Tanto tiempo hace que España tolera lo intolerable y pretende que nada que se haga y diga en su ofensa y oprobio tiene importancia que habrán sido muchos los españoles que hayan visto el dantesco esperpento del parlamento catalán como un mero espectáculo político más. Pero para otros muchos españoles la verbena de bajeza e iniquidad de ayer, retransmitida por todas las televisiones públicas y privadas con asepsia cuando no simpatía, ha supuesto uno de los peores insultos sufridos en la vida. Ha sido la confirmación irrebatible de que se ha llegado al límite de lo que se quiere y puede tolerar. Y ni las amenazas de unos ni la cobardía de otros van a arrastrar a esos españoles a considerar jamás aceptable ni asumible lo que se hizo ayer, se hace ahora y se pretende hacer por parte del separatismo en Barcelona. Por eso la reacción de muchos ante las infames escenas de ayer ha sido la reafirmación de su creciente convicción de que ha llegado la hora de acabar con el separatismo como opción política. Emulando así a todos nuestros aliados y vecinos. Somos los únicos que aceptamos en el sistema a las fuerzas nacidas para destruirlo. Es una extravagancia que, ahora se ha demostrado, tampoco nosotros nos podemos permitir.

Con esa convicción se han movilizado millones de españoles en las pasadas semanas en la expresión más completa, espontánea y libre de la nación en muchas décadas. Ahora se trata de que esa nación española que se ha puesto en marcha adquiera forma de expresión política. Y de imponer a los principales partidos políticos esta máxima prioridad de una agenda nacional que la sociedad ha asumido ya ante el vendaval de agresiones, humillaciones y ofensas siempre sin respuesta y sin defensa para los agredidos. Ahora se trata de articular políticamente a los españoles en Cataluña como en Andalucía, en Extremadura como en Galicia y en Castilla como en el País Vasco o Madrid. Pese a tantos años de desidia y miseria moral en las cesiones de soberanía a los nacionalismos, hay masa crítica en España para hacer un país mejor con mejor gobierno, mejor administración, mejores jueces, mejores empresarios y sobre todo mejores personas que no se dejen engañar y estén dispuestos a decir la verdad.

Si los partidos no logran sofocarlos como pretenden, estos nuevos vientos de conciencia española pueden cuajar en un movimiento que haga de España ese país con Nación y con Estado -no administración hinchada, Estado-. Y que garantice que nadie pone sus sucias manos sobre su soberanía, integridad y unidad. Para eso hacen falta muchas reformas. Ya habrá tiempo para que el separatismo compruebe que toda su fiesta de ayer fue en balde. La patulea de 70 cobardes, que no son capaces ni de dar su nombre en la votación de lo que pretenden es la creación de esa patética farsa del nuevo estado, no hacen ni deshacen España.

No preocupa el enemigo cuya bajeza y cobardía quedó ayer bien demostrada. Preocupan “los nuestros” que a veces son difíciles de reconocer. Preocupa sobre todo la falta de interés por imponerse por parte del Gobierno. La que se volvió a ver ayer cuando Mariano Rajoy vino a decir que 155 deprisa y corriendo y en siete semanas elecciones para pasarle el mochuelo a quien sea. A quien sea que será, en caso de que se presente, previsiblemente un separatismo unificado. Hoy se le puede exigir al Gobierno de un país del Primer Mundo que se imponga a un grupo de facinerosos por cuantiosa que sea su clientela e intenso que sea el fanatismo de sus seguidores. Se le puede exigir que se imponga porque es la única forma de defender a los españoles amenazados por los separatistas. Y evitar que la enfermedad que arrasa en la sociedad catalana se contagie a unos puntos de la geografía española. Defender a sus ciudadanos de unos peligros tan inmediatos y graves es la primera obligación de un gobierno. Es difícil por ello de soportar esa jactancia oficial permanente que pretende que todo está y estuvo bajo su control. Porque en todos estos pasados años ha sido mentira. Porque en las últimas semanas el Rey ha desmentido dos veces a este gobierno y dejado claro con la fuerza de la verdad incontestable que este gobierno no ha controlado nada en Cataluña. Es absurdo pretender que el gobierno controlaba la situación porque si hubiera sido así es que habríamos llegado a esta situación por voluntad de Rajoy. Y eso no es así.

Ahora dice Rajoy que va aplicar unas cuantas medidas contra unas cuantas personas y convoca a unas elecciones autonómicas en Cataluña para dentro de siete semanas. Todo ello sin intervenir los grandes medios de manipulación y agresión del régimen separatista como es TV3 y su entramado de organizaciones, medios y publicaciones. Se lanza a la aplicación del artículo 155 como si le quemara ese instrumento legal más a él que a los enemigos del Estado. Da la impresión una vez más de que este Gobierno no quiere ganar. De que lo único que desea es dar garantías a los nacionalistas de que van a sobrevivir a este terremoto patriótico en España. Y de que van a frustrarse todos los esfuerzos y sueños de quienes ven en la reacción a la agresión separatista a la unidad nacional las bases de una nueva España que supere complejos debilidades y corrupción de los pasados cuatro décadas. Existe no solo la oportunidad de impedir que destruyan España. Estamos en la gran ocasión de fortalecerla, como reza el lema usado por la Fundación Villacisneros para una célebre serie de conferencias en Madrid que han abarrotado inmensas salas, existe. Quienes no tengan otra ambición que volver al punto de partida de esta crisis y esperar a una nueva agresión separatista en un año o dos, esos deberían irse.