Mi amigo checo estaba entusiasmado: “Barcelona es una ciudad fantástica. Gracias por insistirnos en visitarla”. Pero su mujer tenía una duda: “dice Eva que ¿cuántos suicidios hay en Barcelona?. Como vemos algunas personas con lazos amarillos en el pecho… Ya sabes, significan prevención de suicidio”.

 Así es: el lazo amarillo ha sido, es y será una señal que su portador es solidario contra el suicidio, el cáncer infantil y el cáncer de sarcoma.

Y solidario con los que tienen síndrome de Down. Normalmente, el portador se lo hace él mismo, con una cinta de color amarillo que dobla con lazo y sujeta con un imperdible.

 Pero en Barcelona no era esto. El lazo no suele ser de cinta de tela, sino metálico y fabricado en serie, además de excesivamente grandote.

Y no es de solidaridad, sino una expresión supremacista contra el Estado de Derecho. Como consecuencia de conductas presuntamente delictivas, unas personas están privadas, con todas las garantías, de libertad.

Y ante esta situación, se protesta por la aplicación de la ley contra un intento de golpe de Estado.

 Y manifiestan esta protesta, como preocupación de apóstoles por su rebaño (¿todo?), los obispos parece de una Iglesia Aldeana, no parecen obispos de la Iglesia Católica, es decir, Universal.
 Un lazo de solidaridad como señal de antisolidaridad

Alguien, equivocadamente eligió el lazo de la solidaridad pero como señal de la antisolidaridad, y escogió un color que representa, fuera del nordeste de España, luchas y apoyos más que respetables.

Un lazo que se luce o no según el momento y el lugar.

Sí en Barcelona, no en el Tribunal Supremo, por ejemplo. Y no por ciudadanos normales, sino por personas que olvidan quienes son.

El Colegio de Abogados de Barcelona celebra un acto solemne y emotivo, de homenaje a quienes llevan 50 años ejerciendo la profesión.

El Presidente del Parlamento catalán acude invitado, y con un más que ostensible lazo metálico, grandote, en su solapa. Alguien lo califica de “Presidente demediado” como el personaje de Italo Calvino.

 Si el artículo 55,1 del Estatuto de Autonomía dice que “el Parlamento representa al pueblo de Cataluña”, y el 39,1 de su Reglamento “el Presidente del Parlamento ostenta la representación de la cámara”, resulta sorprendente que el representante del órgano de representación del pueblo de Cataluña, llamativamente quiera ser el representante de menos de la mitad de la población catalana.

No compareció el Sr. Torrent como representante de la gente, como ahora se dice, catalana, sino sola y exclusivamente de “su” gente, de los supremacistas.

Sorprendente su adorno en la solapa, pero abracadabrante el discurso del “Presidente demediado”.

Por supuesto ejerció su libertad de expresión, pero de forma descortés con los organizadores y los asistentes a la solemne celebración.

Y en la casa de los abogados, faltó groseramente al respeto a la ley, con graves afirmaciones anti Estado de Derecho e insultantes para los profesionales del Derecho.

Parecía como si un Alcalde/sa celebrando la jubilación de unos bomberos, les acusara de prender los fuegos y no respeta las reglas de seguridad. (Perdón, pero visto lo visto, espero que nadie considere esto como una idea a seguir).

El color amarillo es señal de mala suerte en muchos ámbitos y desde antiguo.

Así, en la Edad Media, el amarillo indicaba la peste. En el mundo del espectáculo, desde que Molière murió vestido de amarillo representando “El enfermo imaginario”, el amarillo es un color que nadie viste ni se adorna con nada amarillo. Un torero jamás vestirá de amarillo. Etcétera.

Parece que esta mala suerte del amarillo está afectando a los supremacistas, en clara y evidente disminución. No solamente  por el maleficio, sino porque la población ha visto y oído que todo ha sido un engaño, una mentira.

Un engaño bien caro, en el que los millones de euros, (de dinero público, de todos), malgastados, han ido a parar a los bolsillos de los aprovechados de siempre. Parece que ya no siguen yendo.

España y los españoles, por supuesto quieren a Cataluña, su gente y su idioma, todos unidos en este gran Reino.

Un mínimo pero expresivo ejemplo: en un vagón de la línea 6 del Metro madrileño, los viajeros leen a Josep Pla en catalán en una pegatina junto a una puerta.

Esta es la realidad.

Desde el respeto al Estado de  Derecho, todo. Fuera de él, la aplicación de la ley para quien la vulnere.

Por el bien de todos.