Para declarar que está muerta, ETA nos está demostrando que puede revivir. El final de la organización terrorista se ha convertido en un serial planificado al milímetro, estirado mediáticamente durante tres semanas, aplaudido por autocoronados mediadores internacionales y publicitado con un vídeo que apunta a spot publicitario. De lo único que nos hemos librado es de que la traca final, el acto de Cambo, se celebre en suelo español, quizá porque la última vez que los mediadores nos visitaron para actuar de palmeros de terroristas acabaron declarando en la Audiencia Nacional tras una denuncia de Covite.

Aquel episodio fue el primero de una serie de actos de fines blanqueantes en los últimos años. Todo comenzó en 2011, cuando decidieron que dejar de matar era más rentable que seguir matando, que apoltronarse en las instituciones que antes habían querido dinamitar era más cómodo que echarse al monte. Desde entonces hemos asistido a los intentos de los también autodenominados «artesanos de la paz» de destruir las armas de ETA en Luhuso, un acto sólo paralizado porque fueron descubiertos por la policía francesa troqueladora en mano; al desarme de Bayona, desacreditado de nuevo por la policía francesa y, estos días, a un comunicado en el que algunos han querido ver buenismo por incluir la palabra «perdón», pero que es un texto de justificación con una disculpa selectiva a las víctimas, para ellos, colaterales y que deja fuera al 60% de sus muertos.

Ayer intelectuales y una treintena de víctimas presentamos en San Sebastián el manifiesto «ETA quiere poner el contador a cero». Allí, como hermana de Gregorio Ordónez y presidenta de Covite, dije que este final de ETA no es el que queríamos, ni el que merecíamos. El Gobierno puede insistir en que ETA está derrotada, pero no puede negar que está siendo directora y protagonista del circo de su disolución. En un final digno, el único vídeo deseable es el de los terroristas detenidos. Sin embargo, en el que veremos está Josu Ternera, a quien, dicen, las Fuerzas de Seguridad llevan años buscando y, sin embargo, se ha movido a sus anchas por Europa hasta recalar en el set de rodaje para el adiós de la banda.

A lo que los terroristas no hacen referencia es a las otras vidas marcadas por su obra criminal: 853 asesinados, 2.597 heridos, cerca de 2.000 huérfanos, 10.000 extorsionados, más de 100.000 exiliados forzosos… Por el daño que causaron a todas estas personas, la única frase decente que podrían pronunciar empieza y acaba por un «nunca tendríamos que haber existido». Y aún no ha salido de sus bocas. Hasta que no la pronuncien, ETA seguirá inmersa en la última de sus mil vidas.