In memoriam Ignacio Echeverría

SI los terroristas islámicos matasen para reclamar algo –un territorio, una idea, un programa político–, muchos biempensantes ciudadanos europeos se mostrarían proclives a negociar con ellos. El problema de los partidarios de las éticas indoloras consiste en que Daesh no quiere negociar nada, ni siquiera el poder; sólo pretende aniquilarnos, a cuantos más mejor, en nombre de su delirio teocrático. Así que sólo hay dos alternativas: hacerles frente o esperar a ver a quién le toca el próximo sorteo macabro. Y si la guadaña integrista pasa de largo, llorar con mucho sentimiento, poner flores, encender velitas y cantar abrazados Imagine para demostrarnos a nosotros mismos, contentos en el fondo de sobrevivir, cuán compasivos podemos ser, y cuán empáticos, sentimentales y solidarios.

Esa foto de Notre Dame llena de turistas con las manos en alto es el símbolo de la claudicación ante el espanto. Fuera, en la explanada, se había producido un ataque y la policía no fue amable con los congregados. La gente protestaba por los cacheos y se sentía más humillada por los guardias que por los autores del atentado. Bajo la presión del miedo y de la incertidumbre nadie parecía comprender que la libertad tiene un precio y los visitantes de la catedral parisina habían empezado a pagarlo.

Ignacio Echeverría sí lo entendió en la noche londinense del sábado. Vio a unos tipos acuchillando transeúntes y se lanzó a por ellos armado de un monopatín, lo único contundente que tenía a mano. Aunque todo sucedió muy deprisa es difícil que no se diera cuenta del cuadro. Decidió rápido: no pensó en disuadir a los asesinos, ni en pedirles calma, ni en apaciguarlos. Embistió por derecho para impedir que siguieran haciendo daño. Le costó la vida pero se convirtió él solo, como le gusta decir a Gistau, en un pelotón spengleriano, el epítome individual de esos momentos de la Historia en que el futuro de la civilización depende de un escuadrón de soldados.

El pensamiento débil ha puesto énfasis en el modo inaceptable y desdeñoso con que las autoridades británicas han manejado la información del caso. Pero esa protesta necesaria y justa elude la verdadera dimensión del episodio, que es la de la respuesta valiente en un momento dramático. Lo supiese o no en aquel momento, Echeverría no es una víctima colateral sino un héroe cuyos restos deberían recibir, en Inglaterra y aquí, honores de Estado. Justo el reverso de la foto ignominiosa de París: un tío que eligió pelear en solitario cuando de haber huido hoy estaría relatando su experiencia sano y salvo. Para los que carecemos de su arrojo, de su valor físico, es también un ejemplo de coraje moral ante el terrorismo, de esa clase de determinación que falta en todo un continente encogido, arrugado. En una sociedad que no quiere combatir la amenaza que la está ensangrentando..