En su ensayo sobre la Historia, Sebastián Haffner niega que sea una ciencia y la incluye más bien entre las Artes. Lo que no me atrevo a calificar de elogio o defecto. Puede que participe de ambos. Que no es una ciencia exacta, como las Matemáticas o la Física, basta ver las contradicciones que se dan en ella, con casos tan hilarantes como los cambios de personajes y situaciones en cada nueva edición de la Enciclopedia Soviética. Aunque no solo en ella. Prácticamente, cada historia de un país, época o personaje, es distinta. El considerado historiador más prestigioso, Ranke, la definió como «la descripción de los hechos tal como ocurrieron». Hoy daría risa. Incluso los testigos presenciales, por no hablar de los protagonistas, dan versiones distintas de cada hecho, sin proponérselo ni afán de engañar, simplemente, llevados por su ideología o circunstancias. El mejor ejemplo es la Transición, sometida a un macabro proceso desmitificador. Y no digamos la Guerra Civil. Los miles de libros escritos sobre ella más confunden que clarifican «lo que realmente ocurrió» y la «comisión de la verdad» que el gobierno desea crear es puesta en entredicho por historiadores de todo tipo, a no ser que Sánchez busque la posverdad, más conocida por el engaño. ¿Estamos ante una tarea imposible?

Pues tampoco. Tal vez con la Historia haya que hacer como con los periódicos: leer por lo menos dos de tendencias opuestas. O, mejor, leer muchos, contrastando datos para hacernos una idea de lo ocurrido. Con lo que nos acercamos a la idea de Haffner de situar la Historia entre las artes. No se trata, dice, de volcar sobre el lector un fichero de datos sin orden ni concierto, sino de elegir aquellos clave en cada situación, o sea, de una labor de selección, como el artista elige colores y rasgos relevantes de una realidad, para ofrecernos su esencia. «La Historia se escribe principalmente a base de omisiones», advierte, lo que parecerá infame a los historiadores. Pero si quieren hacer arte, tendrán que aceptarlo. ¿Qué es una estatua? Todo lo que sobra a un bloque de mármol. Haffner, jurista de profesión, dedicó su vida a la Historia, refugiado en Inglaterra del terror nazi, fue fiel a lo que predicaba: sus biografías de Hitler y Churchill son las más breves que se hayan escrito, pero las que con más fidelidad los muestran. Lo mismo ocurre con sus ensayos sobre el siglo XX.

No sé lo que pensaría sobre el XXI, pues murió antes de que comenzara, aunque vislumbró algunos de sus acontecimientos: la revolución sexual, el fracaso de la descolonización y su consiguiente desorden mundial, la ciencia como nueva religión, las convulsiones tanto en el capitalismo como en el socialismo, el rebrotar de los nacionalismos, aunque ahí cometió su mayor error al considerar que hay un nacionalismo bueno y otro malo; progresivo, liberador el uno, cerrado, agresivo el otro, cuando ambos se alimentan del supremacismo y la beligerancia hacia los demás. Ello le impidió prever fenómenos como la migración masiva, el cuarteamiento de los bloques Este-Oeste, NorteSur, e incluso el de naciones, que son los grandes problemas actuales. Pero, en general, su método de trabajo es sano: ir a lo fundamental, omitir lo secundario y pensar que todo tiene una causa que lo explique aunque no lo justifique, pues buena parte de lo que ocurre es miserable, debido a la débil naturaleza humana, aunque haga también cosas admirables. De ahí que su palabra favorita sea jedoch: con todo, sin embargo.

Perteneciente a la «generación perdida» alemana, aquella que floreció en la República de Weimar y se hundió con ella. Unos emigraron, los Mann entre ellos, otros se quedaron y tuvieron que sufrir la pesadilla del Tercer Reich, así como su hundimiento. «Modernistas» todos ellos, surgidos de una derrota, el pesimismo es su característica, como podía esperarse del tiempo que les tocó vivir. Pero se aprende más de las derrotas que de las victorias, y compararía el Grupo del 47, al que pertenecieron Böll y Grass, dos premios Nobel, a nuestra Generación del 98 (incluyendo las del 14 y 27), llamada la Edad de Plata de la Literatura española, como ésta alemana respecto a la de Schiller y Goethe, también dependiente de la Corte de Weimar. Haffner pertenecía a ella y en muchos aspectos me recuerda a Ortega, especialmente en su pasión por la Historia, y en su estilo: corto, diáfano, lapidario. Parece que escribe en un idioma latino, no en alemán. Aunque eso pudo venirle de su larga estancia en Inglaterra, que se prolongó hasta 1954, donde colaboró asiduamente en aquella prensa. También coinciden en el descontento con sus respectivos países, en su afán de ponerlos en sintonía con Europa, en vez de contra ella.

Volviendo a la teoría de Haffner de la Historia como Arte, le veo, a estas alturas, un inconveniente grande y otro mayor. ¿Qué es Arte hoy? Prácticamente, puede ser cualquier cosa, incluidos los objetos encontrados en la calle. Con la que la labor de seleccionar lo trascendente y eliminar lo accesorio desaparece, hasta el punto de prestarse sólo atención a lo trivial, a lo pasajero, a la última moda. Y eso, más que escribir Historia, es destruirla. Aunque no es nada si lo comparamos con el segundo inconveniente: desligarla de la ciencia. Ya sabemos que no puede ser exacta, pero si queremos que sea «verdadera Historia», tendremos que procurar que se aproxime lo más posible a la ciencia. ¿Cómo? Apoyándose en datos, cifras, fechas, testimonios y resultados. Sólo sobre la economía, la enseñanza, la salud pública, el PIB y el número de patentes, podrá escribirse una auténtica Historia. Todo lo que no sea eso será literatura o algo peor: política. De la peor clase: revancha.

La Historia sigue siendo la «maestra de la vida», según Cicerón, y aquel pueblo que no la aprenda está condenado a repetir sus errores, no como comedia, según Marx, sino como tragedia. El mayor de todos los errores es juzgar el pasado con criterios del presente, cuando los pueblos avanzan como los ríos, sorteando los obstáculos que encuentran a su paso lo mejor que pueden, rodeando montañas, precipitándose en desniveles. Creer que todo era como es hoy conduce a la confusión y catástrofe. De ahí el error de la Memoria Histórica. Se trata de dos conceptos antagónicos: la memoria es individual, personalísima, intransferible. Mientras la Historia es colectiva, con los pueblos como protagonistas. Es verdad que, a veces, una persona decide el destino de un país, pero si no tiene al pueblo detrás, no lo conseguirá. Claro que ese «geniecillo irónico que, según Hegel, mueve los hilos de la Historia» la siembra de paradojas o coexistencia ilógica de cosas opuestas. Como ejemplo, Haffner pone a Hitler: de haber muerto en 1937, hubiera sido considerado uno de los grandes líderes alemanes. Siguió vivo y ha pasado como el que llevó a su país a la miseria, la ruina y el oprobio. Claro que Hitler era austriaco, «La venganza de Königgräfz» le llaman algunos alemanes, refiriéndose a su victoria sobre los austriacos en 1866. Olvidando que, sin su apoyo, Hitler no hubiese pasado del cabo que era al acabar la Primera Guerra Mundial. A menudo, hay que hacer las cosas mal para hacerlas bien. Y, con todo, no siempre se consigue.