Conferencia pronunciada en la cuarta sesión del ciclo “El necesario fortalecimiento de España”

Dentro del ciclo, hoy, tanto a Jon Juaristi como a mí mismo, nos corresponde destacar la trascendencia y la urgencia de reforzar el valor de la verdad.

Cuando el pasado 8 de abril, el sábado previo a la Semana Santa, contemplaba la burda teatralización del desarme de ETA, confirmé el acierto del título de este acto.

Al cabo de los años, he constatado que la deformación de la verdad histórica de España, la proliferación de diversas “leyendas negras” en diferentes períodos, y nuestro silencio ante ellas, constituye una de las razones por las que la crisis “en” España es ya la crisis “de” España.

Pensé también que si desde la falsa historia la mentira nos había ocasionado un singular daño, quienes conocemos la verdadera por haberla vivido, no tenemos derecho a permanecer en silencio.

El 17 de enero de 2001, en una de mis últimas intervenciones como ministro del Interior, pronuncié una conferencia en la Real Academia de la Historia, presidida por don Gonzalo Anes. Finalicé con un decálogo de mentiras, de lugares comunes, referidos exclusivamente al movimiento nacionalista y a ETA.

Hoy no me voy a limitar al asunto nacionalista. Quiero extender el análisis de la mentira, a partir de lo ocurrido desde aquella fecha. Y quiero hacerlo desde una perspectiva personal.

Mi vida política se inició siendo yo muy joven, con 24 años, en la transición democrática y convencido de la necesidad de la misma. Les reconozco que no vacilé. Mi opción fue el partido político que realizó materialmente la Transición: la Unión de Centro Democrático, bajo el liderazgo de Adolfo Suárez.

La Transición, como toda obra humana, tuvo sus aciertos y también sus errores, pero fue esencialmente verdad. No fue una mentira.

Sin ser historiador, me atrevo a afirmar que el final jurídico de la Transición fue la aprobación de la Constitución Española, y el final político, en términos partidarios, fue la victoria del Partido Socialista en 1982.

Aquella victoria también fue expresión de una verdad: la Transición estaba terminada y eso llevó al socialismo español al Gobierno, también con aciertos y desaciertos, durante 14 años consecutivos.

Más tarde viví la refundación del Partido Popular con especial intensidad y proximidad. Refundación que tuvo en el liderazgo de Manuel Fraga y en la personalidad de Marcelino Oreja sus necesarios impulsores, en el congreso celebrado en 1989.

Aquel inicio de refundación, que en la práctica ejecutaría en los siguientes años José María Aznar, también fue expresión de una verdad.

Con sus limitaciones, la refundación del Partido Popular fue auténtica, fue verdad y no estuvo presidida por la mentira. Y permitió un proyecto alternativo de gobierno, 14 años después.

Durante todo este periodo -primero, de transición; después, socialista; y finalmente, del Partido Popular-, siempre estuve convencido de que los españoles, elección tras elección, acertaban.

Incluso en las elecciones de 1993, siempre afirme que los españoles habían acertado no llevándonos todavía al poder, porque el equipo de nuestro futuro Gobierno, en el que me incluía, necesitaba más tiempo de rodaje y de maduración.

Me atrevo a señalar que esos aciertos sucesivos de los españoles eran expresión de una verdad, en una dirección y en otra.

Señoras y señores,

Sin embargo, a partir de una determinada fecha, desde mi perspectiva personal, la prevalencia de la mentira sobre la verdad fue acrecentándose. Es el signo más preocupante que se detecta en el ámbito público.

La mentira, su prevalencia, nos deshumaniza, porque esa consecuencia está en su propia naturaleza.

Este predominio de la mentira es la causa más profunda del desprestigio del quehacer público, que hoy adquiere en las sociedades occidentales niveles insoportables.

En todas mis intervenciones afirmo que de la misma manera que la materia presenta tres estados -el sólido, el líquido y el gaseoso-, lo mismo sucede en la evolución de las sociedades.

