Si te encuentras en un paraje boscoso, ignoto y virgen, y ves venir a un bicho plantígrado de 500 kilos, fornido y peludo, de caminar pesaroso, orejas pequeñas, cabeza robusta, hocico oscuro y cola corta… siempre puedes hacerte la ilusión de que se trata de un fox terrier juguetón, que busca unas carantoñas. Pero al final lo que se te va a echar encima es un oso, un pedazo de úrsido que si te abraza te dejará descuajaringado.

En España tendemos a contemplar la plaza política con indulgente miopía, a darlo todo por bueno. Una abulia irresponsable, que lleva a considerar como pintorescos canelos a osos que buscan hacer añicos el sistema de libertades. Podemos y los separatistas catalanes no engañan a nadie. Sus declaraciones de intenciones están ahí, nítidas. Unos aspiran a derribar la democracia parlamentaria que disfrutamos, impulsando un proceso revolucionario para imponer un régimen socialista igualitario. Los otros quieren partir España, utilizando una presión de tintes fascistoides para fundar un Estado catalán.

Iglesias nunca ha ocultado su radicalismo, ni el hecho de que para triunfar necesitarán vías duras: «El cielo no se toma por consenso, se toma por asalto», reza su más célebre proclama. Desde el año pasado viene endureciendo su discurso sobre la monarquía y está movilizando a los suyos en el Congreso contra ella. «Los valores republicanos son los inspiradores de un proyecto de sociedad y un país plurinacional», advierte. Adiós monarquía y adiós unidad nacional. La meta es derribar lo que Podemos llama despectivamente «el Régimen del 78» (el que más felicidad y riqueza ha dado a España). No es descartable que la formación comunista, alicaída este verano por la triste baja familiar de su pareja rectora, busque bríos en otoño reclamando un referéndum monarquía-república a rebufo de las grabaciones a Corinna de un policía corrupto.

El separatismo es la otra pieza de la pinza antimonárquica. Saben, como Iglesias, que la figura del Rey es esencial en la clave de bóveda que sostiene la democracia española. Lo vivieron de modo muy directo cuando Felipe VI contribuyó a parar el golpe de octubre. Al igual que en los años treinta del siglo XX, comunistas y separatistas han concluido que una crisis alrededor de la Jefatura del Estado devendría en una España mucho más inestable y débil, donde sería sencillo pescar a río revuelto, unos para su independencia, otros para su quimérica revolución («Venezuela es un modelo para Europa», es otra sonada frase de Iglesias).

Quienes disfrutamos de una España unida, de personas libres y con iguales derechos. Quienes defendemos un país próspero, tolerante, de economía abierta. En resumen, la inmensa mayoría de los españoles que estamos con nuestra democracia, nos enfrentamos a una amenaza seria, que quiere situar nuestro modo de vida en su diana. La Corona es hoy un dique que protege las libertades y hay quien desea derribarlo. Por desgracia, la operación nos sorprende con un inquilino en La Moncloa no muy fiable, un maniobrero con laxo sentido de Estado, que por ahora se inhibe cuando toca defender al Rey de los ataques de separatistas y comunistas, pues al fin y al cabo son sus socios.