Tras cinco meses de sosiego en breve se levantará el 155 light, solo para reinstaurarlo en breve. Tras asistir a la provocación xenófoba de Torras en el Parlament, millones de españoles, decepcionados y ofendidos, se hacen la misma pregunta: ¿Cómo es posible que en España no haya manera de evitar que presida una autonomía un político que proclama en su investidura que tratará de destruir el Estado? PP, PSOE e incluso Ciudadanos no están interpretando bien la gravedad del momento. Se conforman con políticas de contención, insuficientes a largo plazo. Con la inercia actual, el tiempo juega a favor de los separatistas, porque los catalanes de más edad, los más españolistas, irán muriendo, y los jóvenes que vienen ya han sido adoctrinados en la escuela nacionalista. Antes del 155, se anunció un apocalipsis en Cataluña si se aplicaba (no pasó nada, por supuesto, al igual que cuando se prohibió Batasuna). Un enorme problema de España son los melindres, complejos o abiertas felonías –léase Podemos– de los partidos llamados a salvaguardar la unidad del país. Es radicalmente falso que no se pueda hacer nada más contra el separatismo:

–El Gobierno podría anunciar un referéndum… pero para preguntar a los españoles si desean que el Estado recupere las competencias en Educación. ¿Una locura? Pues es el único modo de frenar el adoctrinamiento nacionalista en las escuelas. No hay otro.

–PP, PSOE y Ciudadanos podrían acordar una reforma electoral para establecer la doble vuelta, gobernando quien obtenga más votos en la segunda, como en Francia. ¿Una locura? Pues permitiría, por ejemplo, que Arrimadas presidiese Cataluña.

–PP, PSOE y Ciudadanos podrían ponerse de acuerdo para apagar el cañón de TV3.

–PP, PSOE y Ciudadanos pueden recuperar la ley aprobaba por Aznar en 2003 que penaba con cárcel la convocatoria de referendos ilegales (norma que la ingenuidad buenista de Zapatero tumbó en 2005).

–PP, PSOE y Ciudadanos podrían impulsar una reforma constitucional para proscribir aquellos partidos que tengan como programa la destrucción del Estado. ¿Una locura? Pues así ocurre en Alemania, el país más importante de Europa.

–El Gobierno podría mejorar su fofa diplomacia. El separatismo, con menos medios y a salto de mata, le ha doblado la mano varias veces ante la prensa y la opinión internacional. También se podría intensificar la presencia del Estado en Cataluña y acometer acciones simbólicas (Ejemplo: ¿Por qué no puede jugar la selección española en Barcelona? Llenaría).

–PP, PSOE y Ciudadanos deberían conjurarse para acometer de inmediato las reformas que sean necesarias a fin de que se cumplan las sentencias sobre la enseñanza en español y derogar la insólita ley que prohíbe rotular en castellano.

Reformas de este tipo supondrían hacer algo. Esconderse tras la toga del juez Llarena y apelar al diálogo con unos fanáticos que vienen a por nosotros es una cataplasma que no ataja el mal.