En las últimas décadas, sobre todo en la más reciente, hemos aumentado el ritmo de evolución hacia sociedades cada vez más líquidas, alejadas creciente y aceleradamente de valores permanentes y sólidos, alejadas de la verdad incluso como aspiración.

Hemos ido destruyendo los principios pre-políticos y hemos dejado absolutamente todo al albur de la evolución de los estados de opinión.

El problema de las sociedades líquidas es que cada vez se hacen más líquidas, se aproximan a una sociedad gaseosa que tiende al suicidio más que a la revolución.

La sociedad líquida, como los fluidos, va socavando sus propios cimientos, sus principios y sus valores. El pensamiento débil arrasa, y lo políticamente correcto exige una policía del pensamiento -en una expresión acertada y literal de Fernando García de Cortázar-, para deslegitimar y marginar a los heterodoxos. Se relativiza todo o casi todo, y preferimos abandonar la verdad para abrazar la mentira. Dejamos de creer.

Me van a permitir, por ello, que, como testigo directo en unas ocasiones, y como observador privilegiado en otras, tal y como expuse en la Academia de la Historia hace 16 años, les presente hoy otro decálogo de mentiras, de un conjunto de lugares comunes que se ha ido imponiendo a partir del año 2000, fecha de la primera mayoría absoluta del Partido Popular.

Porque, en mi modesta experiencia personal, hay un momento en el que la mentira se acelera y por ello se va imponiendo, gradual, pero inexorablemente.

No es que haya periodos caracterizados sólo por la verdad y otras etapas caracterizadas sólo por la mentira. Pero hay momentos en los que la desproporción se agiganta y la intensidad de la mentira adquiere tal entidad que parece invadirlo todo.

El momento en el que arranca este decálogo se inicia, pues, en el año 2000.

Primera mentira: La mayoría absoluta del PP en el año 2000 transformó el partido y especialmente a su presidente

No es cierto. La verdad es que sucedió básicamente lo contrario: quien cambió tras la mayoría absoluta del Partido Popular fue la izquierda española.

La izquierda aceptaba que algún día la derecha, el centro-derecha, pudiese ganar las elecciones, hecho que se produjo en 1996.

Pero no aceptaba que eso ocurriera de manera reiterada y duradera, y que de esa mayoría relativa no se pasara de nuevo a un Gobierno de la izquierda sino a la mayoría absoluta del PP. Cambió su actitud, y decidió movilizar y radicalizar a los medios de comunicación y a los políticos afines.

La izquierda reproducía así el mismo comportamiento que tuvo con del gobierno de centro-derecha en la Segunda República, periodo que bautizó gratuitamente como el “bienio negro”, expresión que pretendía justificar la formación del Frente Popular.

La reacción frente al “Prestige” en las costas gallegas y la movilización por la guerra de Irak, fueron presagio y cultivo de lo que años después daría lugar al movimiento del 15-M, movimiento de los indignados en el año 2011.

Es la izquierda la que cambia. Impone su “vista a la izquierda” en el ámbito cultural, político y social. Aquellos acontecimientos jalonaron un proceso de creciente radicalización populista de sus bases, que fueron germen y embrión del movimiento político y social configurado finalmente en Podemos.

Segunda mentira: El atentado del 11-M de 2004 fue una acción islamista como cualquier otra

Sé que me adentro en un tema polémico, así que avanzaré con mucha prudencia para que nadie piense que digo lo que no quiero decir.

No aludo ahora a nada que no pueda ser conocido por cualquiera, pero eso es suficiente para afirmar que sobre los hechos conocidos, que están al alcance de cualquiera, se ha impuesto también la mentira.

Porque lo que no se puede decir seriamente es que aquel atentado no tuvo como principal objetivo cambiar el rumbo de España. Y tampoco se puede decir que ese rumbo no quedara desde entonces seriamente alterado. Lo cambió, y ¡vaya si lo cambió!

