A falta de liderazgo y compromiso político, la sociedad civil se ha echado a la espalda la tarea de salvar a España del desguace territorial e identitario al que algunos la condenan con total impunidad. ¡Qué remedio! Lo vimos el domingo pasado en Barcelona, donde una manifestación recorrió las calles en defensa de la unidad nacional y contra el proceso separatista alentado nada menos que por la máxima representación del Estado en dicha comunidad autónoma, portando una pancarta «por la libertad, la democracia y la convivencia» tras la cual faltaban todos los dirigentes significativos de los partidos que se dicen leales a la Constitución. Lo hemos visto desde hace años en la abrumadora soledad de las víctimas del terrorismo que claman en vano memoria, dignidad y justicia en un desierto de ignominia susceptible de acrecentarse muy pronto con el acercamiento de terroristas presos al País Vasco. Lo vemos en cada convocatoria de los actos de altísimo nivel organizados por las fundaciones Villacisneros y Valores y Sociedad en torno al necesario fortalecimiento de España, cuestión ajena al interés de los políticos profesionales que cobran por representarnos y están evidentemente a otra cosa.

Llama la atención, además de escandalizarnos a muchos, que los caudillos de la sedición siempre estén dispuestos a enarbolar su bandera independentista, incluso a riesgo de incurrir en delitos tipificados, mientras quienes deberían formar en primera línea para hacerles frente se esconden detrás de las togas o simplemente desertan. Convierten la Carta Magna en un compendio de normas carentes de razón de ser y de espíritu, encomiendan a los jueces el trabajo que ellos no se atreven a hacer, y sus señorías cumplen a regañadientes, recurriendo a Salomón sin olvidar el mínimo esfuerzo: un añito por desobediencia a Homs, brazo derecho de Mas, absueltos ambos de malversación e incluso de prevaricación. Vamos, que su jefe y él desobedecieron al Constitucional convocando una consulta ilegal, pero ni sabían que lo era ni gastaron un euro del erario público en organizarla. Y nosotros, paganos de la fiesta, debemos confiar en la justicia redentora, seguir pagando y callar.

Como señalaba el martes mi amigo Fernando García de Cortázar, en una conferencia magistral, «la derecha está de visita en el terreno de las ideas», espacio que ha ocupado prácticamente en exclusiva una izquierda radicalizada, centrada en sus disputas internas y reacia a mantener el patriotismo como seña de identidad. Una izquierda creadora de esa «policía del pensamiento» omnipresente en televisión, que une sus fuerzas demagógicas a las del nacionalismo disgregador en el empeño común de aniquilar lo que significa ser y sentirse español; formar parte de ese proyecto de primera magnitud en la historia universal, esa formidable potencia cultural reducida hoy, por mor de la mediocridad imperante, a una oscura agrupación de taifas.

España no tiene entre sus líderes actuales quien la ame lo suficiente como para jugarse algo por ella. Y menos que nada, el poder. El poder es lo que motiva a los gobernantes de hoy y a quienes aspiran a serlo. El poder es principio y final de su estrategia y su táctica. España es un mero instrumento, un objeto mensurable en términos macroeconómicos, un mercado, una empresa, un inmenso despacho carente de alma y de personalidad propias. Es algo contingente, subsidiario, un pretexto. Por eso, frente a los que invocan con fiera arrogancia los presuntos derechos abstractos de ciertos «pueblos» o «gente», quienes vemos en España una Nación soberana de ciudadanos libres e iguales nos hemos quedado solos… Solos con nuestro coraje.