“De las debilidades humanas, la obsesión es la más peligrosa, y la más tonta”. Woody Allen. Pero ¿aún se puede citar a Woddy Allen? Actrices y productores aseguran que no volverán a trabajar con él y algunos de los que lo hicieron se muestran arrepentidos. Que se sepa: Allen nunca fue absuelto de sus acusaciones de abuso a la hija que había adoptado Mia Farrow porque nunca hubo juicio. A pesar de larguísimas y reiteradas investigaciones a lo largo de los años, nunca se presentaron cargos ni pruebas sólidas. La persecución mediática ha conseguido convertirle irremediablemente en culpable.

El rapero Valtonic: “Que tengan miedo, joder. Que tengan miedo, que tengan miedo como un guardia civil en Euskadi”, “o que explote un bus del PP con nitroglicerina cargada”, “puta policía, puta monarquía”, “quiero transmitir a los españoles un mensaje de esperanza: ETA es una gran nación”, “tu bandera española está más bonita en llamas, igual que un puto patrol de la guardia cuando estallas”. Su genialidad literaria le ha costado tres años de cárcel. Revuelo mediático, para muchos, un atentado contra la libertad de expresión.

El tuitero que hizo un llamamiento a doblar la cifra de mujeres asesinadas en España ha sido condenado a dos años y medio de cárcel. Este no tiene quien le reivindique su libertad de creación.

Sin embargo se ha defendido mucho al artista Santiago Sierra (Arco 2018) por unas “obras” (rostros semitapados) en cuyo pie de foto se describe la persecución de una serie de españoles que en la actualidad cumplen condena por actos políticos: golpistas buenos (no como lo fueron Tejero o Armada), abogados de etarras, activistas filoetarras, agresores de guardias civiles, “antifascistas”,…

Inflamados defensores de la expresión libre de los artistas hablan de nueva censura aunque el coste de la polémica en Arco no existe ni para el autor ni para su obra. Ninguna autoridad fáctica las ha quitado para quemarlas, por el contrario, se las han comprado a un precio con el que ni sueñan la mayoría de los artistas y además serán expuestas de manera, no solo libre, sino continuada, aprovechando el tirón de la polémica. ¿Es censura que un galerista no quiera exponer determinadas obras en el espacio de su propiedad? De hecho, ese es su trabajo, decidir exponer esto sí y aquello no. “No se me expone porque soy un transgresor” dicen algunos. Nada más goloso para el ego de muchos artistas que lograr la consideración de maldito. Existe un malditismo de salón, tradicionalmente aceptado por el público en general, que bien interpretado resulta clave en el mercadeo de las cotizaciones de los artistas. ¿Oportunismo?

A la vista de todo esto ¿qué podemos decir acerca de la falta del uso de la libertad de expresión que el miedo, no solo al terrorismo, causó en España y en Euskadi en particular? ¿Cuál ha sido el estado de la libertad de expresión en la España que convivió con el terrorismo?

Es evidente que las protestas por la falta de libertad de expresión cuando implican peligro o coste real retraen. ¿Cuántos artistas estarían dispuestos a reconocer que no tomaron postura al respecto?

Ahora que se nos dirige la atención a los, por ejemplo, micromachismos, a los que hemos conocido los macroabusos llevados al extremo de la eliminación física (en nuestro siglo, en nuestra tierra), ante la mirada expectante de tantos (artistas y no artistas) nos cuesta entender cómo fue posible tanta ausencia de mentes revoltosas, tanta precariedad de malditos, de denunciadores radicales, de artistas activistas contra la más radical de las censuras: el asesinato por discrepancia política.

¿Por qué las actitudes de cuantos no denunciaron situaciones de acoso mortal no ha pasado la factura correspondiente ni ha creado aún el debate en torno a la libertad en la sociedad vasca? Y no fue solo el miedo sino la cobertura ambigua que le prestó el nacionalismo la que coartó la libertad en la vida pública y artística vasca, pero también en la española en general. Claro que hubo artistas que, en poca compañía, hicieron uso de esa libertad ganándose con sus protestas la calificación de fachas y su inmediata marginación, convirtiéndose además en poco menos que los auténticos culpables de la situación.

Mientras, las instituciones democráticas autonómicas o locales filtraban ideológicamente que sí y qué no patrocinar o subvencionar, favoreciendo las corrientes próximas a lo políticamente correcto: lo nacionalista. ¿Censura?

Cuando la libertad de expresión no es ejercida en su momento contra la vulneración del más relevante de los derechos humanos, como es el de la defensa de la vida ¿en qué nivel se sitúa la ciudadanía consecuente?

¿Por qué en una democracia como la nuestra surge el fantasma de la censura oficial a la vez que verdaderos censores voluntarios? ¿Es el aburrimiento en las democracias consolidadas el que provoca la búsqueda de causas oportunistas que sin coste alguno pueden servir incluso como promoción personal? ¿Cuál es el estado de esa misma libertad en lugares de España en los que el nacionalismo gobierna tradicionalmente?

Para los auténticos e inquietos militantes de la causa de la libertad de expresión y sin ir muy lejos: defiendan el castellano en Cataluña frente a esas “mayorías” bienintencionadas de lazos amarillos, proclamen la memoria de las víctimas del terrorismo en Euskadi, peléense contra la maquinaria institucional que defiende el blanqueamiento de un terrorismo nacionalista que asesinó durante 50 años, incluso a periodistas, y verán con qué se encuentran.