No lo digo hoy, aquel mismo verano del 2004, en la Universidad de Verano de El Escorial, subrayé que el objetivo y la razón de aquel atentado era inequívocamente cambiar el rumbo de España. Y por ello, nada tiene que ver con otros atentados yihadistas producidos en distintas ciudades europeas posteriormente.

Por supuesto que todos ellos tienen efectos políticos y sociales, no pretendo decir lo contrario. Lo que digo es que negar que el 11-M no sólo tuvo esos efectos en un grado máximo sino que fue concebido y consumado deliberadamente para tenerlos, constituye un ejercicio de ocultación de la verdad.

El resultado electoral fue nítidamente afectado por ese suceso y por el uso político y mediático que de él se hizo en los días siguientes, que pretendió y logró en buena medida, hacer pasar por falsario a quien decía la verdad y hacer pasar por defensores de la verdad a quienes la ignoraron y la ultrajaron sin el menor pudor y sin que hasta la fecha se haya producido rectificación o disculpa alguna al respecto.

Esa no es una cuestión que una sociedad pueda dar por cerrada sin más. Pero se ha arrojado una losa de silencio que nos obliga a convivir con la mentira en una cuestión trascendental en la historia reciente de España.

Tercera mentira (Continúo en orden cronológico): El Gobierno de Rodríguez Zapatero y ETA no abrieron una negociación, que culminó en un proyecto-tipo de resolución de conflictos, en consecuencia, en un falso proceso de paz.

ETA dejó de matar porque el Gobierno socialista, y su presidente, abrieron un proceso que no ha dejado de estar vivo y que ha vuelto a hacerse presente en un ridículo e irrelevante desarme de ETA.

El precio político del falso abandono de las armas por parte de ETA fue la puesta en marcha de un proceso en el que se blanquearía y se legitimaría el proyecto político de ruptura de ETA, y en el que la estrategia antiterrorista del gobierno del Partido Popular quedaría sepultada.

Lo importante era hacerlo y no decirlo. Había que trasladar la apariencia de que nada cambiaba, para poner en marcha no cualquier otra política antiterrorista sino la contraria, la opuesta.

Esta mentira exigía dos condiciones:

o En primer lugar, como acabo de señalar, no decir la verdad, esconder la verdad del proceso y la verdad de los mediadores internacionales.

o Y en segundo lugar, con la máxima celeridad, hacer creer que ETA, por un lado, y Bildu o Sortu, por otro, eran dos realidades enfrentadas, inventando una supuesta rebelión de unos frente a otros.

Otegi, era ahora el hombre de paz, capaz de rebelarse contra ETA, cuando la verdad, por el contrario, era que todo este proceso estaba liderado por la propia ETA.

Cuarta mentira: ETA está derrotada, y los españoles hemos derrotado a ETA.

Esta es una mentira consecuencia de la anterior.

ETA no sólo es una organización terrorista. ETA, por encima de cualquier otra consideración, es un proyecto de ruptura de España. Nació para destruir España, no para acabar con el franquismo, convencida de que el Partido Nacionalista Vasco sería siempre incapaz de llevar adelante un proyecto definitivo de ruptura.

Es verdad que gracias a una decidida acción política impulsada por el Partido Popular; gracias singularmente a la acción extraordinariamente eficaz de las Fuerzas de Seguridad del Estado; gracias a la acción de la Justicia; gracias a la movilización ejemplar de las víctimas y de las organizaciones constitucionalistas, ETA tuvo que cambiar de estrategia, tuvo que dejar la vanguardia del movimiento nacionalista.

Pero pactó, para ello, con todas las fuerzas políticas nacionalistas en Estella y en Perpiñán, y luego con el Gobierno de Rodríguez Zapatero.

