La historia lo corrobora, el mejor compañero político del terrorismo vascuence no ha sido Herri Batasuna o sus innumerables variantes estacionales sino ese supuesto prodigio de ecuanimidad y dulzura telúrica que, bajo la permanente gloria del concierto y la pasividad cuando no la complicidad de las fuerzas que debieran ser constitucionalistas, responde a las siglas PNV.

Hasta los observadores menos avisados han llegado a comprender que la razón por la que el PNV ha promovido la desaparición en el código penal español de la prisión permanente y revisable se encuentra en la amorosa solicitud con la que el nacionalismo vasco ha contemplado siempre el descarrío criminal de los asesinos terroristas de ETA. Aquellos que durante decenios amenazaron a españoles de toda suerte y condición con «ejecutarlos» en nombre del «pueblo vasco» si no satisfacían sus exigencias económicas. Aquellos que en inmarcesibles palabras del exjesuita presidente del PNV Javier Arzallus se dedicaban ejemplarmente a «remover las ramas de los árboles» para que los de su partido fueran capaces de «recoger los frutos».

Claro que lo del PNV y la prisión permanente no tiene lógica jurídica. Los terroristas todavía en la cárcel y los que eventualmente pudieran acabar en la misma si la apertura de los casos pendientes y no resueltos lo permitiera, cumplen o cumplirían condenas por hechos cometidos cuando la figura penal no estaba todavía contemplada en nuestro ordenamiento jurídico. Pero da lo mismo. En esto del terrorismo nacionalista, se dicen los supremacistas vascos, siempre conviene prevenir acontecimientos y, en cualquier caso, el mensaje dirigido a todos los que todavía en la sociedad vasca participan del siniestro aquelarre de recibir con boinas coloradas y aurreskus callejeros a los criminales que abandonan el trullo es transparente: no os preocupéis, aquí estamos nosotros para protegeros, todos somos de la misma familia. Porque, si bien se mira, y la historia lo corrobora, el mejor compañero político del terrorismo vascuence no ha sido Herri Batasuna o sus innumerables variantes estacionales sino ese supuesto prodigio de ecuanimidad y dulzura telúrica que, bajo la permanente gloria del concierto y la pasividad cuando no la complicidad de las fuerzas que debieran ser constitucionalistas, responde a las siglas PNV.

En realidad, lo del PNV y el terrorismo etarra, aun sin saberlo, se parece mucho a la doctrina que todavía pervive en los medios de la ONU donde alguna influencia ejercen los países sospechosos o culpables de ayudar al terrorismo: aquella que en la lucha contra la lacra no pone el énfasis en los medios para acabar con ella sino en las supuestas razones, las llamadas «root causes», las «causas de raíz» que explicarían por qué los terroristas se dedican a la criminalidad y que inevitablemente conducen a describir, cuando no a legitimar y perdonar, a sus responsables. Es fácilmente imaginable el catálogo: la miseria, la marginación, la desigualdad, el acoso, la opresión. Es estadísticamente demostrable que los terroristas culpables de los delitos que la gran mayoría de los países consideran tipificados en la categoría de terrorismo no pueden ser incluidos en ninguno de esos capítulos pero el propósito de la maniobra está en gran parte conseguido: el asesino no es culpable de sus hazañas sino la sociedad que le vio nacer y crecer y cuyos supuestos mandamientos acabaron por configurar la mente y la obra del que, en el mejor de los casos, es solo un malhadado testigo de la perversión ambiental. Y es ahí donde comparten mesa y mantel el PNV, Hamas, Hizbolá, las FARC, lo que queda del IRA, AlQaida, el Estado Islámico (Daesh) y las plurales manifestaciones de todos ellos.

Al sumarse a la iniciativa del PNV, y al hacerlo con modos y maneras de infinita y vomitiva tosquedad intelectual y política, PSOE y Podemos no solo estaban alineándose con la ternura que el terrorismo suscita en el nacionalismo vasco –no en vano el etarra Otegui goza del mismo status de «hombre de paz» con Zapatero que con Iglesias– sino también y sobre todo con la noción de que en realidad es la sociedad la responsable de las acciones del delincuente, absuelto de antemano de cualquier responsabilidad individual. Es la sociedad, nos vienen a decir, la responsable de lo que ocurre y la necesitada de cambios. No llega el PSOE a sacar las consecuencias de su irreflexión, sumido como está en el surco de un líder que es su misma encarnación gráfica, pero Podemos no lo oculta: con la revolución si hace falta. La imaginería conjunta del tándem Iglesias/Montero lo deja muy a las claras: se trata de repetir, con todo el fragor que sea necesario, el asalto al Palacio de Invierno en San Petersburgo, ese momento seminal de la revolución soviética. El reciente episodio de Lavapiés es un patente ensayo de la maniobra. Tiempo les ha faltado a los de la coleta y la camisa a cuadros para, con la anuencia del Ayuntamiento de Madrid y sus regidores socio/comunistas, dictaminar que la responsabilidad de que un emigrante senegalés muera en una acera del barrio madrileño a consecuencia de un infarto es de la «sociedad capitalista». L as poderosas terminales mediáticas con que cuentan los neo robesperriamos de esta hora de España han llegado incluso a insinuar lo que nadie en la dolorida sociedad del país había osado pensar: que la asesina del niño Gabriel Cruz era un inevitable producto de su condición étnica y social, y no la primera y última responsable de sus actos. Y es que ese propósito de relevar de la responsabilidad individual a los integrantes de una ciudadanía, con el pretexto de que la comunidad es la última responsable de las malformaciones colectivas, es el sueño de verano de una autocracia en la que confluyen los diseños criminales de Stalin y Hitler. No es esta la mejor de las sociedades posibles. Ciertamente tampoco la peor. Pero su mayor mérito consiste en estar construida sobre la libertad individual de sus ciudadanos. Sangre, sudor y lágrimas ha costado a generaciones de españoles el conseguirlo. No vaya a ser que la alianza non sancta de nacionalistas, socialistas, anticapitalistas y podemitas de registro tan vario como inquietante sumen fuerzas para negar la evidencia de los tiempos modernos: somos todos y cada uno de nosotros dueños de nuestro propio destino. Todo lo demás es sacrificio reverencial a los mandarines de la tribu. Y en el fondo pura locura.