Hace ya bastantes años, y en la Tercera de este mismo diario, se publicaba un artículo similar en ocasión del fallecimiento de Madre Teresa. Han pasado los días. El amor permanece. ¡Qué oportuno, el Santo Padre! Canonizar a Santa Teresa de Calcuta en el año jubilar de la Misericordia.

Entre papeles importantes, con documentos llenos de sabios discursos, no era extraño encontrar una pequeña estampa, con oraciones en inglés, en las que se pedía a Dios la gracia de tener un corazón lleno de misericordia. Los papeles, con informes y relaciones sobre la vida y la acción de la Iglesia, los habían colocado, sobre la mesa de los obispos, los diligentes secretarios del Sínodo. Las estampas, de papel sencillo, amarillento y modelo ya desaparecido de todos los catálogos, nos las ponía, casi a escondidas, Madre Teresa de Calcuta.

Nada hacía pensar en una sutil contestación, por parte de esta buena religiosa, a la grandilocuencia de las relaciones episcopales y de los sabios planteamientos de los expertos sobre la misión de la Iglesia. Tampoco cabía la idea de una cariñosa y fraterna corrección. Madre Teresa era así: sencilla, como una estampa descolorida en la que se contemplaba a Cristo sirviendo a los pobres, y con una oración para recordar que solamente se puede ser buen cristiano si se tienen entrañas de misericordia.

Han pasado los días, pero el amor permanece. Es que tiene la garantía de no tener fecha de caducidad. Es en tal manera variado y multiforme que se hace pan con el que saciar al indigente, bondad para perdonar, comprensión con el que ha perdido hasta los sentimientos, bálsamo de la misericordia para poner sobre las heridas y conseguir que no se infecten con el odio y puedan curarse en el cuerpo y en el alma, justicia para buscar y hacer que se encuentre y la haya para todos.

Los menesterosos, los pobres y desvalidos eran tantos que se necesitaba un capital inagotable: el amor de Cristo y la entrega sin condiciones de toda la vida para quemarse en ese fuego incombustible de la caridad fraterna. Al pobre se le podía dar de comer y vendar sus heridas. Es obligación primera y responsabilidad que a todos corresponde. Pero besarlo con cariño, reconociendo la dignidad que el hombre tiene como hijo de Dios, es obligación de quien siente la urgencia del amor de Cristo en lo más profundo y noble de los entresijos de su alma.

San Martín vio a Cristo cubierto con el trozo de su capa. San Juan de Dios, en el inválido que portaba sobre sus espaldas. San Francisco de Asís, en el leproso al que abrazaba. Madre Teresa de Calcuta, en los mil y mil desposeídos de las cosas de este mundo. Su figura, la de Madre Teresa, frágil, casi insignificante, no deja de crecer y agrandarse. Ella no quería ser más que eso: un parecido de Jesucristo. Y lo había conseguido, porque acertó en el camino llevando como único equipaje la pobreza y la humildad que contemplaba y vivía en el amor de Cristo.

Sobre la vida y la obra de esta admirable mujer se han hecho muchos discursos. Pero el gran parlamento, y el más creíble de todos, es la misma Madre Teresa. Es que la caridad no se discute, se vive. Es el lenguaje de las obras. El elocuente silencio del saber estar junto al moribundo, sin poderle ofrecerle más que el cariño de sentir que alguien que le quiere está a su lado.

Todas estas reflexiones pueden resultar, para algunos, un desprestigio de la caridad. Como si se estuviera elogiando poco menos que la injusticia. ¿Quiénes son los responsables de tanto dolor y de tanta injusticia? En una sociedad medianamente organizada, la asistencia social es un derecho reconocido. ¿La caridad no puede ser un obstáculo para ocultar la realidad de unas situaciones ciertamente escandalosas? No hay peligro alguno de que la caridad y el amor fraterno sean un impedimento para la justicia. Al contrario la buscan y la exigen. Pero cuando la justicia ha recorrido ya todo el camino que a los derechos corresponde, todavía la caridad sigue avanzando por un sendero que no termina nunca: el del amor misericordioso y fraterno.

La compasión es una virtud maltratada. Se la humilla y tacha de miserabilismo, de actitud lastimosa ante el que sufre, de afectividad dulzona e inoperante. Pero no, la virtud de la compasión es meterse en el alma del que sufre y sufrir con él y hacer todo lo posible para aliviar su dolor. Es una virtud que llena de humanidad el encuentro con el menesteroso. Lo contrario puede ser un altruismo frío que da algo de lo que tiene, pero nada de sí mismo.

La llamada sociedad de bienestar llegó a pensar que era en tal manera autosuficiente que no necesitaba de nadie para atender todos los servicios sociales. Incluso se decían extrañas palabras en las que se ponía en oposición, nada menos, la caridad con la justicia. Es verdad que no se debe presumir de dar «por caridad» lo que se debe en justicia. Pero tampoco se pretendan olvidar «unos derechos» que difícilmente van a figurar en programas civiles de acción social: derecho a tener alguien que te quiera, que te cuide con bondad, que te ayude a mantener la esperanza, a bendecir a Dios…

Es cierto que hemos avanzado mucho en la aplicación del principio de subsidiaridad, apoyando aquellas iniciativas privadas que pueden contribuir al bien común. Quizá algún día se pueda pensar en una subsidiaridad del espíritu. Que dejemos, al que está lleno de amor fraterno, que lo reparta para el bien de todos. Madre Teresa no sabía de principios, pero sí mucho de amores.

Ahora, el nombre de Madre Teresa queda inscrito en el libro de los santos. Así lo proclama el Papa Francisco. Los santos no mueren, porque están llenos de amor y el amor es imperecedero. Por eso, más que recordar, hacemos memoria intemporal de su vida. En ella, la pobreza se hizo riqueza de dar y de servir. Podían terminarse las siempre escasas reservas del dinero, pero nunca se agotaba ese profundo y limpio manantial del amor cristiano.

Junto a la pobreza, Madre Teresa contaba con el valor de la humildad que la defendía de cualquier formalismo vanidoso, de la autosuficiencia, de la resignación negativa, de la desesperación o del desprecio a los poderosos. Por otra parte, esa humildad le hacía tener por casa y refugio el mismo corazón de los pobres a los que servía. Allí, en medio de tantos desgarrones, encontraba la huella de la cruz y del amor de Cristo.

¡Qué bien supo Madre Teresa usar el paño de San Agustín! Pues este santo decía que la misericordia es como un blanco lienzo que se pone en nuestras manos para que con él se pueda limpiar el corazón y ver a Dios. Con la pobreza, la humildad y la contemplación de Dios fue recorriendo los caminos de este mundo: recogiendo a los leprosos y poniendo estampas descoloridas en las manos de los obispos. Todo hablaba de misericordia.

Hace ya bastantes años, y en la Tercera de este mismo diario, se publicaba un artículo similar en ocasión del fallecimiento de Madre Teresa. Han pasado los días. El amor permanece. ¡Qué oportuno, el Santo Padre! Canonizar a Santa Teresa de Calcuta en el Año Jubilar de la Misericordia.