Con los nacionalistas vascos y catalanes pactaba la ruptura como objetivo inmediato. Con Rodríguez Zapatero pactaba un nuevo escenario: una España radicalmente diferente en el ámbito político, social y territorial, una España –y disculpen la licencia- que “no la iba a conocer ni la madre que la parió”, en expresión anterior y bien conocida de Alfonso Guerra.

Pero, tal y como lo recuerda el último comunicado de ETA de hace unos días, este proceso, mal llamado de paz, se ponía en marcha desde la convicción en los miembros de la organización de que iba a ser un camino más útil para la fractura de España.

Una vez que ETA había dado un salto inédito en su historia, pactaba con Esquerra Republicana de Cataluña en Perpiñán un proyecto de ruptura como contrapartida de una tregua-trampa en Cataluña.

Por todo ello, la interpretación que hoy hacen algunos, basada en que la clave de lo que está pasando está en cómo se cuente, en el “relato”, no deja de ser un ridículo concurso de contadores de cuentos, cuando lo que realmente está sucediendo, se cuente como se cuente, es un proceso político destructivo para España.

Y en esas circunstancias, cualquier relato que pretenda hacer pasar por provechoso lo que en realidad es desastroso, será siempre una mentira. Por brillante y eficaz que sea, si pretende explicar por qué ETA ha sido derrotada aunque no lo esté, abunda en la mentira.

A fecha de hoy, lo que ha producido este proceso como contrapartida al crimen, es que se ha legitimado a ETA.

ETA se ha configurado como la alternativa política al PNV. Y, como consecuencia, la suma electoral de los partidos constitucionalistas en el País Vasco –PP y PSOE- queda hoy por debajo de la fuerza política de ETA. Si esto es ganar, quizás debamos reconsiderar nuestra idea de lo que es una victoria.

Es verdad que a día de hoy ETA no ha alcanzado el poder en la autonomía vasca. Pero es parte del poder en la Comunidad Navarra. Y es la alternativa real al PNV. Y mientras tanto, los partidos constitucionalistas desempeñan un papel secundario y auxiliador del partido gobernante en el País Vasco.

La derrota de ETA debe medirse siempre en términos de avance o retroceso de su proyecto político de ruptura frente a España, más que por el grado de operatividad de su organización criminal.

En España, hemos preferido abrazar la mentira de que habíamos derrotado a ETA, antes que aceptar la verdad de que ETA y el Gobierno de España negociaron y acordaron un proceso en el que Rodríguez Zapatero ofreció una España radicalmente transformada, en la que, antes que después, ETA, sin renunciar a ninguno de sus objetivos totalitarios ni cuestionarse seriamente su trayectoria criminal, alcanzaría de un modo u otro el poder.

La quinta mentira: El problema catalán discurre muy mal, pero el vasco por el contrario va en la buena dirección.

Esto es otro lugar común, otra falsedad, porque sólo hay “un movimiento nacionalista”, fruto casi siempre de los complejos de inferioridad del conjunto de los españoles. No hay un movimiento nacionalista catalán, con una determinada fuerza, y otro movimiento nacionalista vasco con otra intensidad.

Hay un solo movimiento, y lo que sucede es que la vanguardia y la retaguardia van cambiando.

ETA ha sido la tradicional vanguardia del movimiento nacionalista, pero cuando fue consciente de la debilidad de su posición por efecto de las buenas políticas y de la movilización social, decidió dejar de ser vanguardia.

Dentro del movimiento nacionalista se va produciendo lo mismo que sucede en un equipo de una carrera de relevos, que el testigo pasa de mano en mano.

ETA dejó el testigo en manos del Plan Ibarretxe, y cuando éste demostró el corto recorrido que tenía, el testigo pasó a manos de las instituciones gobernadas por el nacionalismo catalán.

“Juntos por el Sí” viene a ser la fórmula que encontró el nacionalismo catalán para recoger este testigo del conjunto del movimiento nacionalista. Eso sí, con el riesgo, que hoy se hace realidad, de extinguir las opciones menos extremistas y menos radicales, y de alimentar a las que lo son más.

