«Cuánto más necesario sería hoy promover un mensaje de concordia: nunca más el odio entre españoles, nunca más una guerra fratricida»

«SUFRIR pasa, haber sufrido no pasa jamás». Me he acordado de la máxima de León Bloy a propósito de la iniciativa de los grupos municipales de Ahora Madrid y PSOE para erigir en Hortaleza un monumento a los represaliados del franquismo del antiguo pueblo madrileño.

Ante dicha propuesta, un ciudadano de Hortaleza, Jesús Municio Baena, formuló a Adrián Delgado en estas mismas páginas una muy digna petición para que el monumento incluya también a las víctimas de la represión desatada en 1936 en el pueblo con la pasividad, cuanto menos, cuando no la complicidad, de las autoridades republicanas de la localidad, constituidas en «comité revolucionario» después del golpe militar.

Tal fue el caso de su abuelo, Jesús Municio Pérez, agricultor de 43 años, presidente local de Acción Popular, detenido el 20 de noviembre de 1936 por denuncia de un concejal de la corporación, que acompañó hasta su domicilio a los sicarios que fueron a buscarle para asesinarlo días más tarde en Paracuellos. Su viuda quedó con cinco hijos en la calle, ya que además su casa fue requisada y saqueada.

La advertencia de Jesús Municio acerca de la violencia sufrida por su familia se extiende a otros casos, como el asesinato del pastor Eugenio Alfaro Romero, apodado «El Gibas», y del matrimonio de Daniel y Micaela Forcaz, sin olvidar la comunidad de religiosos paúles del convento que se levanta en el corazón del distrito. Seis de ellos fueron martirizados en julio de 1936 y uno más, el padre Bartolomé Gilabert, lo sería en noviembre tras ser descubierto por el chófer del comité revolucionario, quien, según su propia declaración, lo asesinó con otros dos sicarios en el camino de Vicálvaro por orden de los responsables del comité.

Pero lo que resulta más inaudito es que todo esto se realiza al modo orwelliano, con una proposición que rechaza «cualquier forma de imposición de unas ideas, mediante el uso de la violencia, la amenaza y el miedo». Declaración con la que estamos absolutamente de acuerdo, pero que no tiene ninguna validez si de forma sectaria se excluye de la misma a una parte de las víctimas.

Para evitar esta injusticia, y con un argumento democráticamente intachable, la concejal popular Inmaculada Sanz solicitó que el Comisionado de la Memoria Histórica emitiera un informe sobre lo ocurrido en el distrito durante la guerra y la posguerra, dado que es el órgano competente por decreto de la alcaldesa.

A la vez, movido por el interés que me despertó el caso de Jesús Municio, quise documentarme sobre lo ocurrido en Hortaleza, lo que dudo mucho que hicieran los autores de la iniciativa. En el Archivo del Tribunal Militar Territorial n.º 1 de Madrid consulté el sumario n.º 13.495, caja 592, nº 2, con el proceso de los vencedores franquistas contra los miembros de la corporación municipal de Hortaleza.

Con todas las cautelas más que razonables que suscitan los procedimientos sumarísimos de posguerra, en cuanto a falta de garantías procesales, lo cierto es que ahí están los muertos, las denuncias de las víctimas y las declaraciones, unas inculpatorias y otras absolutorias, firmadas por vecinos.

De resultas del proceso, varios miembros de la corporación fueron condenados a muerte y fusilados en 1939 bajo la acusación de haber sido integrantes de la «cheka» de la localidad y responsables de seis asesinatos, ocho detenciones ilegales (dos con resultado de muerte) y el saqueo de las iglesias y conventos del pueblo, quedando no obstante sin determinar la autoría de otros 135 asesinatos cometidos en el municipio entre julio de 1936 y febrero de 1937.

No se trata de señalar a nadie acerca de lo que sucedió en Hortaleza en aquellos años terribles, sino de buscar la verdad con afán de superación. Resultaría incomprensible que, a estas alturas, el Ayuntamiento levantara un monumento que incluyera a algunas personas señaladas por sus víctimas y sus vecinos como pistoleros de una de las más de trescientas «chekas» que actuaron con desprecio absoluto de la vida y la dignidad de miles de madrileños. Porque, homenajeados los integrantes de una «cheka», homenajeadas todas ellas.

Es cuestionable también que, junto con ellos, el monumento exalte el recuerdo de muchos republicanos de bien represaliados por el franquismo en Hortaleza. Sería como inaugurar una placa que homenajeara la bonhomía del socialista Julián Besteiro y a la vez exaltara la crueldad de García Atadell, el tristemente célebre jefe de la «Brigada del Amanecer».

Como afirmó el nieto de Jesús Municio Pérez, tamañas contradicciones nacen del propósito de arrancar páginas de la Historia para fabricar una versión donde la complejidad del enfrentamiento civil, incluso en un pequeño universo rural como era la Hortaleza de los años 30, quede reducida al cómodo maniqueísmo de «buenos» y «malos» y a su consecuente clasificación entre víctimas de primera y de segunda. Cuánto más necesario sería hoy promover un mensaje de concordia: nunca más el odio entre españoles, nunca más una guerra fratricida.