RECORRERSE entera Oxford Street, la calle londinense de los grandes almacenes, viene a ser como fumarse media cajetilla de Winston (o de Celtas). Es una de las vías más contaminadas del mundo y siempre está atestada, lo que invita a evitarla. Pero cuando paso por allí suelo recordar que antaño fue mucho peor. Nació como calzada romana y más tarde, hasta finales del XVIII, era Tyburn Road, la senda que llevaba al llamado «Árbol de Tyburn», las horcas (hoy decorosamente sustituidas por el arco blanco de Marble Arch). Si un alguacil te decía «pronto harás el baile de Tyburn», mal negocio, pues así se conocía el tembleque final en la soga. Los ahorcamientos constituían una enorme jarana popular, un pasatiempo que congregaba a multitud de curiosos. También había carteristas, mercaderes, sufridos deudos y médicos, que codiciaban los cadáveres para sus estudios anatómicos. El reo salía en carreta descubierta desde la cárcel de Newgate. Durante el recorrido, la plebe londinense aplaudía y vitoreaba a los criminales que no perdían el temple e insultaba y pringaba con inmundicias a los que flaqueaban ante la danza de Tyburn.
En una ocasión había tanto público que los improvisados graderíos se derrumbaron. Por una vez, el reo no fue el único fiambre de la sesión. Memorable fue también la ejecución de Lord Ferrers, en 1760. Ataviado para la ocasión con su traje nupcial, al aristócrata y asesino no se le ocurrió nada mejor que dar una magnánima propina de cinco guineas al verdugo. Pero se confundió y entregó las monedas a su asistente. Titular y aprendiz se enzarzaron por la pasta. El flemático conde Ferrers tuvo que exigir orden y solicitar que atendiesen a su gaznate.

Hoy todo eso nos parece del peor salvajismo. Y lo era, como la propia pena de muerte, una reminiscencia aberrante de eras oscuras de enorme violencia cotidiana. Siempre me ha desagradado la pena capital y la rechazo. Pero como tantas veces, en España el péndulo está girando a otro extremo equivocado. Ayer estaba comiendo mientras veía el telediario. Apagué por lo repulsivo de una noticia. Contaban la detención de un centenar de pedófilos en varios puntos de España. Entre otras atrocidades, habían abusado de bebés y lo habían grabado. ¿Qué condena merece algo así? En mi modestísima opinión, y salvo que medie enfermedad mental, un hombre que comete tal barbaridad, que agrede a lo más dulce de la humanidad de un modo tan abyecto, cruel y gratuito, debería pasarse sus días en una cárcel. Entendería una condena a cadena perpetua revisable. ¿Soy un retrógrado? No lo creo. Txapote, que asesinó con una frialdad que todavía estremece a Blanco, Ordóñez, Buesa, López de la Calle y tantos otros, que está condenado a 450 años de cárcel, podría salir a pasear con 72 años, hoy todavía una buena edad, y ya le han concedido un permiso. A millones de ciudadanos nos duele. ¿Somos ultras cavernarios? Para nada. Lo regresivo de verdad es que personas que ha hecho un daño imperdonable reciban un perdón que es injusto, por una elemental humanidad para con sus víctimas. No llevaría a Txapote al árbol de Tyburn –no somos de su calaña–, pero tampoco le daría un horizonte sin rejas.