Gobernaba Suárez cuando, cada Jueves Santo, una banda de música de la Guardia Civil se desplazaba a Jaén para participar en la procesión de la Vera Cruz. Al tocar las marchas del maestro Cebrián, la gente, con un nudo en la garganta, escuchaba en silencio hasta que aplaudía, en espontáneo homenaje a tantos guardias como morían abatidos por terroristas. Eran los años en los que los civiles, como les decíamos los andaluces, caían asesinados a tiros o sus coches, los endebles Cuatro Latas, reventaban por las bombas de la ETA.

Recuerdo ver de niño, en mi ciudad o en los pueblos encalados de la provincia, a mujeres enlutadas romper a llorar en la calle o en las tiendas. Eran las madres, las viudas y las novias de guardias civiles muertos, que ocultaban la cara con las manos en su inconsolable llanto. Aquellas mujeres lloraban su pena como en una tragedia griega. Algunas habían regresado abruptamente del Norte y, amuralladas de cariño y asaltadas por lacerantes recuerdos, intentaban rehacer sus vidas sin que periodistas y políticos se acordasen de ellas. Nadie escribió la historia de esas deshistoriadas. Curas con dignidad enterraban a los guardias civiles en sus pueblos, rodeados de mares de olivos, despedidos por un silencioso gentío, por personas de piel atezada que trabajaban de sol a sol en el campo. En aquella provincia atrasada donde emigrar o estudiar con ahínco eran las únicas salidas al paro o a una ingrata agricultura, muchos jóvenes, criados en familias humildes y laboriosas, ingresaban en la Guardia Civil para eludir un futuro sombrío. Andalucía, desde el s. XIX, fue vivero de tricornios. Y era frecuente que sureños que se comían las eses fuesen destinados al Norte, como decían para designar al País Vasco y a Navarra.

Hay veces en la vida que, peor que los amores no correspondidos, son los odios no correspondidos. Muchos de los guardias y sus familiares, al retornar del Norte, guardaban buenos recuerdos del paisaje, de la comida, de la pujanza económica y de la educación de no pocos de sus habitantes. ¿Cómo iban a entender eso quienes apoyaban a los etarras? Y ello a pesar de que los civiles y sus familias vivían en las casas cuartel como si fuese en El Álamo. Las mismas edificaciones que las explosiones desmoronaban y de cuyos escombros sacaban en brazos a niños heridos o muertos, como marionetas de hilos cortados. Aquel sufrimiento y aquella épica de sombreros de charol de tres picos nunca han interesado al cine español.

Siempre que veo Master&Commander hay una escena en la que pego un bote: cuando el capitán Jack Aubrey, interpretado por Russell Crowe, justo antes de que su barco entre en combate contra el navío francés enemigo, arenga a sus marineros diciendo: «Amenazan con invadir Inglaterra. Pero aun al otro lado del mundo, este barco es nuestro hogar. Este barco es Inglaterra». Un emocionado bote es el que millones de españoles dimos en su día cuando la Guardia Civil liberó a Ortega Lara, y una alegría compartida cuando veíamos en los telediarios comandos etarras desarticulados y arsenales descubiertos o cuando los jueces los mandaban al talego. Porque llegó un momento en que las lágrimas ya no eran de pena negra, sino de alegría, como en las películas de insoportable tensión pero de emotivo final. Y si en algo coincidían los guardias civiles (o los GEO) que entraban en tromba en los pisos y detenían a los etarras, era en el olor que percibían. No reinaba un olor a marmitaco ni a Goma 2, sino a excrementos, porque los terroristas se ensuciaban encima.

Recientemente, en la solemne apertura de las Cortes, antes del impecable discurso del Rey rubricado por los electrizantes aplausos de la mayoría, la presidenta del Congreso dijo que la victoria sobre el terrorismo dejó en el camino a cientos de víctimas, a las que quiso recordar, honrando su memoria. Ese recordatorio presidencial fue interrumpido por aplausos de muchísimos diputados y senadores, permaneciendo en retador silencio un grupo pastoreado por un Savonarola de medio pelo. No quisieron homenajear con palmas a quienes fueron asesinados o malheridos por los etarras, entre ellos los guardias civiles, sus mujeres e hijos. Se negaron a enaltecer a los hijos del pueblo.

Hace poco, en la localidad navarra de Alsasua, más de cuarenta personas propinaron una bestial paliza a dos guardias civiles de paisano y a sus novias porque ambas parejas estaban en un bar. Tuvieron que reunirse en manada para enfrentarse a un teniente, a un sargento y a dos mujeres. El ayuntamiento de Alsasua, en un comunicado marcado por el envilecimiento y la cobardía, no condenó el ataque a la Guardia Civil. Sólo lo hizo un munícipe de UPN guiado por la decencia y el sentido del deber. Se repetía el guión de Solo ante el peligro.

La Guardia Civil, creada por Isabel II, constituye una de las historias de éxito de España. Sus miembros salvan a miles de inmigrantes de morir ahogados en aguas mediterráneas, rescatan a montañeros y senderistas, vigilan las carreteras, velan por nuestra seguridad de forma callada, y verlos aparecer en situaciones de peligro apareja una inmediata sensación de tranquilidad. Al contrario que la corrupta policía venezolana, el modelo que algunos pretenden importar.

Desde hace décadas, la Academia de la Guardia Civil está ubicada en tierras jiennenses, en su geografía colonizada por olivares. En la machadiana Baeza estudian mozos cuya estatura es digna de coraceros de las guerras napoleónicas y chicas a las que, con el pelo atirantado bajo el tricornio, les brillan los ojos de orgullo. Cada año salen promociones del color de los olivos y del aceite que las alimenta.

Para esos jóvenes de uniforme verde, tan hijos del pueblo hoy como ayer, los campos de infinitos olivos alineados forman parte de su geografía sentimental. Y en Jaén ya hace años que no veo mujeres dolientes, estigmatizadas, de vidas truncadas. En los aceiteros campos de Baeza, las únicas lágrimas son una vez al año. Y de emoción.