Cuando se cumple el vigésimo aniversario del secuestro y asesinato de mi compañero Miguel Ángel Blanco, concejal del Partido Popular del ayuntamiento vizcaíno de Ermua, los tristes recuerdos y vivencias de aquellos fatídicos minutos y horas del mes de julio siguen incrustados en mi cerebro, la cicatriz que nos abrió la banda criminal y asesina de ETA me sigue supurando, y tengo la sensación de que jamás se cerrará.

Cuando mi maestro y amigo Jaime Mayor Oreja me dio el relevo en la presidencia del Partido Popular del País Vasco, jamás pensé que aquel cargo llevase la pesadilla de tener que enterrar a varios de mis compañeros, aunque con el asesinato de Gregorio Ordóñez ya presagiábamos algunos que lo peor estaría por llegar.

Es curioso que lo sentíamos y lo temíamos casi en soledad en la familia de los populares vascos, ya que, a raíz del asesinato de Goyo, cuando pedí protección para mis compañeros al que entonces era consejero de Interior del Gobierno vasco, Juan María Atutxa, éste me derivó a su segundo, José Manuel Martiarena, con quien tuve una tensísima reunión, puesto que cuando le dije que los políticos del PP vasco estábamos amenazados me negó la mayor diciéndome que, según su información, sólo los ertzainas y jueces eran objetivo de la banda terrorista.

En ese momento le dije con lógico enfado que no había más que hablar y que le haría responsable de lo que nos pudiera pasar, y cuando vio que me levantaba para abandonar la reunión me pidió que no me fuera y que pondría, a regañadientes, una mínima seguridad para algunos cargos institucionales del PP vasco. Obviamente, Martiarena se tuvo que tragar todas sus palabras cuando los hechos desgraciadamente demostraron que ETA ya había colocado a los miembros del PP vasco en su especial corredor de la muerte.

El día en que las alimañas etarras secuestraron a Miguel Ángel Blanco me encontraba en Pamplona, invitado a los Sanfermines por el entonces presidente de Navarra, Miguel Sanz. A los postres de la comida en el Palacio Foral recibí la llamada de mi secretaria informándome de que los del periódico proetarra Egin le habían avisado de que habían recibido una llamada de ETA exigiendo que en 48 horas el Gobierno de Aznar acercara a todos los presos etarras a cárceles vascas, o si no ejecutarían al concejal de Ermua.

Tras recibir aquella llamada abandoné la comida y me puse en contacto con los familiares de mi concejal, aturdidos porque un periodista les había llamado para confirmar lo que yo sabía. Entre sollozos me preguntaban dónde estaba Miguel Ángel, y con gran desazón no pude contestarles. Les dije que me estaba dirigiendo a Ermua y que en poco más de una hora llegaría a su domicilio.

La segunda llamada fue al ministro del Interior, Jaime Mayor Oreja, quien no sabía nada en ese momento. Nunca olvidaré que, tras escucharme, me dijo: lo matarán. Jaime sabía en aquel instante, y con su siempre acertado análisis de la situación, que, entre otras cosas, los etarras querían vengarse del éxito de la Guardia Civil, que diez días antes había liberado de su inhumano cautiverio al funcionario de prisiones José Antonio Ortega Lara.

En el transcurso del viaje a Ermua tuve la oportunidad de hablar con Atutxa, con el presidente Aznar, que me pidió tranquilidad y que transmitiera su apoyo a la familia y a todos los cargos públicos vascos del PP, y con todos los integrantes de la Mesa de Ajuria Enea: Ardanza, Jauregui, Madrazo, Mosquera, Garaikoetxea, al que localizaron en alta mar. Todos me llamaron inmediatamente; todos, excepto Arzalluz, que nunca me respondió y dejó ese papel a Egibar.

Cuando llegué a Ermua, la tragedia ya se había apoderado del pequeño salón de la familia Blanco. Allí se encontraba su madre, Chelo, su novia, Mar, sus tíos y sus primos, y yo comenzaba a familiarizarme con una familia que me hacía preguntas y que sabía que no tenía respuestas. Hablábamos de Miguel Ángel, de cómo le conocí en un bar cercano a la sede del PP local, donde le invité a desayunar junto a la portavoz Ana Crespo, y cómo me contaba el tímido chaval que tocaba la batería en una banda de música, su ilusión por ser de los más jóvenes de la corporación ermuarra y que tenía como objetivo que construyeran un polideportivo en Ermua. Le pregunté lo que ganaba como concejal, y me contestó que 350 pesetas al mes, es decir, poco más de dos euros actuales, lo que demostraba que la pasión de los hombres y mujeres concejales populares vascos no era ni el cargo ni el poder –que no teníamos, por estar todos en la oposición–, sino el compromiso con nuestro país, España, y la defensa de sus signos, símbolos e instituciones.

La familia seguía hablándome de los planes de Miguel Ángel, que había dado el anticipo para comprarse un coche; de sus vacaciones; de que no se atreverán a matarle… Mientras su madre sólo me decía: me lo van a matar, y temía la reacción de Miguel padre cuando llegase a casa.

