No tenemos miedo. Así decía el lema de la manifestación de Barcelona que quedó sepultada bajo un acto separatista y de insulto al Rey, al Gobierno y, lo que es más importante, a lo que ellos significan: toda España.Haríamos bien en tener miedo. No al riesgo, no a la ausencia de seguridad plena, que son elementos inseparables de la vida misma y que sólo el hedonismo reinante se ha encargado de hacer pensar a los votantes que algún partido o política concretos les hará eludirlo.No. Miedo a la locura. Miedo a ver cómo una manifestación que debería haber unido frente al terrorismo yihadista acaba convertida en una mofa burda y patética de todo lo que huele a España.Miedo a unos políticos regionales y locales que no han asumido ni una sola dimisión tras haber omitido mecanismos de protección de su población tan básicos como poner bolardos a tiempo o atender las alertas terroristas que llegaban de otras policías, países o mezquitas.Miedo a ver cómo la Generalitat no ha esperado ni una semana de luto para volver a dejar claro que su obsesión es la independencia, aunque para ello el propio presidente catalán Puigdemont haya tenido que avergonzar al país que le paga cada minuto de actividad de su administración quebrada saliendo, el día previo a la manifestación en el Financial Times, a afirmar que el gobierno «hace política» con la seguridad de los catalanes.Miedo a que ese mismo representante regional y la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, hayan confiado sin tapujos el control del orden de una manifestación antiterrorista a la Asamblea Nacional Catalana, motor del desafío separatista y principal artífice de la transformación de la Diada en un acto político de división de catalanes. Y de haberle dado ese poder, ambos, con el fin cobarde de que fuesen otros los que insultasen al Rey en vez de ellos mismos.

Debemos temer que las obsesiones políticas estén por encima de los ciudadanos.Miedo a que unos poderes públicos enloquecidos con la ruptura constitucional y de la unidad de España hayan sido capaces de manchar un acto que debería haberse centrado, como principal objetivo, en mostrar el apoyo y cariño a las víctimas y no a ninguna opción política patrocinada por los organizadores.Miedo a que la obscenidad de los preparativos de la manifestación haya expulsado a la presencia internacional de países que, pese a querer arropar a las víctimas y a toda España en la guerra contra el terror, tuvieron que optar por no acudir con sus representantes para no salir envueltos en banderas separatistas.Miedo a que unos mandatarios territoriales que deciden sobre la educación de nuestros hijos, nuestros impuestos, nuestros hospitales o sobre sistemas de inspección o de concesión de licencias, alberguen una radicalidad tan ciega que ha sido capaz de exhibir su exaltación ante el mundo entero, con tal de poder escupir al Rey y a España.Miedo a que un mando policial, Trapero, sea capaz de mostrar su parcialidad política sin temor alguno a la ley. Sea capaz de responsabilizar de algo a quien le ha pretendido ayudar, con tal de mostrar su afinidad al régimen. Y miedo no, pánico, a darnos cuenta, en definitiva, de que las obsesiones políticas de algunos están por encima de los ciudadanos. Y a que lo hacen sin freno.