Se cumplen cuarenta años de la inauguración, en Logan Square, Filadelfia, de la estatua en bronce de Diego María de Gardoqui (Bilbao, 1735-Turín, 1798), del escultor Luis Sanguino, que el Rey Don Juan Carlos I regaló a la hermosa ciudad estadounidense para conmemorar el bicentenario de la Declaración de Independencia norteamericana. Fue un gesto de afecto hacia la ciudad en la que se fraguó la Constitución de los Estados Unidos, y un reconocimiento público de quien tanto contribuyó a la independencia de las trece colonias y fue el primer embajador de España en los Estados Unidos. Entre los pliegues de la estatua de Gardoqui, en Filadelfia, palpita una historia vinculada a su villa nativa, que acabará en un leal servicio de la Corona española.

Cuando se declaró la Independencia norteamericana, Diego María de Gardoqui y Arriquibar ya había alcanzado la más alta magistratura del consulado de Bilbao, institución nacida por concesión de la Reina Juana de Castilla, el 22 de junio de 1511. En aquel tiempo, las naves construidas en Bilbao, mandadas por maestres de la villa, y con tripulación vizcaína, surcaban la ría en busca de la mar. Eran de las mejores de Europa. Transcurridos los años, las ordenanzas del consulado, aprobadas y confirmadas por Felipe V, en 1737, vendrán a ser el primer código de comercio del mundo, extendiendo su normativa a diecinueve naciones hispanoamericanas, tras su emancipación.

El bronce estatuario de Gardoqui puede llegar a estremecerse ante la indecisión diplomática del gobierno de Carlos III frente a la insurgencia norteamericana, fluctuando entre el apoyo a pecho descubierto, lo que suponía romper con Inglaterra, o hacerlo disimuladamente, política esta que prevaleció, llevando al marqués de Grimaldi a establecer contacto con un comerciante bilbaíno, inmejorablemente conectado con numerosos puertos europeos, y con los de Boston, Salem y Beverly, en América del Norte, y que hablaba inglés con la misma fluidez que el castellano. Desde ese momento, Gardoqui será interlocutor oficioso entre la Corona y los enviados norteamericanos llegados a Francia y España en busca de ayuda para su causa. Y fue así como Gardoqui llevó en sus barcos, y en otros adquiridos en Holanda, cañones, fusiles, pólvora, tiendas de campaña y miles de mantas de Palencia y Béjar para los combatientes contra el Ejército británico. Gracias, en buena medida, a estos suministros iniciales, los norteamericanos alcanzaron un triunfo memorable en la célebre batalla de Saratoga (septiembre-octubre de 1777), determinante de la intervención francesa al año siguiente, y de la española en 1779, esta vez, sin disimulos.

En estas primeras ayudas españolas, Gardoqui, como banquero intermediario de la Corona, puso a disposición de los norteamericanos 120.000 reales de a ocho, en monedas de plata, que recibieron el nombre de «spanish dollars», que dieron cobertura inicial a la deuda pública estadounidense e inspiraron su moneda actual.

La estatua de Gardoqui en Filadelfia da testimonio de una fulgurante carrera diplomática, iniciada en 1783 con el nombramiento de cónsul y agente general en Londres, para culminar al año siguiente al ser designado encargado de negocios ante el Congreso Continental de los Estados Unidos, estableciendo la legación española en Nueva York. Desde allí, en una correspondencia de inestimable valor histórico y diplomático, precisa, sagaz, y premonitoria, da cuenta a Floridablanca del proceso constituyente norteamericano, de las tensiones sobre la configuración del federalismo y sobre la estructura de un poder ejecutivo fuerte, a cuyo frente –no le cabía la menor duda– habría de situarse George Washington.

Si la estatua de Gardoqui pudiera hablar nos diría cómo fue distinguido por el primer presidente de los Estados Unidos, hasta el punto de reservarle un lugar de honor en su toma de posesión; de su amistad con él y con John Adams, Arthur Lee y Benjamin Franklin. Nos diría, también, que su gestión diplomática le resultó especialmente difícil, a causa de la torpe intransigencia de Floridablanca en materias tan delicadas como la libertad de navegación por el Misisipi; el tratado preliminar de paz, promovido por Jay, a espaldas de Francia y España, y los límites fronterizos, que no se correspondían con los territorios que Bernardo de Gálvez había conquistado para España, todo lo cual acabó deteriorando la relación de nuestro país con los Estados Unidos de América.

La estatua de Diego María de Gardoqui, en Filadelfia, representa una reivindicación cabal de la memoria histórica verdadera, tan alejada de esa otra que autoriza a abrir zanjas y a desbautizar calles y plazas, una memoria bien representativa del espíritu civil, liberal y urbano de Bilbao, tan distinto del rural y reaccionario que aún colea. Desgraciadamente, don Diego María de Gardoqui no tiene, en Bilbao, ni una triste calle.