Carta de los ausentes

Autor del libro «Carta de los austentes» – Helen Waldstein Wilkes

Editorial Confluencias

No siempre resulta fácil escribir sobre sucesos que son, de suyo, inenarrables. Si acudimos al ensayo, la fría prosa puede desdibujar una realidad dolorosa, convirtiéndola en un simple dato, hasta olvidar que detrás de los acontecimientos había personas que sufrieron enormemente. Una novela, por el contrario, puede ser más humana y sentida, pero no necesariamente ofrecerá una visión de conjunto de lo que sucedió, forzada a seguir a unos pocos personajes y un determinado hilo argumental.

Muchas obras han abordado el Holocausto. Cada una de ellas nos ha proporcionado su propia perspectiva del que probablemente sea el acto más abyecto, cruel y absurdo de la historia del hombre. En una sociedad aparentemente civilizada, la maquinaria estatal se destinó a exterminar a familias enteras, sin importar edad o condición social. Hoy, ochenta años después de aquel sinsentido, es imposible no estremecerse ante él. Millones de personas fueron confinadas en campos de concentración y asesinadas por el mero hecho de profesar una creencia o pertenecer a un pueblo como el judío.

Helen Waldstein Wilkes fue una de las “afortunadas” (si por afortunada podemos considerar a quien hubo de escapar a Canadá y empezar desde cero su vida en una pequeña granja) que logró huir antes de que el régimen nazi iniciase su política represiva. Su historia es similar a la de millones de judíos que tuvieron que abandonar Europa para evitar una muerte segura. La familia de Helen no tuvo tanta suerte. En un relato conmovedor, cercano y muy personal, esta profesora trata de reconstruir, a través de las cartas que se intercambiaron, los últimos años de vida de tíos, primas y abuelos que perecieron en los infaustos campos de concentración.  A medio camino entre las memorias, la novela autobiográfica y el ensayo, Cartas de los ausentes pone rostro a la barbarie y muestra cómo la humanidad pervive incluso en las situaciones más oscuras y terribles que uno pueda afrontar.

Como apunta Jacobo Pruschy en el prólogo de la obra, “durante dos años no fui capaz de leer ningún libro. No obstante, crecía en mí la imperiosa necesidad de que esta historia familiar la conociese todo el mundo, que, para empezar, debía ser de obligada lectura para los jóvenes en los colegios. Me rebelaba ante la idea de que tanta muerte, tanta barbarie, quedase reducida a una mera contabilización en libros y documentales. Estábamos ante seres humanos con cara, con nombres y apellidos, cada uno con sus cualidades, su forma de ser, sus gustos y aversiones, pero sobre todo con su propio futuro. Un futuro que les había sido robado de la manera más vil. Este libro, sin embargo, había devuelto de alguna manera a cada uno de los asesinados un futuro. Para preservarlo muchas personas debían tener acceso a este libro. Porque, como se solía contar en mi casa que decía el Talmud babilónico, realmente mueren solo aquellas personas de las que no se habla”.

La historia es algo poderoso y personal a la vez. El recuerdo de nuestra historia nos mantiene unidos como individuos, como familias y como comunidades. Cuando olvidamos quiénes hemos sido, ignoramos quiénes somos

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