Ese momento llegó, y jamás olvidaré cómo aquel hombre vestido con su mono de albañil y con las manos llenas de escayola comenzó a darse fuertes cabezazos, llorando como un niño, contra las paredes del pasillo de aquella modesta vivienda ermuarra.

El contador se había puesto en marcha y las noticias de lo que pasaba en esos minutos me desbordaban. En las calles de toda España la gente mostraba su furia contra ETA, se creaba el Espíritu de Ermua, los medios nacionales e internacionales querían saber; hubo llamamientos por la liberación del concejal desde el Vaticano a grupos guerrilleros centroamericanos.

Pocas horas antes de la hora límite se convocó una manifestación en Bilbao, jamás había asistido tanta gente a una; de derechas e izquierdas, nacionalistas y no nacionalistas, todos juntos con esperanza de cambiar el sino de Blanco, y con gritos de ánimo a los políticos y al Gobierno de la Nación, para pedir la liberación de Miguel Ángel. Con un calor sofocante, los que agarrábamos la pancarta pudimos llegar, a duras penas, por el gentío que había, a las escalinatas del Ayuntamiento, donde nos esperaban otros políticos, entre ellos Arzallus, al que me colocaron al lado. Por cierto, que cuando la gente comenzó a gritar “Vascos sí, ETA no”, el propio Arzallus me espetó al oído: “Iturgaiz, esos que gritan son los de los autobuses que habéis traído de fuera del País Vasco”… Sin comentarios.

Sin poder comer por tener un nudo en el estómago, esperaba junto a Paco Álvarez Cascos y Ángel Acebes la hora fatídica; esa hora y ese momento que todos los españoles recordarán porque es de las cosas que jamás se olvidan. Desgraciadamente, llegó la hora, y a los pocos minutos un teletipo de una agencia de noticias en rojo urgente señalaba que en un paraje guipuzcoano se había encontrado el cuerpo de un joven con dos tiros en la nuca. No había duda, era él, llegó con un hilo de vida al hospital de San Sebastián. Cuando llegué, el médico me anunció que no había nada que hacer. Cuando me dejaron ver a Miguel Ángel, postrado en su cama entubado, pensé que se produciría el milagro, ya que le vi mover la mano, como si fuera un espasmo, y el médico me contestó que esa era la evidencia de que el cerebro ya no le funcionaba y estaba clínicamente muerto.

Mis compañeros lloraban en el hospital, la gente lloraba en todos los rincones de España, no había consuelo, y las ratas batasunas de todos los pueblos vascos se escondían en sus casas y herriko tabernas sin asomar la cabeza. Antes del entierro, pedí al lehendakari Ardanza que convocase de nuevo la Mesa de Ajuria Enea; me dijo que había reticencias por parte de algún miembro para que se convocase. Ese algún era Arzallus, quien, sentados a la mesa, y con el cadáver caliente de Miguel Ángel Blanco, me dijo, con su habitual y categórica forma de hablar: Iturgaiz, hoy todos estamos encima de la cresta de la ola, pero la ola bajará, y cuando la ola baje cada uno cogeremos nuestro camino. Su profecía se hizo realidad en poco tiempo, cuando el PNV, con los acólitos de esa ETA que descerrajó dos tiros en la nuca de mi concejal, con Batasuna, firmó el vergonzoso Pacto de Estella para echar a los no nacionalistas de su tierra vasca.

Por todo ello, no puedo ni quiero perdonar ni olvidar lo que hicieron con nosotros o con los socialistas en el País Vasco; con guardias civiles, militares, policías, jueces, ertzainas, periodistas, empresarios, niños, mujeres, funcionarios de prisiones, etc. Porque, aunque suene duro, el nacionalismo radical nos quiso exterminar, a los populares nos mataban por ser españoles, y no obtuvimos el calor o la comprensión de los que se llamaban nacionalistas democráticos; al revés, nos acusaban de utilizar a las víctimas, y algunos nos escupían que nos lo teníamos merecido y nos los habíamos buscado. Después de Blanco, la historia se repetía en mi casa política del PP vasco, con Caso, Zamarreño, Iruretagoyena, Indiano, Pedrosa; y con más compañeros asesinados en Navarra, Cataluña y Andalucía. Una sangría.

Termino recordando a la sociedad vasca y del resto de España, y especialmente a los jóvenes, a toda esa gente radical que forma parte de una sociedad enferma, que sigue en las calles manifestándose y reivindicando el acercamiento de los criminales de ETA a cárceles vascas. Por esa misma reclamación que ellos cacarean, ETA asesinó a un joven vasco, y si esos nauseabundos criminales tuvieron suficiente arrojo para pasar un tiempo de su vida haciendo seguimientos de personas y dando información como verdaderos chivatos, o pegando un tiro o colocando una bomba en Sevilla, Granada o Madrid, no deberían tener problemas en cumplir íntegramente sus merecidas condenas de prisión alrededor de donde eligieron aposentarse por un periodo para dejar sangre y dolor.