Pero el nacionalismo, como conjunto, es esencialmente un único movimiento.

Por ello, hoy no nos enfrentamos a un sentimiento cultural, sino a un resentimiento político.

Esta es la razón por la que un grupo como Podemos, sin estructura, sin organización, sin liderazgo tanto en el País Vasco como en Cataluña, pero especializado en agitar, en canalizar y en explotar políticamente los resentimientos, puede ganar unas elecciones generales allí. Allí encuentra su clima político idóneo.

El movimiento nacionalista es un vehículo sin marcha atrás. Posee la velocidad que le da la inercia de la insatisfacción y del resentimiento. Y ha jalonado ya tres hitos muy importantes: primero, la obtención de poder a través de las autonomías; luego, el haber enunciado como irrenunciables el derecho a la autodeterminación y el derecho unilateral a la secesión; y finalmente, la preparación de un plan para la ruptura. No tiene marcha atrás. No puede retroceder por sí solo.

La única esperanza, hoy lejana, es que el conjunto de los españoles acertemos a poner en marcha de nuevo un proyecto político y un proceso social que puedan oponerle una resistencia suficiente.

Hablar de diálogo, con la ruptura como amenaza, es, una vez más, mentir. Porque, con quien sólo quiere romper, el diálogo es la expresión no sólo de una inutilidad sino de un error que se paga caro.

Señoras y señores, queridos amigos,

Estas cinco mentiras podrían ser la actualización de aquellas que presenté en el año 2001, centradas en el movimiento nacionalista y en los problemas singulares de España como nación.

Pero hoy es preciso abrir este listado para completarlo con lo que sucede en el conjunto de las sociedades occidentales, que proviene de la crisis de los valores que sufrimos, sin excepción, en todas las naciones. Así que podemos añadir las siguientes:

Sexta mentira: La crisis era y es económica, financiera y política.

No es la sexta mentira, en el fondo es la gran mentira, la madre de todas las mentiras. La crisis que venimos arrastrando no es estrictamente económica financiera o política, es de carácter moral, está dentro de nosotros mismos, está en la conciencia de las personas, en definitiva está en la persona.

En consecuencia la crisis no sólo no ha terminado, sino que por el contrario, se agrava cada día.

Esta crisis, asentada en la persona, nos sitúa en un nuevo escenario.

Lo que ayer y hoy, ha sido y es una moda dominante: el relativismo, el actual statu quo. Y, por otro lado, frente a él, la reacción, el extremismo, el populismo.

No estamos en el final. Utilizando un símil deportivo, estamos en el intermedio, en el descanso entre una primera parte dominada exclusivamente por el relativismo y una segunda parte determinada por la confrontación política y cultural que acabo de describir.

En el año 2016, el populismo ganó en Estados Unidos y en Gran Bretaña a través del Brexit.

En el año 2017, el escenario de confrontación entre estos dos actores que he descrito será esencialmente europeo.

Ha sido en las elecciones holandesas últimas, y será en las elecciones francesas que arrancaron anteayer, en las elecciones británicas, en las alemanas y posiblemente en las elecciones italianas. Y no se trata sólo de una confrontación electoral.

No me atrevo a predecir, ni mucho menos a profetizar, el desenlace de esta confrontación, inédita para nuestra generación, que se está produciendo en la sociedad occidental.

No lo hago porque resulta impredecible, porque la crisis hoy está fuera de control, porque seguimos sin comprender, y por ello sin diagnosticar, su autentica naturaleza.

Séptima Mentira: No existe un nuevo orden mundial, un statu quo.

A lo largo de esta década se ha ido acelerando el desarrollo de un Nuevo Orden Mundial, fruto de la socialización de la nada, resultado de una sociedad líquida, sin valores sólidos y permanentes.

