Hay noticias buenas y otras que te llenan. Hay noticias que gusta leer porque se elevan de la pura información y tendrían que repetirse todos los días.

Hay noticias que son “esto ha cambiado”, por ejemplo, “te ha tocado la lotería” o “has encontrado un buen trabajo” y otras que son “esto va a cambiar”, cuando dibujan el comienzo de algo esperanzador. Estas últimas te producen una sensación de cosquilleo emocionante que desborda lo personal y te reconcilian con los valores supremos de este mundo. La Audiencia Nacional reabre un asesinato etarra 38 años después” es la noticia.

Habrá quienes confundirán esta cuestión con la venganza.

El profesor Antonio Beristain decía que lo que es un valor supremo es la justicia, no el diálogo, ni siquiera la paz. La paz o la convivencia de las que tanto se habla por el Norte son otra cosa. De la paz nos hablan todos los días los que hicieron la guerra o estuvieron en la reserva esperando a ver quién ganaba, pero no habrá paz para quienes alojen en su interior un ineludible sentimiento de culpa que solo se cura con el arrepentimiento y no habrá convivencia posible con los que no han pagado por lo que hicieron y se ufanan de ello.

 Porque quizás la auténtica paz y la auténtica convivencia sean esto: la justicia que emana de un Estado para colocar a cada ciudadano en su sitio, protegiendo a los inocentes y aplicando la ley a los agresores.

Mientras ahora mismo unos se preocupan de acercar a los presos en aras de un concepto de convivencia que no terminan de explicar, la búsqueda de reparación para las víctimas por parte de asociaciones y ciudadanos sin intereses partidistas imprime un nuevo giro a esta representación tan dramática.

La iniciativa de una entidad privada, la Fundación Villacisneros, ha propiciado el camino de la investigación de sumarios de víctimas de ETA para buscar resquicios legales que hagan posible la apertura de nuevas diligencias orientadas a esclarecer asesinatos que a día de hoy carecen de autor material conocido. Y ha puesto las cosas en fila, unos a una cosa y otros a otra, otorgando un protagonismo responsable a la sociedad civil. Carmen Ladrón de Guevara, JuanFer Calderín, Santiago Milans del Bosch, Miguel Ángel Rodríguez Arias, Daniel Portero, Carlos Fernández de Casadevante, Consuelo Ordóñez, Iñigo Gómez-Pineda, fundaciones, colectivos, víctimas particulares y otros muchos concienciados ciudadanos anónimos ayudan a que esta historia de infamia con las víctimas del terrorismo ultranacionalista no termine en un olvido derivado de la desidia.

El mundo no es justo, ya lo sabemos. Pero entre los enrevesados racimos de noticias demoledoras que nos desilusionan cada día se pueden detectar sutiles movimientos que hacen avanzar en buen sentido algunas cosas importantes.

La justicia es lenta y no es perfecta, pero hay que trabajar creyendo en ella como si lo fuera, porque trabajando en su ámbito, en el terreno de lo mejorable puede dar resultados inesperados.

Los españoles de bien no podremos estar tranquilos mientras alguna víctima tenga un problema legal o acuse de falta de cariño social, mientras no sintamos que hemos hecho todo lo que hemos podido para dejarlas en el lugar que se merecen. Nunca antes.

La utopía de “las cosas se pueden cambiar” se construye a base de voluntades prácticas, de trabajo minucioso e imparable en la dirección justa, sin apelaciones a pueblos o a entes imaginarios, sino a valores que atienden a los inocentes, a los perdedores, a los que se lo merecen todo por habernos dado ejemplo de cordura y no violencia.

El recorrido que comienza estos días no tiene un final escrito. La esperanza es el combustible para el camino pero formando parte del motor podemos estar cualquiera de nosotros.

Que acerquen a los presos lo que les parezca oportuno no me parecerá tan mal si una de sus salidas obligada es a la Audiencia Nacional.

Vivimos un día especial.