«No hemos llegado a esta situación por gusto. Antes de la caída del Gobierno había una mayoría sustancial de españoles que quería elecciones, pero se prefirió el procedimiento habitual, ignorar la opinión de “la gente” y apañar acuerditos por lo bajo con tipos de fiar, el PNV por ejemplo»

Recuerdo una viñeta del siempre genial Chumy Chúmez, en las postrimerías del franquismo: dos enormes personajes, enchisterados y con frac, batían bombo y platillos, a grandes zancadas, echándose encima de dos paisanos, pequeñitos, que huían desesperados, apremiando el uno al otro: «¡Corre, Manolo, que ya vienen a darnos otra mala noticia!». Pero aquello no era exclusiva de los políticos del momento, luego eficazmente reciclados y bien entreverados con el batiburrillo de aluvión que asaltó la política nacional. Y ahí sigue. El busilis del asunto reside en el método, en las alharacas, grandilocuencia, gestos para los espectadores, el folclore cañí, en suma. Eterno.

Lo hacían los de ayer, lo practican con idéntico entusiasmo los de ahora: acoger con los brazos abiertos y mucha fanfarria a los inmigrantes del Aquarius, sin saber muy bien qué se hará con ellos, mientras los acogidos planean, con toda lógica, la forma de fugarse a Francia, Alemania, Dinamarca, donde intuyen que obtendrán mejores bocadillos. Como ya se desbandaron otros predecesores suyos a quienes, por cuota, tocó España. Nutridas patrullas de tertulianos, palmeros y buenistas, marcan el camino y ¡ay del que se desmande y salga del carril con una mínima objeción o matiz! El réprobo no entrará en las carreras de sacos para probar quién alberga mejores sentimientos y aplaude con más ardor al caudillo de turno. Otros vitoreaban a Franco, con razón o sin ella, pero con la misma banalidad con que nos advierte («Valencia, ciutat refugi») el separatista catalán que el PSOE colocó de alcalde de Valencia, en tanto la señora que el PSOE colocó como alcaldesa de Madrid se ofrece a acoger nada menos que a «20 Familias 20» para resolver el problema.

Los españoles siempre –un siempre que se remonta como mínimo al siglo XVIII– empeñados en el mismo recorrido: de Pepito a don José; y viceversa. Hemos cambiado, o más bien nos han cambiado por la puerta de atrás, sin que nadie rechiste en serio, el permanente muermo de Rajoy por el no menos continuado circo de Sánchez. De los incumplimientos graves y el desprecio por los votantes (¿para cuándo otra foto con la madre de Sandra Palo, dejando intacta la Ley del Menor?) al espectáculo de los ministros y ministras (tenemos hasta un astronauta que, quizá, sea el más cualificado de todos), las cretinadas y gestos para su galería, las agresiones a la lengua. Si bien parece que, al fin, la RAE se ha enterado de que la publicidad rebalsa de anglicismos innecesarios y baldíos: veremos el caso que le hacen. Y que nadie espere de este gobierno –como no lo esperábamos del anterior–, ni de ninguno, una orden como la del Ejecutivo francés prohibiendo en todos los textos oficiales, de todas las administraciones, el empleo superfluo de las marcas de género (el «portavoces y portavozas», aclaro para que lo entiendan los podemitas y progres en general, no vayan a pensar que se trata de un nuevo tipo de playeras).

Y como ahora no será preciso subir la moral a los votantes con aquello de «Está lloviendo mucho», al preguntar al presidente del Gobierno por la suelta masiva de asesinos vascos y no vascos, porque ya no habrá criminales etarras en las cárceles, lo que se impone es ser más animalista que san Francisco y san Antón juntos, más ecologista que los senderistas alemanes y más solidario que san Lázaro. O parecerlo.

No hemos llegado a esta situación por gusto. Antes de la caída del Gobierno había una mayoría sustancial de españoles que quería elecciones, pero se prefirió el procedimiento habitual, ignorar la opinión de «la gente» y apañar acuerditos por lo bajo con tipos de fiar, el PNV por ejemplo. Y sabido es que el primer cometido de todo político es negar las realidades adversas, en especial si son responsabilidad directa suya. Correlativamente, no se reconocen jamás errores en concreto, sólo parvadas: «no hemos sabido explicar», «se han cometido errores (sin decir cuáles)», «se ha hecho mucho, aunque falta mucho por hacer…» Desde Suárez, sin la menor intención de rectificar nada, sobre todo si se trata de abusos y desmanes legales de la izquierda para desguazar el Estado, aunque el Fénix de los Pícaros –también el más listo de todos– fuese Felipe González: «H’entendío el mensahe…». Y siguió haciendo lo mismo.

Así Mariano Rajoy –¡qué dominio magistral de los tiempos!– se limitó a dejar correr el calendario sin adoptar medida alguna en los asuntos más graves (de cómo hemos vivido, en realidad, los éxitos económicos hablamos otro día), cuyo toro, a la postre, le ha pillado. Desde luego por la falta de escrúpulos de socialistas y separatistas vascos, merecedores de los elogios del prócer unos días antes, a diferencia del aprovechategui de Ciudadanos, que incurrió en la deslealtad de votarle en la investidura, apoyar sus presupuestos y sumarse al voto del PP en la moción de censura. Como es palmario, toda la culpa de la salida de don Mariano por la puerta de los carros recae sobre Ciudadanos, nunca sobre él. Pero esto ya es agua pasada. Volvemos al circo y, al parecer, también Ciudadanos reclama un papel en el libreto y se adhiere a cuantas iniciativas pueden dejar su crecimiento en veremos; cambios de calles en Madrid, Valle de los Caídos, eutanasia… Y sólo hemos empezado. Por fortuna, rectificaron en el muy sensible asunto de la prisión permanente, pero ignoramos cuánto les durará la buena intención: si pretenden competir a progres con el PSOE están perdidos, nunca alcanzarán al original y les irá como al PP, que perdió tres millones y medio de votos por sordos y displicentes con sus bases naturales, no por la crisis económica, ni siquiera por la corrupción, sino por olvidar las reformas legislativas prometidas: Código Penal, Ley del Menor, Ley de Enjuiciamiento Criminal, Ley del Aborto, Ley de Memoria Histórica, Ley de Educación que, al menos, defienda en serio el castellano en todo el territorio nacional (y que se haga cumplir). Un lío, vamos.

No era mucho pedir que llevaran adelante sus promesas. No lo hicieron. Entregaron todas las televisiones que cuentan algo a la izquierda y remataron la faena inhibiéndose ante la insurrección de los separatistas catalanes: anunciar un 155 que nunca quisieron aplicar y poner pies en polvorosa en cuanto los secesionistas volvieron a ocupar el gobierno regional, con la recuperación de «embajadas», gastos, independentistas (poquitos) efímeramente apartados de sus cargos a dedo. Todos han regresado, con Rajoy en La Moncloa. Y Sánchez, entre pirueta y pirueta humanitaria, va completando la tarea: ¿tendrán razón quienes sospechan que la moción de censura fue pactada para evitar, a todo trance, que Ciudadanos ganase las elecciones que nunca llegaron? El circo nacional está abierto. Pasen y vean y diviértanse mientras puedan.