Durante su intervención en el debate de la moción de censura, el portavoz del PP, Rafael Hernando, dirigiéndose a los diputados del PNV, ha dicho: «Pensaba que eran personas de palabra. Me equivoqué». Quizá este ha sido uno de los grandes errores cometidos por el PP, y no será porque alguno no se lo hayamos advertido reiteradamente a lo largo de los años. Es cierto que mientras que con el PNV se sacaban adelante los Presupuestos Generales del Estado, por supuesto a cambio de inversiones millonarias para el País Vasco, nadie en el PP desconfiaba de su socio ni reparaba que a la vez, y ese mismo día, estaba aprobando con EH Bildu el preámbulo del futuro Estatuto Vasco, en el que se contemplaba el derecho a decidir y un nuevo concepto de Euskal Herría en la que estaba integrada Navarra y el País Vasco francés.

Por eso, cuando 48 horas después de aprobar esas cuentas Pedro Sánchez presentó su moción contra Rajoy, los sucesores de Sabino Arana le extendieron la mano para ver qué podían recibir de él; es decir, si además de amarrar los millones que ya le habían sacado al PP, este les iba a dar algo más con relación a los presos de ETA y al «soberanismo», para seguir así avanzando en su objetivo: la independencia de Euskadi. Por eso, los que les conocemos bien, sabíamos que la suerte estaba echada porque ahora no iban a cometer el mismo error de agosto de 1930, cuando se quedaron fuera del Pacto de San Sebastián en contra de la monarquía.

En aquella ocasión, los nacionalistas vascos, a diferencia de lo que sí hicieron los catalanes, no se unieron a los grupos republicanos, con lo que quedaron marginados de la República que llegaría unos meses después y por eso su estatuto de autonomía no se aprobó en 1932, junto con el catalán, sino que tuvo que esperar hasta el otoño de 1936 cuando la guerra ya había estallado. Entonces, como reconoció Manuel de Irujo: «Cometimos el error de no participar en el Pacto de San Sebastián; de haber participado en él, el Estatuto Vasco, incluyendo a Navarra, se habría aprobado al mismo tiempo que el catalán, Mola no se hubiera podido levantar en Navarra, y dudo mucho de que existiera otro lugar donde hubiera encontrado lo que allí encontró: los requetés que le sirvieron en masa para organizar la guerra». Y, aunque el propio Irujo escribiría en un artículo publicado el 31 de marzo de 1936 que: «en Madrid, Extremadura, Andalucía, Levante se queman iglesias, conventos, fábricas, almacenes, casinos, casas particulares, archivos del juzgado y del registro; que se hace salir desnudas a las religiosas y se las somete al trato que no se da a las mujerzuelas profesionales; que después de deshonrar a las hijas son paseadas en pica las cabezas de sus maridos y padres. ¿Puede vivirse así? El estampido se masca. Lo exige el ambiente. Y no tardando», unos meses después, cuando había que optar entre la República y los sublevados, en la balanza del PNV pesó más la defensa de la identidad nacional vasca que su catolicismo o la democracia, y se inclinaron por aquella porque era la única que le garantizaba la autonomía, Euskadi.

La guerra civil y el largo exilio les hizo aprender bien la lección y, aunque la Constitución del 78 acogió sus exigencias fundamentales: la inclusión del término «nacionalidades», la derogación de las leyes abolitorias de los fueros de 1839 y 1876, el reconocimiento de «los derechos históricos de los territorios forales», o la posibilidad de transferir competencias del Estado a las autonomías, con lo que se abría paso a una cadena sin fin de concesiones estatales, no se quedó satisfecho y se abstuvo en el referéndum constitucional. Y, desde entonces y hasta hoy, con su tradicional pragmatismo, se ha sabido amoldar a las circunstancias de cada momento para sacarles la mayor renta posible: hace una semana apoyó los Presupuestos de Rajoy, hoy ha votado a favor de Sánchez como presidente del Gobierno y ha obtenido de él la condición de socio preferente. Por eso, nada bueno podemos esperar los navarros, ni el resto de los españoles, de esa entente en la que, como siempre, saldrá ganando el nacionalismo vasco.