No hay mayor error, al tratar la Historia, que juzgar el pasado con ojos del presente. Ni mayor vileza que tergiversar los hechos para desprestigiar a sus protagonistas y, sobre todo, a los valores que representan. Los defensores de Baler fueron siempre reconocidos como héroes. Tras capitular, sus sitiadores les permitieron llegar hasta Manila «no como prisioneros, sino como amigos», según el decreto de Emilio Aguinaldo, presidente de la incipiente república filipina. Añadía que los españoles «se habían hecho acreedores de la admiración del mundo por su valor, constancia y heroísmo con que defendieron su bandera». Los estadounidenses, enemigos de España tras la infamia del

Maine, vieron en la gesta un extraordinario ejemplo del cumplimiento del deber, hasta el punto de ordenar que el sencillo relato de los hechos escrito por el oficial al mando, el teniente Martín Cerezo, fuese leído en todas las academias militares.

La película, cargada de falsedades, se centra en difamar a los mandos profesionales que tomaron parte, al Ejército y el Gobierno de España, y se ocupa de denigrar el papel de los religiosos, que tanto hicieron por aliviar el sufrimiento. ¿Por qué emborronar así una página tan honrosa, destrozando a nuestros héroes? ¿A quién conviene esta perversa interpretación de los hechos?

En mi opinión, todo responde a cierto odio antiespañol que hoy se propaga incluso desde nuestras instituciones. Se reescribe la historia de España para denostarla. Se prescinde de la verdad histórica para transmitir una ideología determinada. Y con dinero público. Triste homenaje rinde hoy esta película a aquel puñado de españoles que resistieron heroicamente durante cerca de un año, al mando de un teniente, a quien, por cierto, fueron a buscar una mañana de 1936 pero, al hallarlo enfermo y postrado, aquellos «defensores de la lucha final» se llevaron a su hijo de diecisiete años para asesinarlo en Paracuellos. Pero esa es otra historia, aunque se trate del mismo odio.