Al principio impactan, hasta duelen físicamente, pero las crónicas, las fotografías y los videos que muestran atentados terroristas acaban perdiendo su poder. No dejan de interesarnos, pero sí dejan de provocarnos emociones profundas. El horror, si es frecuente, razonablemente lejano y no nos amenaza a nosotros ni a nuestros allegados, se transforma en rutina. Este fenómeno de desconexión afecta especialmente a quienes nos dedicamos al estudio de la violencia, que a veces parecemos analistas fríos e impasibles. Así, al asistir hace unas semanas a una mesa redonda en la que participaban tres víctimas del terrorismo, sobre cuyos atentados ya había leído, tenía el convencimiento de que mi coraza profesional impediría que su testimonio me afectara. Me equivocaba. La narración de Pedro Mari Baglietto acerca de la vida y la muerte de su hermano Ramón atravesó mis defensas. Cuando calló su voz, yo tenía un nudo en la garganta. No era el único: toda la sala guardaba un silencio absoluto.

Conviene recordar su historia. El 21 de septiembre de 1962 Ramón Baglietto estaba delante de su tienda de muebles en Azkoitia cuando vio pasar a una mujer con sus dos hijos: uno en brazos, de once meses, y otro de la mano, de dos años. A este niño se le escapó la pelota con la que estaba jugando, por lo que salió corriendo detrás de ella. Tuvo tan mala fortuna que se puso en medio de la trayectoria de un imparable camión pesado. La madre se lanzó sobre él para intentar protegerlo, pero, cuando cruzaba a su lado, Ramón consiguió arrancarle de los brazos al pequeño. La madre y el hijo mayor murieron atropellados. El menor se salvó. Se llamaba Kandido Azpiazu.

El 12 de mayo de 1980 el automóvil de Ramón Baglietto, militante de UCD, fue ametrallado por un comando de ETA militar cerca de Elgoibar. El vehículo se salió de la carretera y se estrelló contra un árbol. Ramón, aunque malherido, seguía con vida. El etarra encargado de darle el tiro de gracia fue Kandido Azpiazu. No tardó en ser detenido. En 1981 la Audiencia Nacional le condenó a 49 años de prisión, pero fue excarcelado en 1995. Una década después Azpiazu compró la cristalería situada en los bajos del edificio en el que vivía Pilar Elías, la viuda de Ramón Baglietto, que tuvo que soportar su presencia, sumando una nueva victimización a las que ya había padecido.

Antes, en 2001, el periodista alemán Erwin Koch había conseguido que Azpiazu le concediera una entrevista. Entre otras cosas le preguntó cómo había sido capaz de matar a Ramón, el hombre que le había salvado cuando era un niño. Azpiazu se defendió alegando que él no era un asesino: había actuado “por necesidad histórica”. Añadió: “por responsabilidad ante el pueblo vasco, que es magnífico, que tiene una magnífica cultura, que habla una de las lenguas más antiguas de Europa, que nunca fue vencido por los romanos, ni por los visigodos, ni por los árabes. Un pueblo muy distinto al de los españoles” (El País, 14-8-2001).

Uno no nace terrorista. Se hace. Mata porque decide matar. Ahora bien, hay una serie de factores que favorecen esa elección. La voluntad de los etarras fue la chispa que provocó el incendio, pero este hubiera sido imposible si antes alguien no hubiese rociado todo de combustible. Como ha reconocido el exetarra arrepentido Iñaki Rekarte, “el odio era la gasolina que me había hecho vivir durante muchos años”. Tanto a Azpiazu como a él les habían enseñado que entre “invadidos” vascos e “invasores” españoles existía un secular “conflicto” étnico que solo podía terminar con la eliminación física del “enemigo”: la nobleza del fin justificaba la bajeza de los medios. Como otros muchos jóvenes, habían sido adoctrinados en el odio por medio de la tergiversación de la historia. Como escribió Martín Alonso, “está fuera de duda la existencia de un hilo de continuidad que lleva retrospectivamente desde los perpetradores materiales del acto final hasta los orígenes discursivos identificables en la obra de intelectuales de renombre”. En el nacionalismo radical existe una larga lista de propagandistas que se encargaron de crear y divulgar la narrativa del “conflicto vasco”, animando a los jóvenes a matar. Hoy, apoyados por una potente industria cultural, siguen haciendo lo propio, aunque su objetivo sea otro: justificar los crímenes de ETA a posteriori.

Si bien la propaganda ultranacionalista es el caldo de cultivo propicio para la aparición de la violencia, una voz legítima y creíble como la de Pedro Mari produce el efecto contrario: inmuniza contra el fanatismo a las nuevas generaciones. El relato de la experiencia de las víctimas del terrorismo es una vacuna para que en el futuro no suframos las consecuencias de un nuevo brote de violencia. Sin embargo, según los datos del Deustobarómetro de este verano, solo un 51,6% de los vascos estaban de acuerdo con que “los testimonios de las víctimas en las escuelas ayudan a deslegitimar el terrorismo entre los más jóvenes”. El último Deustobarómetro, recién publicado, indica que el 66,3% de la población cree que es “normal y saludable” pasar “la página del pasado de violencia y conflicto político”. ¿Sin haberla leído? ¿Sin haber aprendido nada? Tal vez no sean los estudiantes los únicos que necesitan escuchar la voz de Pedro Mari Baglietto.

Gaizka Fernández Soldevilla

PS: El libro de Pedro Mari Baglietto, en el que se dan bastantes más detalles, está descatalogado, pero puede descargarse de la página de la FVT: