Recuerdo una imagen de televisión en la que un operario municipal regaba con manguera una acera para limpiar la abundante sangre que había dejado la víctima de un disparo de ETA. Parecía una metáfora entonces: hay que limpiar rápido los restos. También la prensa “limpiaba” de noticias relativas a aquello en un par de días. También nuestra memoria se limpiaba demasiado pronto del recuerdo de la última víctima hasta asustarse un poco con la siguiente y así hasta hoy.

Con la limpieza no se juega. Al alcalde de Bilbao le gusta tener la ciudad limpia. Lo primero: el aspecto. Qué van a decir nuestros turistas, a ver si no nos van a dar el premio a la ciudad europea más chula.

“Los de siempre”, como los ha llamado el alcalde, han tomado las calles de Bilbao como cada año en estas fechas, pero ese no ha sido el problema. La causa de su “enfado” son las pintadas que han dejado en las paredes del Casco Viejo bilbaíno. ”Los de siempre”, ¿pintores callejeros? ¿jóvenes grafiteros? Los chicos de la gasolina les llamaba Arzallus cuando la práctica de su afición era algo más agresiva. Jóvenes que no tienen respeto por la ciudad. Así está el mundo hoy.

“Los de siempre” están en esta tierra como siempre: invadiendo espacios. A quienes han apoyado y aún hoy apoyan públicamente a asesinos organizados con centenares de víctimas en su curriculum ¿vamos a pedirles que tengan delicadeza con las más longevas paredes de la ciudad?

Ya han sido limpiadas, no se preocupen. Las pintadas ya no duran lo de antes en la tumba de Gregorio Ordóñez o en los portales de las casas de los que poco después se convertían en víctimas.

También se ha dado cobertura a lo que ha costado su limpieza: 8.100€. Tremendo. Que prueben a recaudarlos entre los 150 bares y restaurantes que han apoyado con aportaciones económicas esa manifestación contra la dispersión.

“Esta gente sobra” también ha declarado. Ya me gustaría escucharle decir lo mismo respecto a los autores de las pintadas de otros pueblos, léase, Etxarri Aranaz, paraíso de la pintada ultranacionalista y proterrorista.

Las pintadas son el dedito que señala la luna. Ya lo decía el conocido “chiste” de Mario Onaindía: “cómo está todo…a ti te matan al padre, a mi se me ha perdido la estilográfica…”. Lo terrible es que en una ciudad moderna, europea, se permita una manifestación al grupo social que hasta hace bien poco apoyó a una banda terrorista y ahora piden la excarcelación de sus miembros (personas presas). O sea que en Bilbao podría permitirse una manifestación silenciosa de neonazis siempre que no dejaran el rastro de ninguna pintada en sus paredes. Ciudad de acogida.

Se diría que los vestigios de la muerte son más insoportables que los de una manifestación, pero es mejor no preguntar por esas cosas por aquí.

Pocos sentimientos son tan autodestructivos como la hipocresía. “La hipocresía es el colmo de todas las maldades” dijo Moliére. En esta tierra se han escuchado cosas tan raras, la hipocresía ha estado (¿está?) tan en uso que (con lo que ha caído) ya parece un avance que un mandatario nacionalista proteste contra unas pintadas del entramado radical.

Lo de menos es que dejen alguna huella. El Casco Viejo de Bilbao y otras zonas del País Vasco que todos conocemos son aún territorio ocupado por los proetarras. Cada vez menos, también es cierto. Pero ¿no se utiliza para otras causas el slogan “tolerancia cero”?

“Algunos no han aprendido nada” termina diciendo el alcalde. Hombre, yo creo creo que sí: lo hacen más rápido y con plantillas.

Pero que no se diga, hay que dar soluciones: que los acerquen o los suelten ya y seguro que acabaremos con estos problemas de limpieza. Y con las manifestaciones, si es que a alguien le molestan mientras hace las compras el sábado por la tarde.

Lo que tendría que haber, otra idea señor alcalde, son pintadas gigantes a favor de las víctimas de su ciudad, con su cara y su nombre y grandes letras en los edificios oficiales aborreciendo cualquier tipo de manifestación proterroristas en nuestras calles. Aunque estuvieran solo dos días sin limpiar.