Cuando hablo de Nuevo Orden Mundial no me refiero a una especie de camarilla de conspiradores reunidos en secreto para dar forma a su capricho a las nuevas relaciones mundiales.

Me refiero al orden cultural y social, me refiero a las preferencias políticas y de consumo, me refiero a los gustos y las aficiones, me refiero a las formas del civismo, a los medios y a las redes sociales.

Y me refiero a los valores predominantes, que lo son por un largo proceso de decantación secular que ha ido dando forma al mundo del siglo XXI. Es decir, que ha ido generando un orden nuevo y de alcance prácticamente mundial en todos esos aspectos de la vida pública y privada.

Es casi como una evolución del lenguaje moral en el que se comunica hoy la mayor parte de la humanidad, pero un lenguaje en el que decir algunas cosas resulta obligatorio y decir otras está prácticamente prohibido.

Su principal referencia, nuestra principal referencia, casi el único valor que hemos hecho absoluto, es el dinero, que es la máxima expresión del estado líquido al que me refería, que fluye de mano en mano sin anclajes sólidos.

¡Pero claro que se ha ido configurando un nuevo orden mundial!.

No tiene un comité ejecutivo, ni una dirección permanente, pero es una realidad viva que se hace presente crecientemente. Ayer fue singularmente evanescente, opaco, hoy cada día emerge con más claridad ante la sonora presencia de la reacción, del extremo opuesto.

En Holanda, el statu quo se ha transformado en coalición una vez resistido el desafío populista; en Francia, tras las elecciones de anteayer, la figura de Macron ha sustituido a los dos partidos políticos tradicionales, para enfrentarse al extremismo de Marine le Pen. Etc.

Octava Mentira: El nuevo orden mundial es inocuo para los valores cristianos.

No es verdad, los nuevos tiempos, ese nuevo orden mundial tiene una obsesión enfermiza, patológica para destruir los valores cristianos, en términos de civilización, y reemplazarlos por la nada.

Durante mucho tiempo hemos preferido obviar, esconder, ocultar el fenómeno del relativismo, que se ha hecho moda dominante, que se ha apoderado de la mayoría de los medios de comunicación. Hemos preferido esconder que este tipo de sociedad es la causa de lo que nos sucede.

Porque las consecuencias son el extremismo y el populismo, por un lado. Y también la exacerbación del islamismo, por otro.

Paradójicamente, el árbol de la nada produce el fruto del extremismo. El exceso de comodidad, de lo políticamente correcto, siempre concluye en el exceso de lo políticamente incorrecto.

No es suficiente condenar, con razón y con razones, estos riesgos que encierran el extremismo y el populismo. Es preciso rectificar, ser capaces de abordar la socialización de la nada que sufrimos.

No es suficiente escandalizarnos con Le Pen, Melenchon, Podemos, Trump, Wilder -esto es la reacción al relativismo-, sin abordar la causa profunda de lo que hoy sucede.

Tenemos que ser capaces de alejarnos de la nada, de un laicismo obsesivo; y sobre todo, tenemos que ser capaces de abandonar la actitud basada en la incomparecencia cultural de nuestras convicciones.

Novena mentira: El debate político es el de siempre, nada ha cambiado.

Afirmar esta mentira es lo más cómodo, es lo que probablemente más gustaría, pero no es verdad, es una mentira más.
Se prefiere pensar y decir que todo sigue igual, que hay un debate entre la izquierda y la derecha, entre los cristiano-demócratas y los social-demócratas, entre los liberales y los socialistas. Pero hoy el único debate que se produce es el protagonizado por el statu quo relativista, por un lado, y el extremismo o populismo, por otro.

Hoy no hay otro debate en cualquier país europeo, empezando por España.

El populismo estuvo a punto de gobernar España tras las elecciones generales, una vez que se pusieron las bases de un pseudo-Frente Popular populista que arrojaron los pactos municipales en el año 2015.

