El 2 de septiembre los partidos políticos españoles representados en el Congreso de los Diputados firmaron una declaración apoyando el Acuerdo ahora rechazado por el pueblo colombiano. Estas formaciones, sin consideración hacia la ciudadanía que el domingo tenía que decidir sobre ese texto, se apresuraron a valorarlo como un “paso decisivo para la paz y la reconciliación en Colombia”.

Asumían además sin base alguna que el Acuerdo “contribuirá a una mayor integración del territorio colombiano, una mayor inclusión social y a fortalecer la democracia colombiana”. Ha pensado diferente la mayoría que ha votado en contra de un acuerdo que muchos colombianos consideran contiene graves deficiencias. Entre ellas un peligroso fortalecimiento político de un grupo terrorista como las FARC a través de una legitimación como la que la negociación le ha proporcionado y al que se pretendía garantizar presencia en las instituciones con independencia de si los votos se la concedían. El reconocimiento del propio presidente Santos de que el Acuerdo supone una impunidad para los terroristas que él mismo ha justificado ante la enorme magnitud del conflicto, o la cuestionable rebaja del umbral de aprobación previsto en la ley buscando asegurar el ‘sí a toda costa, aumentaron la desconfianza. La credibilidad del presidente también puede haberse visto dañada por la coacción que se ha ejercido desde medios políticos y periodísticos -no solo en Colombia, sino también en España- al transferir la responsabilidad por la continuidad de la violencia a aquellos ciudadanos que legítimamente dudan de la conveniencia del Acuerdo, exonerando así a los verdaderos responsables del terror: las FARC.

Días después de esa apresurada toma de partido del Congreso español, el columnista colombiano Mauricio Vargas escribía en El Tiempo un artículo titulado “La soberbia del sí” que describía a la perfección la equivocación de nuestros partidos y otros actores: “Desde la campaña del ‘sí’, muchos dicen, casi que ordenan, que votemos Sí porque sí”. Vargas citaba a otro articulista partidario del ‘sí’ que expresó la siguiente autocrítica: “Decimos defender las libertades que trae la paz, como la de pensar diferente pero estamos cargados de una elevada prepotencia, convencidos de que nuestra mirada es la única válida. Nos sentimos la última coca-cola del desierto por ser los abanderados de la paz”. Y concluía el partidario del'”sí’: “Por actuaciones como estas empezó el conflicto armado que hoy queremos acabar”.

Tan prudente consideración ha estado ausente en el comportamiento de algunos políticos y medios que han recurrido al desprecio y al insulto de quienes no apoyaban el ‘sí’, como ese periodista inglés que de manera vergonzosa y despótica ha acusado al futbolista James Rodríguez de cobardía. Otros autoerigidos adalides de la paz que entienden ésta únicamente como adhesión al Acuerdo, han recurrido, paradójicamente, a un lenguaje bélico para manipular la realidad. Así alarmaban con que el triunfo del ‘no’ haría que la “paz les estallara en las manos”, o premonizaban un “salto al abismo” del país si su opción no salía victoriosa, culpando una vez más a la sociedad de aquello de lo que solo es responsable las FARC. Esa frívola transformación de la paz en un espectáculo, ignorando las complejidades que la finalización de un conflicto tan intricado como el colombiano implica, se encuentra en la raíz de peligrosas manipulaciones y de un fracaso que evidencia algo más: a pesar del mayoritario respaldo en los medios de comunicación al ‘sí’ y de los amplios recursos gubernamentales, un porcentaje mayor de población ha vencido la espiral de silencio y valientemente ha optado por una decisión contraria.

En ese contexto el Gobierno colombiano debería buscar un consenso político y social que ha rehuido durante una negociación en la que sus interlocutores se han beneficiado de una considerable indulgencia que contrasta con la estigmatización de adversarios democráticos y ciudadanos de opiniones contrarias. El Gobierno tiene además la oportunidad de trasladar a las FARC una presión que contrarreste la glorificación que el grupo terrorista y sus líderes han obtenido mediante una negociación avalada por dirigentes internacionales que con considerable arrogancia han tomado partido por una sesgada opción política sin esperar respetuosamente la decisión del pueblo colombiano. A ello han contribuido autoproclamados expertos en resolución de conflictos que han encontrado en la “industria de la paz” un próspero negocio a costa de las víctimas pero en su nombre.

En un país con centenares de miles de muertos y numerosos perpetradores de violencia ilegítima, incluidos en ocasiones agentes del Estado, la negociación con un grupo terrorista implicado además en el narcotráfico es vista por algunos como el único camino para erradicar la violencia. Sin embargo, esta táctica conlleva una polarización política y social considerable, además de prestigiar a un grupo con escaso apoyo social que logra erigirse en representante de un pueblo al que, obviamente, no representa. Induce a pensar erróneamente que las reivindicaciones de las FARC son las de todo un pueblo y se magnifican las imperfecciones de la democracia colombiana ocultándose que esta goza de una legitimidad ausente en las FARC, cuyos líderes lo son fundamentalmente por practicar el terror y la intimidación.

El loable objetivo del final de la violencia exige huir del pensamiento dicotómico que descalifica como “enemigos de la paz” y propagadores de odio y rencor a quienes legítimamente discrepan de determinados métodos como los que han salido derrotados en el plebiscito. Obliga también a pensar en la máxima con la que un mando colombiano sintetizaba a este analista sus dudas por las significativas cesiones que el Gobierno estaba realizando a pesar de su superioridad moral y militar, y aun consciente de la debilidad estratégica implícita a la incapacidad del Estado para ejercer el monopolio legítimo de la violencia durante décadas al ser desplazado de amplias zonas del territorio: “No interrumpas a tu enemigo cuando está cometiendo graves errores”.