.