Santi Potros saldrá el próximo día 5 de agosto a la calle. De los tres mil años de condena que le fueron impuestos ha cumplido una centésima parte, y entre la anulación de la doctrina Parot y otras decisiones europeas restrictivas de las acumulaciones penales, esas tres décadas de reclusión, incluido el tiempo que pasó preso en Francia, son el máximo que cabía aplicarle. Pudo incluso haber salido antes; de hecho en 2014 fue liberado pero lo volvieron a encarcelar y a sentenciar por otros dos atentados de cuya responsabilidad había conseguido librarse. Con esta nueva pena ha cumplido tres años de los 111 que tenía por delante. Ahora tiene 70, se casó en presidio y es posible que cuando regrese a Lasarte sus paisanos lo reciban, como a otros etarras, con un homenaje. Tomen nota los partidarios de derogar la prisión permanente revisable.

Potros es la historia de ETA. La ETA más cruenta, la más sanguinaria, la más abyecta. La de Txomin, Pakito y Josu Ternera. La de Hipercor y la plaza de la República Dominicana, la que llegó a colgar cien asesinatos al año sobre las espaldas de una sociedad que se resistía a su coacción siniestra. La que planteó su desafío al Estado con la intensidad mortífera de una guerra. La que socializó el sufrimiento -así denominaban a su estrategia- para que nadie en España se sintiese a salvo de su violencia. La que aún tiene pendiente, no ya la justicia plena, sino una declaración de arrepentimiento y una petición de perdón que suenen, siquiera remotamente, a sinceras. Dicen que en los últimos tiempos este carnicero se había alejado de la banda pero sin desmarcarse de forma abierta. Que era un preso colaborativo que se brindaba a limpiar suelos y otras faenas. Que ya sólo quiere envejecer cerca de los suyos, aunque en su mismo pueblo podrá cruzarse con los familiares de Froilán Elespe, de Alfonso Morcillo o de Begoña Urroz en una mañana cualquiera. Sólo que él estará vivo, y libre, y las víctimas irremisiblemente muertas. Esto no lo han tenido en cuenta nunca esos conspicuos magistrados de las cortes europeas.

Su libertad es conforme a ley; no se debe a favores del Gobierno ni a consecuencias de la doctrina del apaciguamiento. Simplemente demuestra lo estúpida que ha sido nuestra democracia, lo indefensa que ha estado y sigue estando ante sus enemigos más implacables y extremos. Lo débil que resulta un ordenamiento en el que los crímenes de un delirio político salen a pocos meses de cárcel por muerto. Nos dirán que ya no importa porque ETA se ha disuelto. Pero quién disuelve la congoja soportada, el dolor sufrido, la angustia padecida, la rabia acumulada en tantos días de llanto y de miedo. Quién disuelve el luto de las víctimas, su desaliento, su desamparo, su amargura, su abatimiento. A qué clase de justicia tienen ellas derecho a pedir que las libere de su cárcel moral de olvido y de silencio.