PoR qué le damos tanta cancha? ¿A quién representa? Así se refería una exministra del Partido Popular a José Antonio Ortega Lara porque este había pedido, ante las cámaras de televisión, profundas reformas en España para evitar precisamente lo que está a punto de suceder: que los separatistas y otros enemigos del Estado aprovechen la pasividad, indolencia e irresponsabilidad de los gobernantes para consumar un golpe de Estado e intentar romper la unidad de España. ¿A quién representa Ortega Lara? ¿A quién representa ese hombre que fue enterrado en vida durante 532 días por la vanguardia terrorista del separatismo como rehén para extorsionar al Reino de España? Que salió de aquel infierno dando gracias a los gobernantes por no haber negociado ni cedido con sus captores. Que como cristiano perdonó al miserable del terrorista Bolinaga cuando este murió tras gozar años de libertad inmerecida. El que quiso dejarle morir de hambre y sed en el espanto de aquel agujero en Mondragón. Ortega Lara representa a una España cabal, proba, digna que aunque a veces no parezca, aún existe. Pese a tanto ruido, tanta ofensa, tanta mentira y ese rencor que todo lo devora. Desde que salió hace 20 años de la tumba que le prepararon y que habitó 18 meses, este hombre sereno con su permanente testimonio de generosidad, coraje y bondad, ha representado a todos los que nos hemos sentido representados y conmovidos por su sobrio y colosal ejemplo de humanidad. Por ser auténtico. Lo contrario al mequetrefismo político, al zeitgeist mezquino de oportunistas, maniobreros y ventajistas.

Habría que preguntar a quién representa la exministra como diputada intercambiable en las listas de su partido con cualquier otro peón. Todos esos soldaditos de partido que bregan y se humillan por lograr que el jefe los incluya en sus listas ante las elecciones solo representan unas siglas corporativas que apenas significan algo más allá de la conveniencia de los jefes. No sucede solo en el PP, pero allí en especial. Comenzó en 2008 con la ignominiosa purga de María San Gil. Cuando Mariano Rajoy dijo que «si alguien se quiere ir al partido liberal o conservador que se vaya». Nadie tuvo el valor de hacerlo. Nadie evitó que el PP se convirtiera en cortijo de quienes no creen en nada más que en sus cargos. La donostiarra se fue con coraje y dignidad bajo una infame campaña en contra de ella. Por eso es hoy, precisamente con Ortega Lara y muy pocos otros de otros partidos, de los escasos referentes de la integridad política en España. Frente a quienes solo saben decir que sí a sus jefes para llenar su ticket de obediencia que les permita repetir. No quieren líos. Y no tienen causas que defender. Respecto al terrorismo quieren dejar impunes los más de 300 asesinatos no resueltos. La mayoría ni siquiera investigados.

Para sobrevivir creen poder acomodarse a separatistas e izquierda en una precaria coexistencia en la que pretenden hacerse perdonar su procedencia. Todos amigos en el fango socialdemócrata. No funcionará. Porque está en marcha un proyecto totalitario que busca la destrucción de la Nación española. Y porque ni en el mejor de los casos saldrá España de su postración, depresión y zozobra sin mucho músculo moral y un ingente esfuerzo de integridad y compromiso colectivos. Que requieren inspiración y ejemplaridad. Frente al imperio de la mediocridad, la bajeza y el resentimiento, España necesita héroes, fuerza e ideas. Ortega Lara no es un político. Es un héroe civil que representa lo mejor de España, sus tantas veces despreciadas cualidades profundas y permanentes de integridad, bondad, modestia, aguante y honor. Y, a la espera de la política, también su esperanza.