Esto es hoy la expresión española del debate que he descrito, con todos los riesgos que conlleva para un partido político, el Partido Socialista, y, en definitiva, para todos nosotros.

Este es el debate que hoy tenemos planteado.

Décima mentira: En este nuevo y único debate, lo más urgente es nuestro alineamiento, bien sea con el orden mundial o con el populismo.

No oculto mi total desconfianza hacia unos y hacia otros, porque en mi opinión ninguno es capaz de diagnosticar la auténtica naturaleza de la crisis que padecemos.

Hay muchos como yo que nos sentimos huérfanos, porque no queremos ser arrastrados ni por el nuevo orden mundial ni por el extremismo reactivo. Pero no podemos ni debemos estar en la equidistancia, en la mitad, entre los dos contendientes.

A lo que estamos obligados más que nunca es a ser capaces de ofrecer una visión diferente de la crisis total que padecemos.

Tenemos la obligación de ir a la raíz de lo que nos sucede, sabiendo diferenciar que a la hora de afrontar un problema no es lo mismo abrazar el extremo que buscar la raíz del mismo.

Lo más urgente es buscar la verdad, decir la verdad, sufrir por decir la verdad, si es necesario; probablemente desde la fortaleza de la soledad.

En una sociedad tan líquida como esta en la que vivimos, lo impensable, lo inesperado, lo inimaginable hasta hace muy pocas semanas, ha empezado a formar parte de lo cotidiano, del paisaje natural. Todos los meses, casi todas las semanas, muchos días sucede en el mundo, en Europa, en España algo inesperado que nos escandaliza.

No es casualidad, no son acontecimientos fortuitos.

Son propios de una decadencia, de una etapa terminal, de modo que la incertidumbre preside nuestro presente. Porque la crisis es moral, está en el corazón y en las conciencias de las personas.

La incertidumbre es de tal magnitud que intentar acuñar una nueva respuesta ante la pregunta de qué va a suceder mañana lleva como mucho a un prudente ¡ya se verá!

A modo de conclusión.

En definitiva, la gravedad del mal que sufren las sociedades líquidas radica en que la mentira fluye aceleradamente por ellas, cada vez más fácilmente, con menos resistencia.

Una mentira, lo sabemos, en nuestro ámbito personal, familiar o profesional, constituye un salto en el vacío, constituye un paso más hacia la evaporación de nuestra familia y de nuestra sociedad.

Pero además sabemos que una mentira exige otra mentira, por lo que un salto en el vacío requiere otro salto en el vacío, y luego otro más.

Una mentira no se agota en sí misma, exige una serie sucesiva de mentiras.

Recuerden, del listado de mentiras, cómo una se concatena con la siguiente. Una sociedad líquida, sin valores permanentes, va multiplicando los saltos en el vacío.

Ustedes, al final de esta charla, podrán preguntarse y preguntarme, por qué y para qué, si lo que les he dicho es verdad, si la mentira está tan instalada, les estoy planteando esta aproximación tan incómoda, tan ingrata que acabo de desarrollar. Algunos pensarán quizás que es una ponencia inoportuna.

Les aseguro que yo también me lo he preguntado. Pero creo que es una obligación, una cuestión de conciencia.

Creo que sólo con el mero repaso de la lista de mentiras que acabo de denunciar, podemos darnos cuenta de la facilidad con que la mentira circula en la sociedad española de hoy.

La mentira se utiliza, se propaga, es normalmente cómoda y sale barata, salvo para la conciencia. La verdad es desagradable, incomoda. La verdad es mejor no escucharla. Casi siempre, hoy, se despacha con la indiferencia, entra por un oído y sale por otro.

Ni siquiera genera polémica, no es ni siquiera provocativa.

Pero pese a todo, tenemos la obligación de entender que el necesario fortalecimiento de España pasa por trabajar y sufrir en la búsqueda y en el fortalecimiento de la verdad. Y después de entenderlo, hacerlo.