Hubo un tiempo en que Europa fue identificada con La Cristiandad. Y había sobradas razones para ello, puesto que nuestro continente ha ido desarrollando a lo largo de siglos una cultura de inspiración esencialmente cristiana, bien es cierto que acompañada de la filosofía griega, el derecho romano y otros fenómenos culturales modernos cuyo análisis no es objeto de estas líneas y para cuyo desarrollo me limitaré a dejar establecida la relación esencial existente entre la cultura europea y la religión cristiana.

Es evidente que los principios y valores que la identifican como la vida y la dignidad de la persona, la fortaleza del matrimonio y la familia, la educación entendida como formación integral, el equilibrio entre obligaciones y derechos de las personas, la democracia como régimen político y la justicia social inserta en el sistema económico, entre otros, lo avalan sobradamente y no creemos que esta idea fundamental pueda ponerse en cuestión.

Y fué esta cultura la que hizo de Europa un modelo para el mundo entero, cuyo prestigio era reconocido aun por quienes no aceptaban las creencias religiosas que le daban origen. No puedo menos de recordar un libro de Oriana Fallaci, aquella famosa periodista italiana, uno de cuyos apartados se titulaba “Yo soy atea cristiana” y venía a reconocer en él que, aun no creyendo en los postulados del cristianismo, la organización de la sociedad inspirada en ellos era sin duda superior a las demás. Tampoco creo necesario evocar acontecimientos y fenómenos de todo orden para establecer la conclusión de que las raíces cristianas de su cultura han contribuido decisivamente a que Europa sea lo que es y al respeto que siempre ha inspirado como lo demuestra la civilización del continente americano.

Pero no es menos cierto que esta estrecha relación ha venido despertando múltiples recelos en pensadores o políticos que no querían aceptarla, pues no siendo creyentes buscaban la forma de separar la organización de la sociedad de creencias religiosas. Sin embargo, creo que nunca ha sufrido un ataque como en el momento actual, en el que se viene desarrollando una corriente cuyo objetivo no es ni más ni menos que destruir las raíces cristianas de la cultura europea hasta convertir nuestro continente en un páramo ideológico a merced de intereses inconfesables.

Si en otros continentes se asesina al año a miles de cristianos por la única razón de serlo o se destruyen otras tantas Iglesias con el fin de impedir la práctica del culto, en Europa se matan al año un millón de niños inocentes por vía de aborto, se banalizan el matrimonio y la familia, se suprime el hecho religioso de la enseñanza, se eliminan símbolos cristianos y se margina la cultura cristiana de la política y de los medios de comunicación, llegándose a extremos tan ridículos como la sustitución de los términos padres y madre en los Registros civiles españoles por los de progenitor A y progenitor B.

Es por ello por lo que puede decirse que nuestra vieja Europa se está deslizando de La Cristiandad a la cristianofobia y se da la coincidencia, más bien consecuencia, con un proceso decadente que la resquebraja en su interior y disminuye su influencia en el exterior. Es claro que la renuncia o el abandono de las propias raíces conduce a la descomposición.

Es muy difícil situar e identificar el origen y el impulso de este proceso, pero sí es evidente que está dando lugar a la destrucción de un modelo cultural de una forma lo suficientemente sibilina y edulcorada como para que muchas personas se estén dejando arrastrar sin ser plenamente conscientes de lo que está ocurriendo y de lo que se está haciendo con ellas.

Creo yo que estamos asistiendo a una profundísima batalla cultural que tiene como objeto la destrucción de la cultura cristiana para sustituirla por corrientes ideológicas que sintetizo bajo la denominación de relativismo, que niegan la existencia de verdades, principios y valores de carácter permanente que constituyen el soporte histórico de nuestra forma de ser en la vida, para convertirlo todo en relativo y sujeto a la conveniencia de cada uno.

El aborto niega el derecho a la vida de seres humanos, la ideología de género destruye el matrimonio y la familia, la natalidad y educación están en crisis, los nuevos derechos no son más que supresión de obligaciones, la desaparición del valor de la verdad nos lleva al imperio de la mentira, los populismos amenazan la democracia política y la deshumanización de la economía tiene como consecuencia inevitable la injusticia social.

A modo de síntesis, podríamos decir que nos encontramos ante una potente batalla cultural que el relativismo ha planteado al cristianismo.

Dicho esto, quienes seguimos creyendo en la fortaleza de nuestra vieja cultura hemos de ser conscientes de que la pasividad ante el avance de las tesis relativistas conduce inexorablemente a la derrota, por lo que se hace cada vez más urgente una estrategia de resistencia al mal que nos están inoculando y de defensa de nuestros principios y valores. La dimensión del desarrollo de este proceso augura grandes dificultades y exige no menos grandes dosis de convicción y determinación.

Difícilmente podemos esperar algo de los dirigentes políticos europeos que, arrastrados casi todos ellos por la moda dominante, ni siquiera de refilón quieren participar en este debate. Y tampoco aportan gran esperanza los medios de comunicación, que sistemáticamente silencian cualquier información que implique asunción de compromiso. Pero se equivocan quienes permanecen neutrales ante la destrucción de una cultura y pretenden la supervivencia de alguna o algunas de sus expresiones.

Sí que podemos confiar en que la jerarquía de la Iglesia y sus instituciones u organizaciones afines tomen conciencia de que el fenómeno que vivimos está dirigido fundamentalmente contra la religión y de que es absolutamente necesario aceptar la confrontación sin vacilaciones. Así lo han entendido algunas asociaciones de defensa de la vida y de la familia e, incluso, algunos obispos que vienen pronunciándose con toda claridad en la denuncia de la agresión que padecemos y la necesidad de hacerse presentes en el debate para plantear la resistencia necesaria y defender, al menos, nuestra libertad.

Es claro que todavía únicamente se constata una reacción incipiente, que deberá fortalecerse mucho más para poder competir con el enorme desarrollo que ha alcanzado ya la expansión del relativismo y todos sus componentes ideológicos que cuentan con apoyo y financiación importantes en las más importantes instituciones y poderes económicos del mundo.

Pero siendo esto así, creo que no podemos olvidar la responsabilidad individual que nos concierne a cada uno de nosotros, puesto que la supervivencia de nuestra cultura necesita como soporte fundamental el desarrollo integral de la persona en todas sus dimensiones: personal, familiar, profesional y comunitaria.

Somos las personas las que construimos o cambiamos el funcionamiento de la sociedad y somos las personas el instrumento imprescindible para impedir la destrucción de una cultura fundamentada en la verdad y en la justicia.

Cuentan que un día alguien preguntó a la madre Teresa de Calcuta, hoy beatificada, qué es lo primero que debía cambiar en la Iglesia Católica para mejorar su presencia en la sociedad, a lo que ella contestó sin vacilar: “Usted y yo”.