ANV (Acción Nacionalista Vasca) fue una formación política que se fundó en 1930 con un ideario nacionalista pero liberal, supuestamente no supremacista, buscando así el contraste con el xenófobo PNV, y que se presentó a las eleccionessegundorepublicanas de 1933 sin mucho éxito. El partido se terminó fundiendo con Batasuna, utilizado en 2007 como marca blanca suya, siendo finalmente ilegalizado en 2008, al considerarlo parte del entramado etarra. Pues bien, cuando tuvo lugar su fundación, uno de sus miembros le pide opinión a Unamuno al respecto, y la respuesta de éste para la ocasión es un rotundo artículo llamado Puerilidades nacionalistas (publicado en el periódico Ahora, Madrid, 11 de octubre de 1933), acertadísimo en su diagnóstico tanto sobre el nacionalismo regional en general como sobre el vasco en particular. Entre otras cosas, dice allí Don Miguel: “Lo característico del actual movimiento nacionalista vasco es que sea, sobre todo, litúrgico, folklórico, deportivo y heterográfico. A las veces, orfeónico o futbolístico. Aspectos muy amenos e interesantes, pero de escaso valor en la honda vida de madurez civil. Bien está el costumbrismo, pero no para hacer costumbres de pueblo civil maduro. Quédese para en carnaval o en festivales jocoso-florales vestirse con trajes de guardarropía regional. He escrito heterográfico y voy a explicarlo. Lo que la heterodoxia a ortodoxia, es heterografía a ortografía”.

Y se refiere Unamuno con ello, como en seguida precisará, a esa transformación en la morfología de los nombres propios (toponímicos, onomástico, patronímicos), practicada por ese nacionalismo pueril, que está hoy al orden del día y con la que se busca el distanciamiento diferencial con el nombre en español. Para empezar, aclara Unamuno, con el propio nombre del País Vasco: “mi Euscalerría, que es como la llamábamos antes de que un menor de edad mental [Sabino Arana] inventara ese pueril término de Euzcadi, que viene a ser algo así como, a la manera de que a un bosque de pinos, de robles, de álamos, de perales… le llamamos en castellano pineda, robleda, alameda, pereda… le llamásemos a la comunidad de los españoles españoleda, a pretexto de que España es término geográfico”.

Pues bien, el Estado autonómico, instituido con la Constitución de 1978, ha llevado esta práctica heterográfica a su apoteosis. En la toponimia, pero también en otros ámbitos de la vida social, produciendo la completa erradicación de los nombres propios en español de muchos lugares situados en aquellas regiones que han adoptado, estatutariamente, una lengua regional como lengua oficial (cooficial).

Así, en los medios de comunicación públicos, en la instrucción pública, en el ordenamiento jurídico o en la señalización de tráfico se ha sustituido el uso de la toponimia en español por sus nombres en esas lenguas regionales (muchos inventados para la ocasión, sin base en un uso previo real). Se ha producido un proceso heterográfico, llevado a cabo en los últimos años (Ver Variaciones de los municipios de España desde 1842, 2008, Ministerio de Administraciones Públicas), que confina los nombres en español al limbo de las palabras artificiales, inauténticas, impuestas: La Coruña, Orense, Gerona o Lérida son nombres cuya mera mención le hacen sospechoso a quien los profiera de centralista, reaccionario, facha, fascista…En fin.

Esta erradicación llega al punto de ser habitual escuchar a locutores intercalar en sus discursos, aunque se esté hablando o escribiendo en español, el nombre propio de ciudad o pueblo en la lengua vernácula de la región correspondiente. De este modo, por ejemplo, en vez de Gerona se dice Girona, pronunciada además con fonética en catalán[yirona] (y a veces hasta con acento catalán, cuando el locutor en ningún otro momento da muestras de hablar con tal acento). Es más:por ley, en las comunicaciones oficiales, aún expresadas en español (y esto afecta a la Administración del Estado, no sólo a las autonómicas), los topónimos tienen que figurar en la lengua regional.

Lo que tácitamente -a veces expresamente- se da a entender con tal sustitución, y con la consiguiente erradicación del nombre en español, es que el nombre auténtico, propio, de esa localidad es su nombre en la lengua vernácula regional (que a veces, insistimos, no existe pero se inventa). Así , su nombre en español -en una concepción conspiranoica y, en efecto, pueril de la historia de España- es sobrevenido, adventicio, impuesto desde fuera (Castilla, Madrid) se supone que por razones políticas superestructurales (centralización, uniformismo, homogenización) que no responden al uso popular del término (cuando el nombre en español, con mayor arraigo social, está bastante más popularizado).

Y es que sólo pidiendo el principio, completamente antihistórico, pero también antisocial (incivil), de la constitución nacional de algunas de estas regiones españolas (como si fueran todos nacionales aparte, y no partes regionales de un todo nacional), se puede justificar esa sustitución heterográfica que han padecido, y siguen aún padeciendo, los nombres de las localidades, pueblos y ciudades españolas. Nadie, absolutamente nadie, está reclamando su restitución.