Sin que exista una explicación plausible, los españoles poseemos una sorprendente inquina hacia nuestra historia y nuestra cultura, rasgo que no es reciente, sino que venimos arrastrando desde hace siglos. Nos hemos sabido vender mal y han sido otros quienes han logrado imponer, de forma generalizada, una imagen distorsionada y falseada de lo que somos y de lo que hemos aportado al mundo. La famosa Leyenda Negra, que nos persigue desde tiempos imperiales, ha echado raíces en el imaginario popular y ha construido una visión de lo hispano muy negativa, que algunos españoles han hecho suya. Según el tópico, seríamos un país atrasado, lleno de fanáticos religiosos, culturalmente limitado y que sojuzgó a sangre y fuego a pueblos inocentes. Poco hay de verdad en estas afirmaciones, pero luchar contra ellas requiere paciencia y una capacidad divulgativa y educativa que no está al alcance de todos.

Pedro Insua se enfrenta en su 1492. España contra sus fantasmas*, a estos estereotipos. Intenta denodadamente desterrar la leyenda que tanto mal nos ha causado. Con este objetivo, no duda en confrontar relatos que hoy tenemos por seguros, pero cuyos fundamentos están apoyados en burdas mentiras. Trata de desmontar los mitos que se han ido construyendo en torno a nuestra historia y, a la vez, de dar un toque de atención a una sociedad aletargada que desconoce y repudia su pasado. Somos algo más que un puñado de iletrados, fanáticos y conquistadores, y no está mal que nos lo recuerden de vez en cuando. Principios que también sostiene María Elvira Roca en el prólogo de la obra.

Como explica el propio autor: “En este libro, precisamente, se trata de abordar cada uno de los tópicos que orbitan en torno a la fecha, simbólica si se quiere pero tampoco arbitraria, de 1492, y que han aparecido en la literatura negrolegendaria a modo de fantasmas, vueltos del pasado una y otra vez para juzgar y acusar a España de mal comportamiento histórico: así al-Ándalus contra España, Sefarad contra España y América contra España. En los viajeros del siglo XIX, en los periodistas del XX y en los blogueros del XXI se fueron formando, cristalizando, aquilatando, matizando esos temas asociados al nombre de España que adoptaron la forma de dedo acusador pantocrátor, hasta consolidarse en la actualidad (por lo menos en determinados ámbitos, muy resistentes a la razón histórica) en un “yo acuso” permamente.