¿ Quién es el responsable del mayor número de muertes violentas acaecidas en el pasado siglo XX? Acaso la mayor parte de los lectores respondan a este interrogante con los nombres de Lenin, Stalin o Hitler. Desconocerán, casi con seguridad, el nombre de la persona que catapultó los acontecimientos que permitieron la llegada al poder de esos siniestros genocidas: Gavrilo Princip, el nacionalista serbio que asesinó al heredero del imperio austrohúngaro, el archiduque Francisco Fernando, el 28 de junio de 1914.

La desolación de Europa causada por la primera guerra mundial y sus secuelas, por un lado, y por otro la doctrina de Wilson para guiar la reconstrucción europea, el principio de la autodeterminación de los pueblos, dieron alas a los nacionalismos sectarios y agresivos, excluyentes y expansivos que precipitaron la explosión de 1939. Wilson pretendía con la aplicación de ese principio sustituir en Europa autocracia y monarquía por democracia y república, pero nunca hubo en Europa tan poca democracia como en la mayoría de las naciones que se crearon en el periodo de entreguerras, y lo que ciertamente se consiguió fue desencadenar la mayor guerra civil europea de todos los tiempos.

El propio secretario de Estado de Wilson, Robert Lansing, vislumbró claramente las desastrosas consecuencias que acarrearía este principio y dejó constancia de ello en su diario: «…La frase está cargada de dinamita. Hará albergar esperanzas que nunca podrán ser realizadas. Me temo que costará miles de vidas. Está condenada a desacreditarse, a ser el sueño de un idealista que no se da cuenta de los riesgos que entraña hasta que sea ya muy tarde para frenar a los que intenten llevar la doctrina hasta sus últimas consecuencias… ¡Qué desgracia de frase! ¡Qué miseria va a causar!…». Muchos ignoran que Wilson fue un supremacista blanco que vetó el acceso de los negros a la Universidad de Princeton cuando era presidente de la misma, alabó al KuKlux-Klan y limpió su gobierno federal de empleados negros. Quizá estas ideas tuvieran algo que ver con esa concepción wilsoniana de la sociedad ideal, «un pueblo, una nación, un estado».

Existen varios rasgos comunes que comparten los nacionalismos etnoculturales de ayer y de hoy. La base de éstos nacionalismos es la identificación de un imaginario pueblo de rasgos étnicos y culturales supuestamente homogéneos con un territorio y la reclamación de la plena soberanía para ese territorio si no la tuviera o, si la tuviera, la anexión o la reclamación de territorios de otros países en los que vive parte de ese pueblo. Este es un planteamiento lleno de peligros porque, en realidad, los territorios, cualquier territorio y de manera especial los que se encuentran dentro de un país de dilatada historia, albergan conjuntos de individuos que son la resultante de sucesivas oleadas de inmigración y emigración de gentes diversas, desde y hacia otras partes del país (o desde y hacia otros países). Esto es, no existe una nación entendida como un grupo etnocultural homogéneo que coincida con un trozo de territorio. Habrá siempre minorías o mayorías que no se sientan parte del pueblo mítico o de la imaginaria nación en distintas partes del territorio e incluso dentro de grupos humanos más reducidos vinculados por lazos laborales o de amistad o parentesco, sin excluir la misma familia.

Por eso, un rasgo común a todos los movimientos nacionalistas es la tensión social que ocasionan y la proliferación de campañas de persuasión y adoctrinamiento, de presiones de todo tipo para que la población no nacionalista se convierta o se marche del territorio. Es inherente al nacionalismo, por tanto, el ejercicio de la violencia civil contra una parte de sus conciudadanos, violencia que aunque no sea física puede ser igualmente dolorosa. El irredentismo, la utilización de la historia como una ballesta para que el pueblo vuelva a sentirse hoy la nación que real o imaginariamente fue ayer, el culto y propagación popular de una memoria histórica selectiva, embellecida o burdamente inventada (como en el caso en Cataluña) para oscurecer la dilatada y verdadera realidad histórica en la que se ha desenvuelto la vida en el territorio, es otro rasgo común de los nacionalismos etnoculturales. Una característica distintiva del nacionalismo catalán, además del grado superlativo de invención y manipulación histórica, es la inaudita capacidad de convencer a amplias capas de la población, y quizá también a ellos mismos, de la «verdad» de sus mentiras. Sin duda, los líderes nacionalistas catalanes conocen bien una de las reglas fundamentales del mundo orwelliano, «nos mentimos a nosotros mismos para ser más convincentes cuando mintamos a los demás». El hecho innegable es que partiendo de axiomas falsos (el expolio fiscal, la permanencia de una Cataluña independiente en la UE o en el euro, la persecución de la lengua catalana, el déficit de inversiones del Estado en Cataluña, la recentralización administrativa, el derecho a que ellos decidan y los demás no, etc.) y entremezclando sinrazones con sentimientos alcanzan clamorosos y pavorosos sinsentidos. Más grave es que la aplicación continua y sistemática de su pseudológica alienta el rechazo y la hostilidad, cuando no el odio, a sus paisanos no nacionalistas y al conjunto del país al que quieren dejar de pertenecer.

Desde una perspectiva histórica más dilatada, los nacionalismos etnoculturales son y han sido siempre una reacción contra la ilustración y el cosmopolitismo. Estos nacionalismos fueron ayer, y lo son hoy, intentos de anteponer los valores tribales o comunales a los del individuo. No son, ni han sido nunca, bases sólidas para construir el futuro de las sociedades sino fuente de obstáculos para rebotar hacia el pasado. Tienen siempre una raíz populista porque inflaman y se nutren de las inquietudes del individuo ante las exigencias y los cambios inevitables que ocasiona el progreso. Porque prometen el paraíso, la cura de todas las penurias económicas que pueda padecer la sociedad, a cambio del mero hecho de conseguir la independencia y lograr la plena soberanía.

El proceso civilizador, como lo denomina Norbert Elías, es la causa primordial de que la inmensa mayoría de los cinco mil grupos étnicos o culturales que hoy existen en el mundo no tengan Estado propio. Por ceñirnos a nuestro continente, según el historiador Quincy Wright, el número de unidades políticas independientes o soberanas en Europa en el siglo XV era de unas cinco mil, en su mayoría baronías y principados; en el siglo XVII, después de la guerra de los 30 años, de unas quinientas; en la época de Napoleón de doscientas y en 1953 de unos treinta. Aunque con la desintegración de la Unión Soviética y de Yugoslavia ha habido un ligero aumento desde entonces, la tendencia histórica es contundente. Es evidente que si el tren del progreso sigue avanzando, la próxima estación, por sinuoso que sea el camino y por mucho que tardemos en llegar y aun cuando alguna que otra nación puede quedarse perdida en el trayecto, es un país llamado Unión Europea.