Aguerridos catalanes no nacionalistas pisan el terreno sagrado de las playas nacionales catalanas para impedir que permanezca en ellas un nuevo símbolo (también sagrado) que propaga la gran mentira de su loca carrera intimidatoria: una cruz amarilla reivindicando la inocencia de sus presos golpistas.

“Los mayores aglutinantes de una comunidad política y social son los símbolos”, dice el profesor vasco José Luis de la Granja. Se suscitan muchas preguntas relativas al tan cacareado final de ETA observando la simbología que permanece inmutable a los históricos y trascendentales cambios de época que se nos han anunciado.

Y entran muchas dudas acerca de que, si de verdad hemos sido capaces de vencer al terrorismo, por qué no somos capaces de hacer lo mismo con las expresiones públicas que lo han venido acompañando.

Esta nueva etapa que algunos creen que ha empezado tras el aparatoso y teatral acta de defunción de ETA no ha enterrado sus símbolos. Ninguno. Paseen por el pueblo que prefieran de mi Comunidad Autónoma Vasca y levanten la mirada por la fachada de los edificios. Observarán un salpicado de ventanas y balcones adornados con una tela blanca con un dibujo que visto de lejos a lo mejor no llama su atención y no les hace sospechar sobre su significado. Acérquense lo suficiente y chocarán con una reivindicación a favor de presos terroristas de la extinta ETA. “Ah, la banderita de los presos”. Puede que concluyan diciendo “bueno, no hay tantas”. ¿Pocas? ¿cuántas serían “muchas”? ¿no sería suficiente con que hubiera una sola? Imagino que en Francia habrá ciudadanos simpatizantes con los detenidos por los atentados terroristas de los últimos años en su país ¿alguien se los puede imaginar expresando esa simpatía mediante la colocación de un símbolo visible en la fachada de una vivienda? Que alguien me diga que no es lo mismo.

¿No debería ser (al menos) una vergüenza, llevada acaso en la intimidad, el seguir apoyando a los autores del crimen organizado de una banda terrorista?

La reivindicación pública de la adhesión a ETA y a sus actos no desaparece de mi tierra porque cada uno de los que coloca esta banderita en el exterior de su vivienda sabe perfectamente que no le va a pasar nada. No habrá un comentario incómodo en su escalera, ni de sus vecinos del barrio, ni el ayuntamiento le escribirá una carta, la policía autónoma no llamará a su puerta ¿por qué, si es libre expresión? ¿y si alguien reivindicara al GRAPO de la misma manera? ¿O al Batallón Vasco-español? “No tiene nada que ver” se me dirá. Y las razones del por qué no es lo mismo nos helará la sangre.

Sin embargo, uno saldrá de casa preparado para la pelea o el enfrentamiento verbal si coloca en un lugar tan visible la bandera nacional (española).

También hay ayuntamientos que apartando precisamente la bandera constitucional han hecho un hueco para esta sabanita reivindicativa. “A favor de los presos terroristas”. Que mal suena en los labios de una persona decente.

Los únicos patriotismos auténticos son los de los nacionalismos periféricos. Las únicas reivindicaciones descabelladas y sobre todo, las más graves que se permiten tienen que ver con los delirios nacionalistas.

Supongo que si cosas de este estilo no desaparecen es porque se permiten legalmente y/o no molestan lo suficiente

En Euskadi no ha habido ningún enfrentamiento ciudadano por esta exhibición de símbolos exactamente proetarras. No hay ciudadanos “quitando estas cruces amarillas” en las paredes ni reproches a estos vecinos orgullosos de su reivindicación. Ahora que se comprueba que el precio del riesgo asumido por los ciudadanos que participaron en los movimientos cívicos es desaparecer del mapa del pasado ¿quién va a tomarse la molestia de asumir una protesta contra este tipo de “cruces amarillas” que agreden nuestra vista? ¿Es muy ilusorio esperar el necesario relevo, la aparición de ese coraje ciudadano que lleva a elegir la dignidad por encima de la comodidad?

Mientras tanto, no dejo de sentir un punto de humillación al pasear por las limpias y reconstruidas ciudades vascas y tener que distraer la mirada hacia esos balcones que me revelan que la cultura de permisividad con lo terrorista se instaló entre nosotros para no marchar.

Pero les hemos ganado, se nos dice.

¿Relato? ¿quién quita las cruces vascas?