Hay miedo a defender abiertamente y sin complejos la unidad de la nación y la españolidad.

EL sábado tuve la suerte de llegar a la retransmisión de la corrida del Pilar de Toros TV justo a tiempo para el quinto toro. Me perdí a Talavante, pero asistí a dos de esos momentos únicos del toreo, el arte deslumbrante de Morante y la valentía excepcional de Padilla. Cogido en el primero en la misma plaza donde perdió un ojo hace cinco años, toreó al sexto con esa naturaleza sobrehumana que le caracteriza y que me hizo pensar en el brutal contraste con la cobardía cotidiana de la vida política y social. Justo esa semana, por ejemplo, Adif había sucumbido a la presión nacionalista hasta llegar a la patética medida de retirar los carteles de la Feria del Pilar de sus estaciones en Cataluña. Sólo la denuncia de este periódico logró su rectificación entre lastimosas excusas.

Y no pido a los líderes políticos, empresariales e intelectuales la valentía de Padilla. Sólo una pequeña brizna bastaría para lograr grandes cambios en asuntos fundamentales. Ahora que la valentía ni siquiera es políticamente correcta, estigmatizada como peligrosa por el liderazgo timorato y vulgar que domina el discurso político e intelectual. Hasta la propia crisis socialista se explica en buena medida por esa ausencia de valentía. Sin un solo líder con el valor de arriesgarse a enfrentarse a la corriente radical que ha llegado a dominar al partido y a sus círculos mediáticos e intelectuales. Con todos los políticos relevantes agazapados, temerosos y callados, a la espera del momento seguro para salir al ruedo sin peligro alguno de la más leve cornada. Que, a este paso, será cuando el toro, el PSOE, esté muerto.

Pero, estos días, añoro sobre todo la valentía en otro asunto aún más importante que la supervivencia del PSOE, la unidad de la nación. Sí, con esas palabras, unidad de la nación, que hasta esa expresión temen usar los políticos e intelectuales miedosos que dominan nuestro país. Por eso no hay una respuesta eficaz al secesionismo catalán. Porque hay miedo, mucho miedo, en el otro lado, y apenas disposición para arriesgar. Si en un lado, en el independentismo, hay «ilusionismo», como definió muy bien hace unos días el líder de C’s Juan Carlos Girauta, promesas de futuros maravillosos e imposibles, en el otro lado no hay ni siquiera ilusión. Porque hay miedo a defender abiertamente y sin complejos la unidad de la nación y la españolidad. En una lamentable mediocridad general en la que triunfa ese discurso podemita de que la patria es la vida cotidiana de los ciudadanos y que critica la celebración del 12 de Octubre pero se apunta, por supuesto, a todas las patrias secesionistas.

Intelectuales, políticos, empresarios tienen miedo de provocar si defienden la patria española. Miedo de perder premios, o votos o ventas. Con esa percepción de que sólo la corrección política es segura y que ésa está más cerca del escapismo y de la ambigüedad que de la afirmación nacional. De que conviene más apuntarse a un Piqué, «derecho a decidir» e incomodidad con la bandera nacional, que a un Sergio Ramos, devoción por el himno y abrazo a la bandera nacional.

Y una sociedad necesita de líderes valientes para afrontar los grandes problemas. Que se arriesguen, que sean políticamente incorrectos, que sean diferentes. Tampoco pido que reciban el toro a portagayola como Padilla, bastaría con que tuvieran únicamente el valor de dar la vuelta al ruedo con la bandera nacional, como también hizo Padilla tras su sexto toro en una imagen para la Marca España que, me temo, no se atreverán a usar…