El lunes tuvimos algunos el privilegio de asistir a una celebración del coraje cívico en España, en acto organizado por la Fundación Valores y Sociedad y la Fundación Villacisneros. Allí estaban José Antonio Ortega Lara, Consuelo Ordóñez, la directora de instituto Dolores Agenjo (la única de Cataluña que se negó a abrir su centro al referéndum ilegal), los empresarios catalanes Mariano Gomá y Josep Bou, que se juegan sus negocios plantando cara al rodillo separatista, el abogado mallorquín José Campos, que desde el Círculo Balear intenta resistir a la imposición del nacionalismo pancatalanista.

Que el coraje de algunos individuos y grupos aislados sea la única resistencia que se opone ya a la disgregación de un país resulta, sin embargo, absolutamente desolador. Los ponentes emitieron uno tras otro un mensaje muy parecido: “mientras nosotros nos jugamos el tipo para defender la unidad de España… ¿dónde está el Gobierno?”. Cuando tienen que ser los empresarios panaderos (como Bou), los arquitectos como Gomá o las directoras de instituto como Agenjo los que planten cara al secesionismo, es que la nación está muy, muy enferma.

Los little platoons (Burke) del coraje cívico, las Agustinas de Aragón que se miden en combate desigual con el régimen nacionalista-antiespañol (y no sólo en Cataluña, sino también en el País Vasco o Navarra… ¡y hasta en Baleares, frente a gobiernos del PSOE o el PP!), hacen aún más patente por contraste la traición de toda una clase política y la inanidad de un Estado que tolera el incumplimiento sistemático de la ley. El Gobierno permite la continuación del proceso catalán de desconexión y sigue financiando mediante el FLA a una Generalitat en abierta sedición. Se admite desde hace décadas que no se pueda estudiar en castellano en casi un tercio del territorio nacional. En las escuelas de Cataluña, País Vasco o Baleares se inculca el rechazo a España y una pseudo-historia que presenta a los respectivos territorios como naciones oprimidas por el centralismo castellano invasor.

La exposición de José Campos –del Círculo Balear- resultó esclarecedora por las peculiaridades especialmente sangrantes del caso insular. En las Baleares –a diferencia de País Vasco o Cataluña- no existía prácticamente el nacionalismo: los partidos de ese corte nunca han superado el 10% de los votos. Han sido el PP y el PSOE (más el primero que el segundo, pues ha gobernado más tiempo) los que han hecho las veces de tal, imponiendo políticas de inmersión lingüística y adoctrinamiento histórico muy similares a las de Cataluña. Hoy día la lengua española ha desparecido de la escuela pública (casi también de la concertada) y la administración baleares. Y no se impone en su lugar el mallorquín o el ibicenco, sino el catalán de Pompeu Fabra. Con tal de no parecer españoles, los gobernantes baleares han preferido convertirse en instrumento del expansionismo pancatalanista. Al parecer, prefieren ser satélite de los imaginarios Países Catalanes que parte orgullosa de España.

En Andalucía no tenemos lengua regional y no se propone todavía la anexión neoalmohade a Marruecos… pero sí se celebra fastuosamente el Día de Andalucía, mientras pasa desapercibido el Día de la Hispanidad. El sistema autonómico ha llevado a cada región –incluso a las que carecían de partidos nacionalistas- a inventar hechos diferenciales e inculcar sentimientos de pertenencia que justificasen la necesidad de autonomía. Todo ello se hace en detrimento de la identidad española común. Defender la idea de España es ser fascista. Añádase a ello el analfabetismo histórico de la progresía, la cobardía acomplejada de la derecha y la desfiguración leyendanegrista de nuestro pasado (Reconquista islamófoba, conquista de América genocida, etc.), y se obtiene un país que se desprecia a sí mismo y por tanto es incapaz de detener su propia disgregación. Y frente a eso poco podrán los héroes solitarios a los que homenajeábamos el lunes pasado en Madrid