Hoy clausura la Fundación Mapfre la preciosa exposición de Ignacio de Zuloaga con algunos de sus cuadros «más españoles». Algún amigo suyo dijo del pintor eibarrés que era más profundamente español que Velázquez. Como lo era Darío de Regoyos, pintor asturiano del tiempo de Zuloaga. Mi favorita entre sus obras es «Toros en Pasajes». Muestra la aldea guipuzcoana de Pasajes de San Juan vista desde el alto al otro lado de la ría. En la plaza del pueblo, una corrida de toros reúne a una gran multitud. Pequeñas embarcaciones se mecen en unas aguas tranquilas en un día sonriente. Y todos los balcones de la plaza engalanada lucen orgullosos la bandera rojigualda. Regoyos lo pintó en 1898. Habrá quien crea que fue bajo presiones de Franco. Nunca servirá para un cartel de las fiestas en el siglo XXI. Porque revela el profundo apego del pueblo vasco entonces hacia la bandera española en un Pasajes en el que no existía la ikurriña. Además, Pasajes ya no existe. Hoy es Pasai. Como Villarreal de Alava, fundada por Alfonso XI, que hoy oficialmente no existe y se llama, agárrense, Legutio. Que es como pasar de ser excelentísimo a que te llamen pichi.

La guerra contra la toponimia española comenzó muy pronto en la democracia. Viví mi juventud entre carteles con los nombres históricos tachados con pintura en los pueblos. Así se abrió la ofensiva de la hispanofobia que nos ha traído a la guerra contra España del separatismo catalán. Los nacionalismos asumieron la lengua como su principal arma contra España. La izquierda se unió a ellos contra la idea nacional de España que identificaron, en terrible y trágico error histórico, con el régimen de Franco. La derecha, con su mala conciencia y cobardía proverbial, no se atrevió a hacerles frente para no ser acusada de franquista. Así llegamos a la indignidad y postración de la lengua común, perseguida impunemente en muchas regiones. Ante la estupefacción de cualquier visitante extranjero, no solo de los 500 millones de hispanohablantes. Leyes de vergüenza aprobadas en las Cortes españolas obligan a usar en documentos españoles los nombres no españoles de ciudades españolas. Ahí están esos carteles ridículos de Girona o Lleida o A Coruña. El BOE publica grotescos nombres inventados solo para hacer olvidar los auténticos nombres españoles.

Pero 2017 ha traído conciencia. Sabemos a dónde lleva el cobarde abandono. Sabemos que la enmienda es necesaria. Porque ellos quieren erradicar lengua, toponimia y hasta las lápidas, para negar a nuevas generaciones la propia existencia allí de España. Ha llegado el momento de la reconquista de España para la lengua española. Ya hay varias iniciativas a las que que unirse. Con acciones legales, protestas puntuales, exigencias particulares en administración, comercios, empresas e instituciones. Los españoles tenemos que poder volver a vivir, trabajar y estudiar en español en todos los rincones de España. Es un soberbio objetivo patriótico. Es más que lógico. Nos va la vida de España en ello.