Nunca una guerra contra el fanatismo se ha ganado con palabrería hueca.

Subrayo el apellido «islamista» del acto de barbarie perpetrado en Barcelona y Cambrils porque algunos medios ponen tanto empeño en silenciar la filiación de los terroristas que, con tal de no parecer «islamófobos», acaban llamando «asesina» a la furgoneta. No. Las furgonetas no atropellan a peatones inermes por voluntad propia. Los matarifes que el jueves segaron quince vidas inocentes al grito de «¡Alá es grande!» integraban las filas del islamismo combatiente que nos ha declarado la guerra. No una guerra convencional al uso, sino una conflagración sucia, rastrera, traicionera, cobarde, que pone en el punto de mira a civiles indefensos y vuelve contra nosotros los valores de libertad, tolerancia y pluralismo que tardamos siglos en construir. Eran (alguno todavía es) sicarios de ese gran conglomerado fanático empecinado en imponernos su credo, convertido en ley brutal, por la «razón» de la fuerza. Eran (alguno todavía es, puesto que no parece tener intención alguna de inmolarse) terroristas islamistas o islámicos. No musulmanes de bien, como los que sufren en distintas partes del mundo el embate de esas bestias, sino islamistas. Conviene entender la diferencia y tenerla bien presente a la hora de plantarles cara, si es que tal pretensión existe, cosa hoy por hoy dudosa. Dicho lo cual, paso a exponer dos lecciones que extraigo yo de esta masacre:
Primera, que la sociedad civil, así como los hombres y mujeres que nutren la base de los Cuerpos y Fuerzas de Seguridad, valen bastante más que nuestros representantes electos. La rápida y eficaz actuación policial en las horas dramáticas del atentado, impecable en términos operativos, evitó que el derramamiento de sangre fuese aún mayor. (Cosa distinta es la prevención mediante, por ejemplo, bolardos, dependiente de otras instancias incluidas en el apartado de «electos»). El comportamiento de la ciudadanía puede calificarse sin exageración de ejemplar, con muestras de coraje y solidaridad conmovedoras. Y mientras tanto ¿qué hacían los señores políticos a quienes pagamos el sueldo? El presidente Puigdemont y sus adláteres, acaparar protagonismo y arrimar el ascua de esa matanza atroz a su obsesión soberanista, con gestos tan abyectos como el de diferenciar entre víctimas catalanas y víctimas españolas. El presidente Rajoy y sus ministros, nada. Nada más que callar durante horas (siete, en el caso del jefe del Gobierno) a fin de no incomodar a los separatistas, colocarse a la sombra de la administración autonómica, cosa inaudita en la Unión Europea, y dejar pasar los días sin otra respuesta a Daesh, firmante del ataque, que los consabidos lamentos y llamamientos a la unidad. ¿Unidad para qué? ¿Para llorar juntos? ¡Qué envidia he sentido de los vecinos franceses, de las reacciones de sus líderes y de su capacidad para tomar represalias militares contra ese califato del terror que nos tiene en su punto de mira en lugar de limitarse a tragar!

La segunda lección es que, salvo milagro, tenemos la guerra perdida. La tenemos perdida porque nos faltan convicción, determinación, valentía y firmeza para ganarla. Porque nunca una guerra contra el fanatismo de cualquier naturaleza se ha ganado con palabrería hueca, comprensión para el enemigo o medidas de apaciguamiento. Porque ni siquiera nos atrevemos a llamar a las cosas por su nombre e identificar sin ambajes el monstruo al que nos enfrentamos. Porque pesan más los complejos, el buenismo, el miedo al qué dirán ciertas televisiones o simplemente la pereza que la necesidad de tomar decisiones desagradables indispensables para ganar. Por ejemplo, cerrar de inmediato todas las mezquitas en las que se predica el radicalismo. Casi un centenar solo en Cataluña. Nadie lo hará.