Si tuviera que destacar algo de lo sucedido en España durante los últimos cuarenta años no dudaría ni un instante en señalar a la alimaña ETA. Aunque viviera cien años más nunca podría olvidar lo peor que ha tenido España, la ETA. No podemos ni debemos perder la memoria ante semejante tragedia porque además de desangrar a España, la vergonzosa actualidad muestra cómo han conseguido sus objetivos después de asesinar a cerca de mil inocentes. Siguen en escena haciendo tanto daño al recuerdo como el que hicieron apretando el gatillo o colocando la bomba. ¡Canallas! Ellos y quienes han consentido con su criminal permisividad mantener su espíritu desde las instituciones ofendiendo cada día a las víctimas que somos todos. No tiene futuro una nación que permite que quien ha sido una feroz alimaña asesina, o quien lo ha apoyado ideológicamente, ocupe un lugar de representación democrática. No es justicia, ni se habla en nombre de ella cuando se negocia, se juzga según el momento político, o se amaña una situación como si esa situación fuese ir de caza, pero para cazar solo en momento de veda. Pónganle ustedes el nombre. Por ejemplo faisán.

Hoy los sucesores ideológicos de la ETA nos trasladan continuamente el vómito de sus comunicados, la amenaza y la extorsión. No les tengo miedo, pero sigo temiéndoles. Temo que ahí sigan y pretendan gobernar abusando de la democracia. Es una maldad consentida, la peor de todas las burlas. Consentida. Produce verdadero temor y terror. No son aves de paso. Vinieron, asesinaron y se quedaron. Ahí están. Consentidos. Cerca del cincuenta por ciento de los asesinatos cometidos por la ETA están sin esclarecer y los asesinos sin condena. ¿De quién es la responsabilidad? ¿Se han hecho todos los esfuerzos posibles para encontrar a los asesinos? Es escalofriante y muy ilustrativo leer lo que este mes de agosto publica el periodista Pablo Romero en El Español con el título de Mi lucha contra ETA. Pablo Romero es hijo del teniente coronel Juan Romero Álvarez del Ejército del Aire asesinado por ETA el 21 de junio de 1993 en la Glorieta López de Hoyos de Madrid, junto al teniente coronel del Ejército de Tierra Javier Baró Díaz de Figueroa; el teniente coronel del Ejército del Aire José Alberto Carretero Sogel; el sargento primero de la Armada José Manuel Calvo Alonso; el teniente coronel del Ejército de Tierra Fidel Dávila Garijo, mi primo hermano; el capitán de fragata de la Armada Domingo Olivo Esparza; el funcionario civil del Ministerio de Defensa Pedro Robles López, que conducía el vehículo. Pablo Romero ha querido saber y fruto de sus investigaciones son las crónicas que nos narra. Repito: escalofrinate y esclarecedor.

Nadie ha tenido el valor de hacer una ley de memoria que recuerde cada día aquello y esto. Lo que fueron y lo que siguen siendo. Sin consentirlo. Parece que la ley está hecha para todo lo contrario. Ya lo dijo alguno de una escala superior de la justicia: que se disuelva su recuerdo en el tiempo. Pues en justicia no parece eso lo más adecuado. Parece que la justicia de los hombres los sitúa en primera línea de esta España que no hace más que resquebrajarse por culpa de una lista de consentidos y consentidores cuyos nombres y apellidos rellenan los medios a diario. Eso no es justicia.

Nadie ha confeccionado la lista de verdugos y cómplices, esta última interminable.

Pasa el tiempo y al dolor se suma la indignación. Solo acabaremos con el terrorismo cuando acabemos con la ideología que lo sustenta. Y esa sigue ahí queriendo presentarse como un demócrata ejemplar. Esto solo ocurre en España. Se empiezan a iluminar los rincones donde se protegía la traición. ¿No era la justicia la constante y permanente voluntad de darle a cada quien lo que le corresponde?

No queremos compasión de nadie. No necesitamos más cariño que aquel que se convierte en obras. Respeto. Un día nos refugiamos en una ley, una ley que hiciera justicia; ahora nos traiciona.

Nos quedamos con las palabras del Rey con la esperanza de que algún día se cumplan:

‹‹Frente al terror y el fanatismo solo hay una respuesta posible; la fuerza implacable ejercida en libertad en el marco del Estado de Derecho, y del respeto a la dignidad y a los derechos de todas las personas››.

Si miramos a las candidaturas en el país Vasco veremos que esto no se cumple. Se celebra, no todos los partidos, que la Junta electoral no permita que un miembro de ETA aspire a ser nombrado presidente de la autonomía vasca. ¡Hasta ahí podíamos llegar! No habría que haber llegado a esto. Es una ofensa e ignominia el simple hecho de dar pie a que esto suceda. ¿Esa es la ley? Pues va siendo hora de cambiarla y evitar lo que con ella llevamos sufrido. Con la ETA es peligroso jugar a la democracia.