El miedo es la antesala que conduce al salón de la dictadura, y eso se puede producir en el seno de una familia, de una empresa o de un país. No es frecuente que una tiranía se establezca de la noche a la mañana, de un día para otro, de la misma manera que es improbable que una familia que se acostó feliz amanezca con la opresión del temor, hosca y desconfiada. El miedo es el pórtico que anuncia el despotismo de la misma manera que la acumulación de nubes oscuras es el prefacio de la lluvia. Y puede ocurrir que no llueva, claro, incluso que el miedo se detenga allí y no abra las puertas del totalitarismo, pero sería muy imprudente pensar que los nubarrones pasarán sin descargar agua, como sería insensato no tomar conciencia del miedo e ignorar a dónde suele conducir.

Aunque filósofos como Foucault, nos descubrieron que el poder no es sólo el político, y que existe una urdimbre de micropoderes que influyen en nuestro pensamiento y en nuestra conducta, no deja de ser evidente que el poder político ejerce una influencia determinante cuando nos referimos al miedo de los ciudadanos, a ese temor que, al principio parece intangible, y que se va apoderando de nosotros, de la misma manera que las ideas que parecen dominantes nos obligan a reprimir nuestro criterio.

Los ciudadanos occidentales estamos acostumbrados al miedo individual, porque forma parte de nuestra cultura, y es un viejo compañero que surge a nuestro lado, cuando somos conscientes de la muerte. El miedo a la muerte forma parte de nuestro crecimiento intelectual, y se queda con nosotros, con independencia de nuestras creencias religiosas o ausencia de ellas.

Pero mientras ese miedo filosófico, que no compartimos con ningún otro ser vivo, forma parte de nuestro desarrollo, el miedo social es algo que se establece merced a circunstancias determinadas. En las empresas, por ejemplo, la combinación del temor al despido, unido a una jefatura caprichosa y tiránica, produce un ambiente en el que sólo faltan los efectos especiales para captar el terror.

No sé si se lo leí a Jon Juaristi, o me lo contó un amigo de Pamplona, pero tengo presente la secuencia de una comida de un grupo de amigos, en Bilbao, en aquellos años de plomo y sangre, cuando la animada conversación sufre la interacción de la noticia de un atentado que aparece en la pantalla del televisor. Y, entonces, sobreviene el silencio, largo, muy largo, es decir, la evidencia de que el miedo ha llegado hasta las parcelas de la amistad, porque cuando el miedo cala, la víctima, el miedoso, ya no se fía ni siquiera de sus amigos. Diría más: no se fía ni siquiera de la familia.

¿Y cómo se llega a eso? Por la exhibición y presencia permanente y constante de una manera de pensar, que se muestra como la única noble, mientras cualquier disidencia es considerada una traición. Todo eso lleva consigo la ocupación de las calles, la toma del poder político, y el control de los principales medios de comunicación. El secesionismo catalán es un paradigma de ese proceso. El procés más importante no es el que, según ellos, conduce a la independencia, sino ese proceso de ocupación de las entidades civiles, económicas y culturales, la desaparición o irrelevancia de aquellos ciudadanos que no son secesionistas, y la exaltación de cualquiera -aunque sea un tonto contemporáneo- que exhiba los símbolos de esa sociedad cada vez más autoritaria y, naturalmente, más atemorizada.

La promoción de los forofos y el aborrecimiento de los que no lo son causan ese miedo que nos arrebata la libertad, porque un ciudadano con miedo, habla, actúa e incluso piensa, bajo el yugo de esa corriente dominante que, aunque no lo sea porcentualmente, lo aparenta proyectando sobre los demás la tentación de considerarse extravagantes, los patitos feos del estanque.

Y, a medida que el miedo se extiende y se contagia, por el mismo procedimiento por el que se transmiten muchas enfermedades, por contacto, aparezcan las fases siguientes del totalitarismo: la persecución dialéctica y física, la amenaza, las llamadas telefónica, los boicots a las actividades comerciales de esas personas, es decir, el totalitarismo en su ensayo general con luces y vestuario.

Ya lo hemos vivido. Es el «sabemos dónde vives y dónde trabajas» que se usaba en el País Vasco, en la mafia calabresa o en Cataluña. La superioridad del que se cree vencedor -un vencedor rarísimo, que siempre presume de víctima- se ceba en el que cree enemigo, porque un totalitario parte de la premisa de que cualquiera que no piense según el dogma establecido es un enemigo a abatir.

El ejemplo más palmario de cómo el miedo alcanza a instituciones que parecían ser inmunes por sus características intelectuales e históricas, la hemos tenido en la Universidad Autónoma de Barcelona, cuyo rectorado negó la inscripción de una sociedad de estudiantes, que se presentaba bajo los principios de la Sociedad Civil Catalana. La Universidad admitió más de medio centenar de asociaciones estudiantiles, y habría que ver los doctrinarios y discutibles objetivos de algunas de ellas, pero sólo se prohibió la que parecía más susceptible de provocar enfados en los detentadores del pensamiento nacionalista. Fueron los tribunales los que tuvieron que demostrar al rectorado que había menoscabado la libertad de asociación de los estudiantes y obligaron a admitirla. Que los tribunales tengan que dar lecciones de libertad de pensamiento y asociación a una universidad que debería ser el templo de la racionalización de las libertades es un signo deslumbrante de qué nivel han alcanzado las aguas de esta riada de despotismo.

Y yo no acusaría de cobardía al rectorado. Hombre, tampoco me parece gallarda su actitud, pero entiendo que las subvenciones son necesarias, agradar al poder político es conveniente, pero no hasta el punto de este servilismo atroz, porque si en la universidad se obedecen las consignas totalitarias qué no sucederá en asociaciones menos armadas intelectualmente.

Si esto sucede con catedráticos y profesores universitarios, cuesta poco imaginar lo que debe ser el día a día de un funcionario que trabaje en un ayuntamiento o en algún departamento de la Generalitat, y se presente cada día, por ejemplo, sin llevar un lazo amarillo sobre la camisa o sobre la blusa, sin asistir a las concentraciones periódicas y abundantes que se convocan, y sin que en la casa donde vive se haya desplegado una estelada. No creo que reciba muchos parabienes de sus jefes, y nos lleva a recordar el ambiente que sufrieron, en los pueblos pequeños del País Vasco, aquellos concejales del PP y del PSOE, señalados, amenazados y perseguidos.

No, no tenemos madera de héroes, ni la obligación de serlo. Pero el miedo se ha instalado en Cataluña, y el miedo ha infestado a la sociedad. Y habrá que recordar que el tirano siempre nos parece alto y poderoso, cuando lo miramos de rodillas. Pero cuando nos levantamos, podemos comprobar que nosotros somos igual de altos, y no hemos caído en la miseria de amenazar en manada, que esa sí que es actividad a la que siempre se apuntan los cobardes.