«Confío en que en el partido del puño y la rosa, los que ahora están agazapados o con síndrome de Estocolmo, llegado el caso, defiendan la idea de una sola nación española, porque en ello nos va a todos el sostenimiento de nuestros actuales estándares de vida, la garantía de nuestros derechos y libertades y el mantenimiento del país más antiguo de Europa»

EL concierto de Año Nuevo, además de un ritual de bienvenida, es una fecha marcada en rojo para quienes mantenemos un idilio con la música, y también, una evocación de la Viena imperial, donde se bailaban valses bajo arañas de cristal. Soy más de la marcha Radetzky que del rap. La televisión o la radio nos transportan a aquella sociedad elegante, cosmopolita y cultivada regida por el emperador Francisco José, el marido de Sisí, que tuvo su canto de cisne a comienzos del siglo XX, como describió magistralmente Stefan Zweig en El mundo de ayer. Sin embargo, el pastiche del imperio austrohúngaro fue el detonante de la Primera Guerra Mundial, y al término de la contienda, se cuarteó en diferentes países. Fue uno de los estados multinacionales de la Edad Contemporánea que acabaron desintegrándose. Los otros fueron Yugoeslavia y la URSS. Y es que un estado puede ser multinacional, pero una nación no puede ser plurinacional.

Entre mis historiadores de cabecera sobresale Michael Burleigh, que en su ensayo Causas sagradas analiza la década de 1960 y los movimientos contraculturales bajo el sugestivo epígrafe de «La época de las trompetas de juguete». Anclado en la mentalidad de bizcocho sesentayochista, Zapatero, siendo presidente, acudió a un instituto distante a un tiro de honda del mío, y a la pregunta de un alumno, respondió que la nación es un concepto discutido y discutible. Antológico y marxista. Pero no de Karl, sino de Groucho, pues suena a «Estos son mis principios. Si no le gustan, tengo otros». El actual presidente del Gobierno posee una idea nacional más elaborada que la de ZP, pues en septiembre de 2017 manifestó que España estaba compuesta por «al menos» cuatro naciones: País Vasco, Cataluña, Galicia y España. Toma ya. No se trataba de una humorada, de un calentón mitinero ni de una perentoria necesidad de rellenar el silencio con pirotecnia verbal, sino de un convencimiento. Hemos pasado de lo humorístico a lo inquietante, de Sopa de ganso a Vértigo, de los hermanos Marx a Hitchcock. En los últimos tiempos, en parte como una medida para contentar a los nacionalistas y en parte como aspiración de un proyecto más o menos emboscado de ruptura nacional, se habla de convertir España en una nación de naciones vía reforma constitucional, de construir un estado confederal. Ajá.

Estados Unidos o Alemania son estados federales porque se constituyeron por yuxtaposición de entidades preexistentes, las trece colonias en el caso estadounidense a finales del siglo XVIII y los Länder en el caso germano a mediados del siglo XIX. Sus orígenes históricos no son equiparables ni de lejos al de España, cuyo sustrato nacional se remonta a la Edad Media, su vertebración se aquilata en la Edad Moderna y, en las Cortes de Cádiz, se configura como nación en el sentido contemporáneo, siendo paradigmática la definición del diputado liberal Muñoz Torrero: «Formamos una sola nación y no un agregado de naciones».

Tan arraigado desde época medieval estaba el término «español», que en El Quijote hay un pasaje conmovedor en el que el morisco Ricote, al hablar de la expulsión que los moriscos sufrieron en 1609, dice: «Doquiera que estamos, lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural». Es el lamento de los exiliados, y también, la morriña por su país que cantó mi paisano Juanito Valderrama en El emigrante. Aunque ahora, quizá alguna lumbrera pretenda remasterizar la copla para llamarla El migrante.

Todo está calculado y previsto. El punto de partida sería el pecado original de la Transición, por lo que hay que deslegitimarla mediante una ruptura retroactiva. El Gobierno practica lo que los psicólogos llaman el doble vínculo, o sea, decir y hacer una cosa y la contraria. Este proceder esquizofrénico vuelve majara a cualquiera, pero permite, en función de los acontecimientos, decantarse por una solución u otra. Los cerebros grises monclovitas han diseñado una estrategia de dos fases con los independentistas de la fiebre amarilla. La primera, basada en el secretismo —como en la Europa del Antiguo Régimen—, es hacerles concesiones para ver si los apaciguan, al estilo de Chamberlain ante Hitler. La segunda fase sería, tras una Diada y un 1O que iniciasen una creciente agitación culminada en otro golpe institucional, aplicar un 155 duro, lo que garantizaría un masivo apoyo popular al Gobierno, un subidón electoral, el descoloque del centro derecha y el desfondamiento podemita. Y entonces, se pondría en marcha una reforma constitucional para que las comunidades con nacionalismos omnipresentes o rampantes encajasen en un estado refundado. Pero ¿qué tipo de estado?

Como no tendría sentido una monarquía confederal con retrovisor, es decir, al estilo de la de los Austrias, sería el momento adánico de implantar una república federal que refundase España como nación de naciones. La fórmula sería incluir el concepto de naciones culturales o históricas, tanto da, pues a partir de esa sanción legal, tarde o temprano sobrevendría una implosión de la nación española que hemos conocido.

Confío en que en el partido del puño y la rosa, los que ahora están agazapados o con síndrome de Estocolmo, llegado el caso, defiendan la idea de una sola nación española, porque en ello nos va a todos el sostenimiento de nuestros actuales estándares de vida, la garantía de nuestros derechos y libertades y el mantenimiento del país más antiguo de Europa. Ciudadanos y el PP –sobre todo los populares, tan tecnócratas– habrán de perseverar en replicar a los independentistas y sus socios con un discurso racional y emocional sobre nuestras raíces históricas, porque en la voluntad de convivencia es trascendental la apelación a los símbolos y a los sentimientos. Y los españoles sin filiación clara, que arrimen el hombro sin complejos, miedos ni sobresaltos.

Muchos no queremos una España recosida a lo Frankenstein. Tenemos el respaldo de una historia no moribunda sino vibrante, la convicción de que luchamos por algo justo, el ejemplo de nuestros mayores y un Rey al que aplaudir hasta enrojecer las manos.

Ea, que viva España.