Hoy se cumplen 500 años de la muerte del Cardenal Cisneros. El 7 de noviembre de 1517 moría en Roa del Duero este religioso y estadista, el hombre más poderoso de su época. Que llegó a gobernar como un rey y fue figura clave para la forja del imperio a partir de un reino que se preparaba para la mayor gesta de la humanidad, el descubrimiento y la conquista de América. Con una exposición en Toledo y otra en Sigüenza y algún congreso y conferencias, el Cardenal puede estar más que satisfecho del recuerdo de sus compatriotas. Hace algo más de un año, el 23 de enero del 2016, se cumplían los 500 años de la muerte de Fernando el Católico, figura histórica de colosal importancia para toda Europa, príncipe del Renacimiento. La fecha fue totalmente ignorada por las autoridades culturales, educativas y oficiales. Nada hubo, cuando el gran Rey Fernando habría merecido congresos, exposiciones y actos de Estado. Tan solo se reunieron en una misa en la cripta de la catedral de Granada un centenar de españoles, menos nostálgicos que ávidos de respeto para la historia y la Nación. España siempre ha sido menos madre patria amorosa que madrastra desmemoriada e ingrata en el trato a sus grandes héroes, muchos de ellos colosos de la civilización occidental. Hoy se ensaña además con ellos la despiadada ignorancia y la militante hispanofobia que unos toleran con su indolencia y cobardía y otros cultivan como forma eficaz para liquidar la Nación.

En estos momentos de brutal agresión separatista habría sido bueno que los españoles supieran más de sí mismos. Porque costaría más embaucarlos para grotescos engaños de nacioncillas inventadas. Porque serían conscientes del inabarcable patrimonio común acumulado en siglos de glorias y desventuras. Y de los valores y cualidades que nos unen para afrontar un futuro que se promete convulso e incierto. En cohesión profunda que muchos nos quieren arrebatar. La guerra contra el conocimiento de nuestro pasado, con una ofensiva permanente e inmisericorde de mentiras, ha despojado a generaciones de los lazos afectivos e intelectuales con este tesoro que es la identidad en la Hispanidad de la España europea y americana. Con el prodigio de su existencia, por mucho que la intenten estrangular nacionalismos regionalistas o mundialismos socialdemócratas.

A pesar de la permanente inmersión en propaganda antiespañola que sufren desde niños los españoles, las agresiones han sido tan brutales que la Nación reacciona. Ante el peligro real para su propia existencia. Lo hace además, en contraste a 1808, con un Rey a la altura de las dramáticas circunstancias. Esto ha despertado el pánico no solo entre los enemigos internos y externos que quieren trocear España. La reacción también amenaza a unos partidos que patrimonializan un Estado que debiera estar al servicio y bajo control de la Nación indivisible. Han sido décadas de dejadez, desidia y desarme moral e intelectual. La virtud del momento es la certeza de que nada puede seguir como antes.

Hoy se cumple otra efemérides. El 7 de noviembre de 1936 comenzaron las matanzas en Paracuellos. Españoles con odio a España mataron sin descanso durante semanas a compatriotas desarmados. Otras muchas matanzas siguieron con víctimas y verdugos de ambas partes. Hubo un tiempo en que no se hablaba de unas víctimas. Hoy no se habla de las otras. Pero el luto bueno es el que se guarda por todos los inocentes por igual. Es el luto de la mirada limpia al pasado doliente que no tiene miedo a la verdad. Ese da esperanza de igualdad, justicia, fortaleza y serenidad en el trato entre los vivos.